La gran pitada mediterránea

El pasado viernes fue un día emocionante. Toda la familia decidió ir a disfrutar en vivo y en directo de una ilusionante cita que, en condiciones normales, se podría decir que es de aquellos eventos que normalmente ves en la tele.

Difícilmente se brinda una oportunidad tan al alcance de tu mano como es asistir, a minutos de tu domicilio, a la ceremonia de inauguración de los Juegos Mediterráneos en el “Nou Estadi” de la ciudad de Tarragona.

Era muy gratificante pensar que ibas a ser uno más en un acto que reflejaba la tenacidad de los tarraconenses y su capacidad organizativa. Máxime si tienes en cuenta que, en esta tercera cita organizada en España, sucedía otra vez, como pasó hace muchos años con Barcelona, muy cerca de casa.

A tenor de lo que se ha ido comentando parece que disponer de asiento en el estadio, con compra online como canal exclusivo de venta, se convirtió en algo complicado una vez se puso en marcha la maquinaria taquillera de los fanáticos que, con impunidad, sin escrúpulos y de un modo sesgado, malgastan los recursos de todos. Sin referirme, que también, a lo que supone para las arcas públicas el que las marionetas vayan a Alemania para pedir permiso para ir al lavabo o para que les aten los cordones de los zapatos, o les digan cómo y dónde deben ir, o cuándo y cómo reactivar los frentes paralizados una vez se ha retirado el 155 light.

El sectario Gobierno autonómico, junto a los ingenieros de la mentira y tergiversación que han arraigado a golpe de subvención y comisiones, no podían permitir que se evidenciase ante el mundo el sentimiento mayoritariamente español de los tarraconenses y, para evitarlo, parece que su estrategia era, por un lado, hacer acopio de entradas evitando un lleno más que previsible y, por otro, usar como de costumbre la maquinaria de los medios controlados en favor de su paranoia, con un afán desmedido por cuestionar lo que fue una demostración de sensatez y respeto a la legalidad.

Vender al mundo que no se llenó el estadio o que la acogida era limitada, relacionando el desarraigo con la presencia de la delegación nacional española, en lugar de la sana y merecida imagen de disponer de un estadio repleto y volcado con los deportistas, es rastrero.

Aunque les duela y vivan en el frenesí de su imaginaria realidad, un nutrido grupo de deportistas tras nuestra abanderada Mireia Belmonte eran, como ella, tan catalanes como los que les aplaudíamos en su paseíllo, sintiéndonos orgullosos de verlos desfilar con los colores de nuestra verdadera y real nación, España.

Pese al ridículo separatista, del que ya estamos acostumbrados, no olvidemos que lo del viernes noche fue espectacular, emotivo e inolvidable. La sobriedad, la calidad en el diseño del acto y la excelencia organizativa, junto a la siempre agradable presencia de nuestro jefe de Estado, su majestad el rey Felipe VI, acompañado por el presidente del Gobierno de España y quién preside la Generalitat que, dicen, me representa como catalán (lo dudo al representar sólo a los suyos), dieron el nivel institucional que todos deseábamos.

La imagen de España, con una solvente y cuidada presentación, quedo reforzada y, por ello, ahora toca que rechinen los medios incendiarios del mal con sandeces y perogrulladas.

Yo estuve y aguanté el bochorno de los simbólicos separatistas que libremente se dejaron ver, demostrando mucha sintonía con la delegación Kosovar (¿es ese el espejo que añoran?).

Fue, pese a los esfuerzos por deslucir el acto por parte de esa mínima porción del público, una emotiva celebración con alto disfrute por parte de la inmensa mayoría. Con una singular y emocionante acogida a nuestro himno y vítores a su Majestad, como demostración de que la gente está harta de toda la vergüenza ajena que hemos de sufrir cotidianamente los defensores del constitucionalismo.

Pasado el evento no me extraña el malestar del “lacismo”, tras una goleada que dejó en nada el histórico 12-1 ante Malta. Quedó claro ante el mundo que los catalanes sentimos orgullo por nuestros símbolos nacionales, tarareamos nuestro himno, saludamos y vitoreamos a nuestro jefe de Estado, sentimos un escalofrío con los paracaidistas aterrizando en el estadio con flamantes y llamativas banderas de España y, como se ha hecho eco por doquier, tendremos siempre el recuerdo del gran homenaje, con formato “pitido mediterráneo”, en honor del que lucía la marca golpista en su solapa.

Javier Megino

no recibe subvenciones de la Generalitat de Catalunya ni de otros organismos públicos.
Si quieres leer nuestras noticias necesitamos tu apoyo.

DONA

Recibe las noticias de elCatalán.es en tu correo