Al pensar en Zapatero, la inmensa mayoría tiene la imagen de un profesional del arte de vivir de la política. En su caso, conteniéndome y atenuando mi vocabulario, sin unas capacidades especialmente significativas para acceder a un cargo como el que llegó a ostentar durante el periodo de 2004 a 2011. Debo decir que, lo que haya sido en el seno del PSOE o para lo que lo hayan elegido los suyos me importa un bledo, pero que este personaje presidiera el Gobierno de España me parece un mayúsculo éxito de la mediocridad.
Bajo esa cara de chiste, que tanto se le ha relacionado por su parecido con el famoso cómico británico intérprete de Mr. Bean, todos hemos llegado a creer que había una persona incapaz de muchas cosas. De hecho, nos quedó claro que eso de gobernar se le quedó muy grande. El disgusto del atentado del 11M, a horas de las elecciones que le dieron su primer mandato, marcó la deriva política y un pantanal de asuntos con el inconfundible sello zapateril.
En este sentido, a la hora de señalar alguna herencia singularmente dolorosa de este clon del payaso británico, me quedo con su protagonismo a la hora de lograr la fragmentación social de los catalanes. Una comunidad que, a fecha de hoy, todavía sobrevive partida en dos, tras plegarse y someterse ZP al criterio y vanidades del fanatismo supremacista del separatismo, cuando en el Parlament se definía el contenido del “nou estatut” de 2006.
El nacionalismo del PSC, que alimenta y habilita la perdurabilidad del separatismo catalán, tuvo con las desnortadas palabras de Zapatero en el Parlament la mecha en la mano. Una posibilidad que no desaprovecharon los actuales socios del socialismo para dar paso a una etapa de sufrimiento, con roturas de amistades y familias, que aún no ha cicatrizado. Los catalanes leales a la Constitución no olvidaremos la deshonra del 2017, con el ungido Puigdemot haciendo el papelón de su vida, y la culpabilidad directa de ese personaje que nos parecía tonto y gobernaba en Madrid.
Hoy, viendo las noticias y sorprendidos de los millones guardados en joyas bajo llave en una caja fuerte, además de todo ese dinero que fluyó desde los países que no son ejemplo de sociedades demócratas y libres, llegando a utilizar a sus hijas como pantalla para encubrir el lucro aprovechando su excargo para sacar tajada, no nos queda otra que reírnos -siempre que las acusaciones se demuestren como todo apunta- de todos esos hagiógrafos que todavía creen que estamos ante un espectáculo y que el camarada Zapatero es un santurrón.
Una persona incapaz de reconocer como dictadura un régimen como el de la Venezuela chavista, o que se maneja en su salsa con sus contactos de esos países que todos catalogamos como lo que son, negociando contratos o favores con el posible lucro abusivo de la intermediación bajo sospecha, debe verse sometida al peso de la ley. La aparición del «séptimo de caballería» sanchista, que seguro se inmiscuirá para manipular el criterio de los jueces como es costumbre, no debería influir en una sentencia que exigimos sea la merecida.
Tenemos, como sociedad, una gran oportunidad de sanear la vida política y exigir que se dé ejemplo. Cualquiera, por tonto que parezca e inútil que sea, debe conocer el riesgo y castigo implícitos al abuso y enriquecimiento exagerado, como el que hoy se está investigando. Si se demuestra la culpabilidad, y los jueces pueden fallar de forma objetiva sin la mediación interesada del poder político, es un momento ideal para aleccionar a todos esos políticos ladrones que solo buscan el poder para saciar su ego, vanidad, enriquecerse o proteger a delincuentes.
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