No cabe duda de que, con el transcurso del Mundial de Fútbol de este año, estamos demostrando que en esto del juego de la pelota somos unos verdaderos artistas y, sin duda, tenemos el orgullo de estar entre los mejores equipos nacionales del mundo. El cuadro de las eliminatorias lo deja patente al estar ahora mismo disputando las semifinales y luchar con otros tres equipos por la ansiada estrella mundialista.
Aunque todo parece puesto a disposición de una reiteración del triunfo argentino, puesto que da la sensación de que se les está poniendo fácil para que vuelvan a ganar el campeonato, no perdamos la esperanza de que alguno de los otros tres equipos europeos, en especial nuestro equipo representante de España, se alce con la victoria final. Iremos viendo esa evidente predisposición a pitar con un sesgo sin camuflaje, a la espera de que, para evitar que se le vea en exceso el plumero a los árbitros, éstos se sientan condicionados y aminoren su favoritismo y permitan que gane realmente el mejor.
Pero, en la distancia corta y al margen de la propia competición, los barceloneses hemos de sobreponernos ante la evidencia de falta de sentido común y criterio por parte de los que gobiernan el ayuntamiento de la Ciudad Condal. El radicalismo de PSC ha vuelto a dejar constancia de su antiespañolismo al dejar de lado la perspectiva, ilusión y pensamiento, también de una gran parte de su propio engañado electorado, evitando que se disfrute en la calle de los éxitos patrios en este Mundial, al impedir que se instalen pantallas gigantes a disposición de la ciudadanía y que el gozo sea en formato compartido y festivo.
La imposibilidad de ver en pantallas gigantes los partidos de España debería darles vergüenza. Todo el país (el de verdad) está disfrutando de las victorias de nuestro equipo y, en la capital catalana, con varios jugadores muy vinculados a ella, parece que debamos cohibirnos al impedir que se compartan los éxitos en directo con nuestros amigos, familiares y vecinos.
Para cualquier otro tema, ajeno al sentimiento español, no hay duda de que hay vía libre para dicha infraestructura, pero, a diferencia de la inmensa mayoría de ciudades españolas, en la nuestra se oculta, camufla y minimiza el mayoritario sentir popular y la verdadera condición de los catalanes. Los que mandan en el municipio imponen su radicalismo sin tener el mínimo respeto a España y sus logros. Queda claro que el voto al PSC no sirve para unificar el sentir de los que disfrutamos y sentimos el orgullo de ser españoles, como muchos creen, sino que son una panda de camuflados separatistas que solo quieren sueldo y poder, eligiendo esa sigla al pensar que les da más oportunidades para vivir del cuento.
Un gran ejemplo es el elegido por el Ayuntamiento para regir los deportes. Un personaje que demuestra sin pudor su supremacismo e incultura. Como él dice, “ha volvido” (usando la misma construcción verbal que conoce, al responder con desgana e ínfulas supremacistas en la lengua mayoritaria de los catalanes) a dar síntomas claros de su falta de tacto y desprecio. Su negativa a que se visualice el cariño de los barceloneses por España, impidiendo pantallas gigantes y mofándose del equipo tras empatar el primer partido de la competición, son claros ejemplos. Los barceloneses no nos merecemos esta discriminación, ante la posibilidad cierta de acceder a otra final mundialista tras el encuentro del próximo martes noche frente a nuestros vecinos franceses. Eso es el PSC, que no se olvide.
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