El balompié, en su bendita capacidad para reflejar la salud anímica de un país, nos está regalando una lección magistral al otro lado del Atlántico. La selección española avanza con paso firme hacia la final del campeonato del mundo tras tumbar con solvencia a la siempre compleja escuadra de Bélgica. Este arrollador éxito deportivo no es fruto de la casualidad, sino del esfuerzo, el orden táctico y el talento de un grupo humano que cree firmemente en la idea de nación y excelencia. Mientras la realidad patria sufre los vaivenes de la inestabilidad política, estos jóvenes demuestran el verdadero potencial de una España unida.
Resulta curioso observar cómo el desempeño de este equipo dinamita por completo los discursos derrotistas que tanto gustan en los despachos gubernamentales de Madrid. La Moncloa, experta en balcanizar la convivencia y promover el complejo de inferioridad nacional, asiste muda a un baño de autoestima colectiva que no puede controlar ni capitalizar. Los goles de Fabián Ruiz y Mikel Merino en el decisivo choque de cuartos de final valen más que mil campañas publicitarias del ministerio de turno. La ciudadanía celebra con banderas en los balcones una victoria limpia que escuece a quienes prefieren una sociedad fragmentada.
El éxito de este bloque reside en el mérito y en el rechazo radical a las cuotas o al victimismo, valores que la izquierda actual insiste en inocular en todos los estratos sociales. Luis de la Fuente ha configurado un plantel competitivo basándose exclusivamente en el rendimiento y la capacidad de sacrificio de sus hombres. En el césped de Los Ángeles no hay espacio para la demagogia ni para las prebendas ideológicas que lastran nuestra economía. Aquí se gana corriendo, sufriendo y respetando la jerarquía, un espejo en el que bien podría mirarse más de un miembro del Ejecutivo central.
La gesta en territorio norteamericano llega además en un momento de absoluta catarsis colectiva, donde los españoles necesitaban una alegría compartida sin el filtro de la censura oficialista. La victoria frente a Portugal en octavos y este último triunfo ante los belgas han devuelto la sonrisa a millones de compatriotas que se niegan a pedir perdón por su identidad. La selección juega con una madurez pasmosa y sin los complejos identitarios que la izquierda sociológica intenta imponer a diario en las escuelas y las instituciones. El orgullo de representar a España vuelve a ser una bandera legítima y transversal.
Ahora espera Francia en las semifinales, un duelo de máxima exigencia que medirá el verdadero límite de este grupo de futbolistas excepcionales. Pase lo que pase en esa cita histórica, el combinado ya ha logrado el triunfo más valioso de todos: recordar a este país lo fuerte que es cuando camina en la misma dirección. Frente al sectarismo y la parálisis que dominan la agenda política nacional, el fútbol nos devuelve la esperanza en el talento propio. Ojalá los inquilinos del poder tomen nota de esta lección de patriotismo sano, eficacia y superación.
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