El espectáculo de la putrefacción del entramado corrupto que invade el día a día en el PSOE, junto a la miseria relacionada con Sánchez y su mafia, penaliza la credibilidad de la política en España y afecta a nuestra solvencia como Estado serio y fiable. La falta de credibilidad de nuestros políticos duele, siendo complicado reconvertir la situación y enderezarla con gobernantes que, de verdad, nos satisfagan por su solvencia moral, capacidad y rigor. Algo que queda en manos de la valentía de los votantes. Nuestra clase política ha autodegradado su imagen, por razones meramente endógenas que obedecen al ansia por enriquecerse, siguiendo el viejo método zapateril, o saciar egos y colmar vanidades desmedidas como toca en el presente
Una situación que no exime de culpa a la sociedad, responsable de que tengamos a fantoches liderando la política. En algún momento se perderá el miedo y nos atreveremos a romper esquemas de un modo contundente y creíble. En este sentido, sorprende que, por ejemplo, el PSOE todavía mantenga 28 parlamentarios autonómicos en Andalucía con todo lo que está cayendo. Parece que, a espectáculo diario, la degradación de la política se ha normalizado.
Al margen de lo anterior, duele más la visión que se pueda tener de España en el mundo. Una percepción que puede ver degradada nuestra solvencia y seriedad al estar en manos de impresentables. Conviene que hagamos el esfuerzo por trasladar a la opinión pública internacional que el bochorno del Gobierno sanchista afecta a Sánchez, a su entorno chupóptero y todos esos palmeros que le aplauden y votan sin pensar en el bien y el mal. La degradación está localizada. España se merece volver a ser un referente internacional saliendo del barrizal en el que estamos sumidos tras tocar fondo con el paso por el poder de la coalición Frankenstein.
Ayer domingo fuimos testigos de lo peor y de lo mejor. Por un lado, pudimos avergonzarnos por la ausencia de nuestro presidente del Gobierno en el acto central de la visita de León XIV a Madrid en la plaza de Cibeles, para evitar el protagonismo que supondría el pitido al unísono de un millón y medio de asistentes, a la vez que disfrutamos de la presencia del pontífice en un macroevento que demostró la capacidad organizativa y el sentimiento que une a los españoles con nuestra tradición, nuestra historia y nuestras raíces, poniendo a España en el foco de lo positivo con claro orgullo de lo que somos.
El maligno no estaba, lo que siempre es de agradecer. Tanto clero y cruces era demasiada incomodidad. Prefirió venirse de conciertos con su esposa a mi ciudad (aprovechando que ésta todavía no ha sido condenada), para hacer evidente su laicismo y sentirse arropado por la complicidad y proximidad de los que todavía le ríen las gracias. Un modo efectivo de camuflar abucheos aprovechando la música festivalera.
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