Artículo undécimo: que trata de microdesconexiones y microfusiones

Tengo un amigo del colegio que es independentista; nunca me lo ha dicho claramente pero nunca ha hecho falta. Ignoro las tendencias de los demás niños de la época en aquel y otros colegios pero, según los resultados de encuestas y votaciones en mi pueblo, la probabilidad de que también lo sean se acerca al 80%; son simples cálculos matemáticos que no admiten discusión. Le parecerá alto ese porcentaje pero, si le digo el nombre de mi pueblo, puede que hasta le parezca poco.

Mi amigo es un tipo afable y cariñoso que se hace querer. De hecho, pese a todo pronóstico, le quiero. Nos hemos tenido siempre presentes y, desde que nos reencontramos, nos escribimos regularmente, pese a que la frecuencia con que lo hacemos va bajando. Pero, tras largos años de relacionarnos sin tocar jamás el tema del secesionismo (ni muchos otros que pudieran tener relación, por remota que fuese); tras largos años de ponernos de acuerdo sobre este silencio sin necesidad de palabra alguna, dada la evidente la incomodidad que podía provocar; tras largos años de cercenar muchos aspectos de mi personalidad y avatares profesionales por si acaso… hasta llegar a tener la sensación de no ser yo mismo el personaje amigo de mi amigo… me pareció que mi sentido de la lealtad hacia él me exigía que le dijera que estoy escribiendo esta serie de artículos y que ya iba por el sexto… Le advertí de mi casi certeza de que no le iban a gustar pero ya le dije en qué tono los escribo y que evito, en lo posible, la perspectiva puramente política. Añadí que así podría saber lo que yo pienso. En fin…, usted ya imagina el cuidado con que escribí mi carta.

Me lo agradeció, pero indicando que no podría haberse dado cuenta ya que nunca leería un diario digital como éste (tal vez pensó que yo temía que él lo descubriese y consideraba, por tanto, que era innecesario mi aviso); pidió disculpas por no leerlo (no sé si con ironía o sin ella). A continuación, admitió la situación con el fastuoso argumento de que “cada uno es libre de hacer lo que quiera” (fastuoso y útil para sí mismo), pero no debía haber desdén en su actitud pues muy generosamente (salvo que en esto sí hubiese ironía) me dijo mi amigo que lo aceptaba (se supone que aceptaba tal libertad en mí); muy de agradecer.

Afirmó a continuación que, entre nosotros, no debemos intercambiar opiniones de política ni de la “situación Catalunya – Espanya” (ya conoce usted cómo ha calado este lenguaje perverso), ya que supone que nuestras opiniones deben ser totalmente opuestas (intuición sí tiene mi amigo), y considera que lo más importante entre nosotros es mantener esta amistad de toda la vida y no ponerla en peligro por las opiniones o pensamientos distintos que podamos tener (sic); creo que en otro artículo hablé de profecías que se autocumplen, lo tienen fácil algunos profetas eso de hacer que se cumplan en cuanto les dé la gana…

Con ello me provocó una profunda tristeza de la que no pude salir hasta casi 48 horas después. Entretanto sólo pude acertar a decirle algo sumamente breve: que estaba triste. De verdad que tenía ganas de llorar. Dormí mal, reflexioné mucho sobre qué decirle; estuve tentado a no volver a decirle nada o a dejar caer la amistad poco a poco; este último pensamiento me sacudió pues me vi a mí mismo en poco tiempo escribiendo vaguedades para mantener en pie, todavía un poco más, una amistad a lo tonto y habiéndose quedado él sin saber quién soy yo pero ya para siempre. También me sacudió otro pensamiento: que escribir estos artículos me produce sensación de luchar comprometidamente contra el secesionismo, pero que es sólo lucha aparente pues ya se ve que la peña independentista no me lee… mi verdadero compromiso en ese momento era decirle a él alguna cosa relevante, pertinente, contundente, sincera, suficientemente razonada, indefectiblemente amable… (“you name it”, como dicen los anglófonos).

A la mañana siguiente me levanté decidido a hacerlo. Comencé por reafirmar, dejar fuera de toda posible duda, mi catalanidad (porque ésa es la parte que inmediatamente usa un buen independentista para mantener su mente –bueno, lo que le quede de ella- en su esfera de confort: quien le dice algo que no le gusta es español y, por tanto, no es catalán; y, si es catalán, es un mal catalán; así, con tan depurada técnica, nada le afecta: te tapa la boca o se tapa los oídos).

También dejé fuera de duda el valor que para mí tiene nuestra amistad y afirmé que nunca la pondría yo en peligro pero que jamás he creído que intercambiar opiniones (por opuestas que sean) entre amigos sea poner en peligro la amistad que les une, sino enriquecerla. Más aún, que ni siquiera había pretendido eso, sino decirle sólo que mi lealtad hacia él me impulsaba a hacerle saber de una de mis actividades de jubilado (ya que de las actividades de mi vida anterior nunca ha procedido hablar…); que no sabremos si nuestras opiniones son totalmente opuestas mientras no hablemos, pero que no lo haré ya que ni él ni yo estamos dispuestos a pagar semejante precio. ¡Ah!, y que no soy fascista (cuando te llaman fascista se acaba el debate –como cuenta con gracia el primer ministro francés Manuel Valls-; acabar el debate es lo más cómodo para los “indepes” de a pie, y de mente tóxica en general).

Visto que mi amigo no lee mis artículos (¡con lo bien que le vendrían!) porque nunca leería este diario digital, me pareció adecuado resumirle en cuatro líneas lo que puse en mi artículo segundo sobre el sesgo de confirmación (y que no repetiré ahora), indicando que yo hago lo que creo saludable, justo lo contrario de lo que él hace (no llega a corrección fraterna, mero diálogo entre amigos de siempre, ¿verdad?).

Y le dije que, ciertamente, hay que esforzarse por preservar la calidad de una amistad como la nuestra, y no ponerla en peligro como decía él, pero a mí me parece claro que no hay calidad si hay censura. Y es que últimamente se me restringen a menudo las relaciones con familiares y amigos a base de ir cercenando o prohibiendo temas de conversación curiosamente relacionados con el separatismo (aunque, ya lo he dicho, no era ésa mi intención en aquel correo, como no lo ha sido en años…). En los grupos de whatsapp, por ejemplo, somos víctimas frecuentes de esta censura para preservar las amistades pues siempre hay algún alma bienintencionada que lo propone y almas comprensivas que lo aceptamos. (Lea usted “Patria”, de Fernando Aramburu, para saber cómo son las calles de estos “procesos”).

Es una actitud ya común y muy enfermiza la de creer que uno tiene razón caiga quien caiga, que no se debe salir del ambiente de los afines, que no se puede contrastar nada, que no se debe hablar de ello con nadie que pueda opinar de forma distinta y que (“Visca aquesta Catalunya!”), con ese silencio es uno –el separatista- el garante del bien a preservar (la amistad, la familia…), lo que le otorga –al separatista- el muy satisfactorio papel de bueno (y de “mejor que los demás”, que quedan como agresivos). Y la ceguera les impide ver su propio cinismo, el separatista es el garante del buen rollo, la amistad y la familia…; tan absurdo como crear el problema y criticar a “Madrit” por la falta de soluciones.

(Por cierto, ahora que hablo de familias; según una encuesta reciente y fiable, en el 40% de las familias catalanas no se habla del tema para evitar discusiones. Creo que es demasiado…, no porque no responda a la realidad sino por ser un dato social inaceptable. Y, ya que estamos…, dígame cómo se come lo de ”un sol poble”).

Por si usted (sea o no catalán) no lo sabe, le informo de que esto funciona así, de este modo subterráneo y subliminal, se producen eficaces (que no valiosas) aportaciones personales de muchos independentistas a la llamada “desconnexió de l’Estat espanyol”; sueñan que “hacen república” pero en realidad “deshacen sociedad”, provocan fractura social mediante millones de “microdesconexiones” individuales como ésta. Funcionan como autómatas, lo hacen todos; un mismo reflejo mental (no quiero decir una misma inteligencia), con la misma despreocupación (no quiero decir alegría). No se cuestionan su salud mental, pero con gran convicción rechazan estar enfermos… (anosognosia se llama esto en psiquiatría, un día lo contaré). Provocan fractura social y además niegan que exista; y al tiempo que la niegan, se manifiestan muy preocupados por lograr cohesión a través de la política de inmersión lingüística… y la ceguera les impide ver que adoptan el aire de que no hay coherencia más que en ese rincón de España…

En este email no he osado ya invitar a mi amigo a leer mis artículos; ni a contestarme, si no quiere. Pero temo que lo que debo esperar es una respuesta silenciosa equivalente a un “hasta aquí hemos llegado” (32 días hace ya). Cuando, en otra ocasión y por lo mismo, experimenté la pérdida de otro amigo, un tercero -que lo es de verdad-, me consoló haciéndome ver que si una amistad se pierde de esta forma es que no era tal amistad y que, por tanto, no debía preocuparme.

Si nuestra relación final y milagrosamente no se pierde, queda la posibilidad de seguir siendo: “Amigos-Incondicionales-Una-Vez-Apartadas-Las-Condiciones-Que-Resulten-Inconvenientes” (algo no sólo largo sino muy absurdo pero posible, dada la complejidad de la naturaleza humana); y habríamos de procurar que, a pesar de todo, la nuestra no constituyera una amistad de ficción dentro del mundo de ficción de media Cataluña (algo muy encomiable pero imposible, dada la complejidad de la naturaleza humana).

Gracias por ser capaz de reír conmigo de cosa tan seria como la posibilidad de perder un amigo. ¿Y qué hacer?; creo que como respuesta a cada “microdesconexión” procede una “microfusión”; luchar con sus armas (si son millones las microdesconexiones, que sean millones las microfusiones), no aceptar rupturas permanentes, tender puentes a la espera de cruzarlos en mejores tiempos, que aparcar temas no sea quedarse sin saber de qué hablar… (“you name it”, como dicen los anglófonos). Los que provocan la fractura siguen en lo suyo y, como mucho, hablan de “diálogo” (para seguir en lo suyo); es Societat Civil Catalana la que habla de “seny”, de convivencia y de reconciliación (usted observe y ya me dirá).

Aquí el enlace a mi artículo décimo. La semana próxima profundizaré en el tema de la razón y la emoción.

Por Ángel Mazo.

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