Artículo décimo: de los insaciables

Los independentistas saben (podrán ser cínicos, pero tontos no…) el daño que su juego ha hecho a la economía catalana (y al conjunto de la española) porque no ignoran que más de tres mil empresas se han ido de un modo u otro; el paro ha aumentado; ha descendido el turismo, las ventas de pisos y automóviles, y el comercio en general; muchos catalanes (independentistas incluidos) han sacado en pocos días miles de millones de euros de sus sucursales habituales para llevarlos a otras -del mismo banco o no pero fuera de Cataluña-, etc. Dicho esto, el hecho de que, a pesar de todo, aún sigan votando en clave separatista ofrece un gran atractivo para quien quiera estudiar el fenómeno.

Mientras el constitucionalismo insiste en que hay que evitar que se repita el “procés”, éstos dicen que lo que quieren es precisamente repetirlo, (“Perseveraremos”, repetía machaconamente en su primer discurso tras su primera experiencia carcelaria -de momento, una noche- Carme Forcadell porque, decía, “perseverar es ganar”).

Desde el punto de vista de la lógica, que ya sabe usted que es el que voy mirando siempre, esto sólo se sostiene con consideraciones como las que en cierta ocasión expresó el exvicepresidente y exconsejero económico Junqueras; vino a decir que no habría costes económicos en el proceso de lograr la independencia, pero que si los hubiera él los asumiría porque prefería ser catalán pobre que español rico (siento no recordar exactamente cuáles fueron las palabras empleadas).

Bien, no sería ésa mi postura si estuviera en sus zapatos pero admito que no hay nada que objetar desde la lógica (si eso es lo que él quiere… y, además, de suicidas ya hablé otro día…); el único problema que veo es que él es un líder y no parece que sus seguidores estén todos dispuestos al mismo sacrificio (no, al menos, los independentistas que sacan sus ahorros a lugares “del extranjero” como Huesca o Castellón) y eso ya me resulta un poquito contradictorio.

Desde luego, el estudioso que se acerque a este fenómeno debería ser previamente experto en patologías sociales o no entenderá nada (que es lo que a mí me pasa inicialmente y por eso he de recurrir tan a menudo a mis maestros de pensamiento colectivo, psicología de masas, teoría de la propaganda política, etc.).

Ya sabíamos que esto iba a seguir. Los nacionalismos segregacionistas (el catalán también) son insaciables por naturaleza; cuando todos van andando, los nacionalistas quieren poder circular en bicicleta; si, después de tenerla ellos, se iguala a los demás y ya la tienen todos, entonces quieren una moto para ser (más) distintos porque son (aún poco) distintos; luego un coche… No les gustó el “café para todos” (y ahora ya no quieren ni la “tabla de quesos” que se había considerado previamente en la Transición).

Siempre he tenido la convicción de que muchos no quieren realmente la independencia (¡menudo problemón se está viendo -por fin- qué es eso!) y lo que quieren es el independentismo en sí, es decir: poder seguir echándole la culpa de todo lo malo a “Madrit”, seguir atribuyéndose el mérito de lo bueno, seguir explotando el victimismo y obteniendo algo a cambio: o más dinero o más autogobierno-lengua-cultura (las tres reivindicaciones básicas del catalanismo político histórico); en suma, mayores o más resaltables diferencias con los demás. Al final, se trata de una profecía autocumplida: no son distintos en absoluto pero, a base de empeñarse en decir que lo son, ¡terminan siéndolo! (por raritos, vaya).

Como bien explica Roca Barea: “La dinámica del nacionalismo es perversa: o gana, e impone su criterio, eliminando la disidencia, o pierde, y entonces convierte la pérdida en ganancia, es decir, en agravio y excusa para la confrontación: perder para ganar”.

Muchos independentistas son muy pesados, eso ya lo saben ustedes. No hace mucho llegué al Valle de Arán tras atravesar un mar de esteladas de demasiados kilómetros. Recorrí el valle entero sin ver ni una sola, ni siquiera en las tiendas de turistas que venden banderas. Hablé en catalán (aranés no sé) y, cuando mi mujer estaba presente, en castellano, y no aprecié en ninguna cara el más mínimo tic de incomodidad, era todo tan natural como en la Cataluña de cuando yo era niño; nada ni nadie se empeñaba en espetarme su esencia diferencial catalana (esencia también mía, pero sin lo de “diferencial”); vi placas en castellano en las que se citaba a reyes de España y no tenían ninguna pintada. Parecía que el famoso túnel de Viella por el que había entrado en el valle, era en realidad un túnel del tiempo que me había transportado plácida y felizmente a mi niñez. Me sentí bien, relajado, feliz.

Muchos independentistas, digo, son pesados e insaciables, y añado ahora que también desleales. La sociedad española fue muy generosa con Cataluña durante la transición a la democracia y estuvo muy bien así; pero los políticos independentistas están pagando aquello con actitudes de cariz desleal, si no traidor. Con una abstención del 32%, Cataluña votó sí a la Constitución con algo más del 90% (ahora dicen unos que todo aquel proceso estuvo manejado por militares, y dicen otros que ellos no habían nacido y no pudieron votar; ¿hay quien dé más? –alguna tontería más, quiero decir-).

Si se consiguiese la independencia se acabaría inmediatamente el independentismo. Fin del relato. Fin de la estupidez. Fin de muchas subvenciones de la Generalitat. Búsqueda de habichuelas en otro ámbito. Ya se lo dijo directamente Gordon Brown a la vista de la rica experiencia del brexit: “La independencia es un eslogan y nada más”.

En Cataluña no hace falta ir al cine o abrir una novela para vivir una fantasía, haga usted como el vecino y viva instalado en la ficción. Acepte el contagio de la enfermedad más común y perderá usted fácilmente el sentido de la realidad. Para ello, le bastará no ser demasiado crítico con el contenido (a cualquier “vacío” se le puede llamar “contenido”) de los discursos de los líderes separatistas… Ellos empiezan por vivir fuera de la verdad; la enfermedad empeora  cuando creen que son ellos los que crean la realidad, y entran en fase terminal cuando ya riñen a los hechos cada vez que éstos les desmienten (riñen a diario).

Mi recomendación es que no sea usted nacionalista sino payaso… Sí, sí, ya sé que esta recomendación le sorprende si no le explico antes que la he tomado de un chiste gráfico de Mingote, en el que cuenta que la diferencia entre ambos es que cuando al payaso se le ocurre un disparate idiota él sabe que se trata de un disparate idiota. Ir a la ciudad donde está la “corte europea”, pedir la comprensión que ha de salvarle de la condenación y decir, acto seguido, que “la UE es un club de países obsoletos y decadentes” podría ser considerado como la gracia de un bufón (digo bufón y no payaso, por lo de la corte…); pero no es la gracia de un bufón sino la desgracia de un nacionalista incapaz de verse a sí mismo desde fuera, que vive en la ficción, que cree que crea la realidad y que riñe a los hechos cuando le desmienten (sí: a diario). Síntoma de estar ya en fase terminal… “¡pobret!”; ni soplándose el flequillo se le refresca el apuro.

Aquí el enlace al artículo noveno. La semana próxima hablaré de microdesconexiones y microfusiones.

Por Ángel Mazo

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