Con el doloroso tema de los incendios ya casi metabolizado por la opinión pública, dado que la preocupación del comienzo de la campaña de incendios no es la que se tiene ahora a pesar de seguir sumando miles de hectáreas calcinadas por el abandono y despreocupación del mundo rural y la masa forestal, la gran noticia tapadera que evita ahondar en la corrupción sanchista durante el verano es la invasión que hemos sufrido en Ceuta.
Dicha ciudad española, estratégicamente ubicada al otro lado del estrecho, es un territorio incuestionablemente español. Un pedazo de España con un emplazamiento geoestratégico de primer orden mundial, al ser un punto de control incuestionable para fiscalizar la entrada al Mediterráneo desde el Atlántico. Esto, por encima de la paranoia respecto del cuestionamiento de su soberanía, es el factor que alienta esta guerra llamada híbrida con invasores provistos de iphones y gafas de sol en lugar de cascos y metralletas.
Sin que la soberanía haya estado nunca en manos del régimen autócrata marroquí hemos de soportar esa caprichosa y enfermiza cantinela, con el gravamen que supone la complicidad preocupante de Trump y la Administración estadounidense. La primera potencia mundial, con la que hemos roto relaciones dadas las mamarrachadas del cantamañanas Sánchez y su vicio por las cámaras y los micros para postularse como antítesis del ocupante de la Casa Blanca, nos pasará factura. Asumamos que la ruina de España, con la llegada del maligno al poder, tendrá un coste exageradamente elevado que puede llegar a poner en riesgo el territorio y la soberanía.
La angustiante sensación de vacío, que deben soportar los legítimos pobladores de Ceuta y por extensión debería servir también para Melilla, supone una parálisis que coarta todo avance y expectativas en sendas ciudades españolas. Comprendo lo que pueden sentir nuestros compatriotas al ver el grado de pasotismo y desprecio que ejecuta Sánchez y sus palmeros al no coger el toro por los cuernos y lanzar discursos colmados de mentiras acerca de una normalización que no se cree nadie.
Esa paranoica reclamación de soberanía por parte de quien nunca la ha ostentado, junto a las amistades peligrosas y poderosas que aceptarían pulpo como animal de compañía con tal de darle en los morros al maridísimo de la Bego y, por supuesto, la panda de gobernantes sumisos, alineados y conniventes que tenemos en España, nos acelera el pulso y engrandece, si cabe, esa sensación de asco al pensar en Sanchez y sus lacayos. Unos impresentables que han asumido como mejor solución el abandonar Ceuta y tomarse el tema como un problema migratorio en lugar de la grave realidad que supone ver tu soberanía en riesgo por una invasión.
Sin medidas acordes a las circunstancias por parte de los responsables de Interior y Defensa, que cumplen el mandato recibido con las manos atadas y en formato contemplativo para no cabrear al amigo invasor, además de la desgracia que supone ver al jefe del rebaño de tuercebotas cantamañanas a la bartola en Lanzarote, parece que queremos lanzar el mensaje al hermano Mohamed de que tiene vía libre para cumplir con sus alucinaciones. En lugar de ese mensaje servil frente a quien nos ataca, lo que compete es poner a la Guardia Civil, la Policía y nuestro Ejército en formato activo y dispuesto a cumplir, sin ambages ni medias tintas, con ese lema orgulloso que preside las entradas de los acuartelamientos. El “todo por la pasta”, que rige el comportamiento del corrupto sanchismo, debe abandonarse. Ante una situación como la que vivimos, atentando a nuestra soberanía nacional, debe devolver a su lugar el término patria, tal y como siempre se ha entendido hasta que llegaron estos mafiosos al poder.
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