Recuerdo sus nombres, Raquel y Lucas; formaban una pareja simpática, menos segura de su amor que de las ganas que tenían de trabajar juntos. Dadas las circunstancias, habría de ser como autónomos, aunque todavía no sabían en qué… Lucas pondría las ideas, la imaginación, y Raquel la sensatez y la moderación; eso estaba bastante claro entre los dos, pero iban pasando los días y todo seguía igual.
Una tarde (era cuando solían verse) apareció Lucas muy contento porque tenía una idea genial para ponerse manos a la obra inmediatamente y “forrarse”.
- ¿Cuál es?, preguntó Raquel.
- Pues resulta que mi padre, ya sabes cómo es, repite mucho que nuestra sociedad asiste a una devaluación de la verdad. Que se miente mucho, ¡vaya!, que se viene legitimando la mentira en todos los órdenes.
- ¿Y qué?, no veo por dónde vas.
- Dice que el relato eclipsa la verdad, y que esto está yendo a más.
- Vaaale, Lucas. No sé qué te has fumado, pero me estás poniendo nerviosa.
- ¿No te das cuenta, Raquel?. La idea es montar por nuestra cuenta una tienda de relatos falsos y venderlos. Lo estoy viendo… ¡somos ricos, chica!; en un mundo sin verdad, esto tiene que ser un negocio redondo.
Él se regodeaba pensando que a nadie en el mundo se le había ocurrido antes; ella desconfiaba e intentaba convencerle de que no era moral, aparte de que no veía cómo llevar a la práctica su supuesto olfato comercial.
Encontraron un local viejo en una callejuela del final de las Ramblas de Barcelona; un bajo muy sucio, pero merecía la pena por grandote, y la persiana estaba casi nueva… Lo alquilaron, fregotearon y llenaron de simples estanterías metálicas, con algo de dinero que les prestaron sus padres pese a que no estaban casados ni terminaban de entender “la idea de negocio”, de que hablaba Lucas constantemente.
La fase siguiente consistió en llenar esas estanterías con relatos de todo tipo. Sólo días después, ya las habían ordenado y rotulado: Relatos Históricos, Políticos, Relatos Fundacionales de Naciones (que en Cataluña se venderían bien), todos trufados de emociones y mitos. Relatos para creérselos uno mismo y relatos para manipular a los demás. Los más caros eran los Inéditos. No pusieron ningún rótulo de relatos mitológicos ni bíblicos, porque decía Lucas que no entraban en la idea de negocio (puro marketing intuitivo); tampoco pretendía venderlos eróticos, por el mayor valor competitivo de iniciativas cercanas a aquella calle. La semana siguiente añadieron estanterías de Relatos Hagiográficos y Exculpatorios (se venderían juntos, en packs), así como de Relatos Antiguos (para coleccionistas). Lucas no podía dejar de pensar…
La sensatez de Raquel le llevaba a proponer la venta también de relatos literarios, la veía más segura; al fin y al cabo, dos calles más arriba había una librería muy famosa en cuyo escaparate se exhibían cuentos de Cortázar y de Poe, incluso novelas de Falcones y de Orwell… “¡Sí, ya… como 1984, aquella ficción distópica de hace casi un siglo!”, le espetó Lucas, quien siguió repitiendo en voz baja lo de distópica en tal forma que parecía que escupía cada vez. No quería volver atrás; dijo: “¡Esto no va a ser una librería más, es una tienda de relatos; el negocio no está en la literatura sino en la falsedad, en facilitar a nuestros clientes herramientas que eclipsen las verdades que les estorben!. ¡Te lo dije y no te enteras, Raquel!”.
Y siguió: “La cosa está en que publicitemos esto y vengan a comprarnos los relatos que iremos confeccionando y colocando en las estanterías. Se llenarán los periódicos (en papel y digitales) si con ellos se mangonea bien; saltarán por las antenas de radio y televisión; se harán virales en las redes sociales. A fuerza de repetirlos, la gente los creerá, nos haremos famosos y vendrán a por más…”.
Raquel seguía sin verle la más mínima moralidad a esto, pero comenzó a contagiarse del entusiasmo de Lucas. “Tal vez tenga razón”, se dijo. “Me va a decir que siempre echo por tierra sus ideas”, cedió.
Y sí, empezaron a entrar clientes, al principio sólo para curiosear; luego se dejaban caer zoquetes, que sólo compraban los relatos que se ajustaban a sus creencias (Lucas estaba seguro de que el sesgo de confirmación había de darle beneficios de ésos que llaman “pingües”). Pronto llegaron periodistas, perezosos unos y malintencionados otros, que compraban relatos para elaborar crónicas con apariencia de verdades incuestionables. También politicuchos sectarios que iban siempre a la misma estantería y sólo a ésa.
En la radio se anunciaba la tienda con sloganes publicitarios como: “¡Hágase por fin con el relato que siempre soñó!” y en la puerta pusieron un gran letrero que decía: “¡Aquí, relatos verosímiles a bajo precio!”.
El negocio iba bien y se amplió enseguida con estanterías nuevas; una dedicada a la Leyenda Negra (ya se sabe que si no se adjetiva es siempre la española); decía Lucas que los mejores clientes de esta estantería serían los propios españoles, y tenía toda la razón. Otra fue para reforzar las leyes de Memoria Histórica y Memoria Democrática.
Tuvo mucha aceptación la de las Medias Verdades (hay que reconocer que Lucas era ingenioso), se vaciaba pronto porque los clientes sabían de su más que contrastada eficacia. No le iba a la zaga la de “Relatos Dobles de Uso Programado”, los vendían juntos para que el cliente utilizase el primero y esperase la respuesta de la opinión pública para usar el segundo, así ya preparado; los compraba gente encorbatada y seria -se decía que eran del Gobierno y expertos en comunicación estratégica-, pedían mucho el del cambio climático (por lo visto, lo querían para explicar cosas con escasa o nula relación con el clima como, por ejemplo, accidentes de tren; cuando se dijera luego que se habían debido al mal estado de la infraestructura, podrían acusar a los críticos de negacionistas y así desplegar una cortina de humo; de hecho, los vendían con fumígeno y todo), ¡qué buenos relatos había allí reunidos!. Al lado estaban las estadísticas de ancianos fallecidos en residencias de la tercera edad, en unas Comunidades Autónomas más que en otras; éstas tuvieron su momento álgido, pero, de vez en cuando, se volvían a vender bien.
Los miércoles a primera hora de la mañana había poca gente y, solía aparecer muy discreto un empleado de TV3 a ver qué novedades encontraba. (No tardó Lucas en darse cuenta de que era los miércoles también cuando se le había ocurrido hacer promociones del tipo de 2×1 en la estantería de Relatos de Odio a España y, semanas después, comprobó que venían a por ellos clientes que eran, a su vez, telespectadores precisamente de TV3, con lo que creyó haber descubierto la máquina del movimiento perpetuo, o algo así).
Para llamar la atención, Lucas colocó un “caganer” sobre una de las estanterías más grandes; allí era donde se ofertaban relatos de lo más solicitado sobre segadores, guerras de sucesión y civiles; no los había sobre la de Independencia (a pesar de lo atractivo del nombre) ni las carlistas. No quiso llamarlos relatos históricos para poder distinguirlos de la otra estantería, así que decidió calificarlos de Relatos Victimistas y, con esta denominación, se pusieron muy de moda. Los relatos sobre la Transición y la Constitución eran igual de retorcidos y solicitados. El de mejor calidad era el de una Cataluña democrática luchando contra el atraso de una España franquista desde el s.IX hasta hoy; ¡muy bueno!, ¿verdad?. Raquel decía que eran estupefacientes, por lo rápido que llevaban a la paranoia. El de “Espanya ens roba” estaba ya caducado (en todos constaba una fecha para ser consumidos preferentemente antes de ella) y la gente no lo compraba apenas… de todos modos, quedaban muy poquitos, ya imaginará Vd…
Sanchistas y filoetarras entraban juntos a por relatos que blanqueasen el pasado de sangre roja, difícilmente blanqueable por tanto. Independentistas locales también se arrimaban a algunos sanchistas (una vez ya dentro del local para no ser vistos juntos por la calle), buscando relatos que sirvieran… más que para blanquear el pasado, para amnistiarlo definitivamente, que también era difícil pero no tanto, porque la memoria de la sociedad no era ni histórica ni democrática sino paupérrima, y con eso, una cañita y un partidito, bastaba para conformarla.
Lucas, captó bien la simulación de superioridad moral de muchos clientes, y decidió que a las cajitas de algunos relatos les pondría una pegatina con un rótulo que dijese: “Relato edificante 100%”. Ciertamente, notó un incremento en las ventas. También entraba mucha clientela cuando, después de unas elecciones claramente perdidas, ponía en venta relatos de victorias electorales; el más apreciado fue el denominado “¡Somos más!”.
La ultraizquierda, a la que nadie identificaba como tal pero lo era, compraba encantada relatos de indigenismo que dejaban en nada la imaginación de fray Bartolomé de las Casas, ¡no era nadie Lucas!.
Allí no había argumentos, sólo relatos. Una noche se produjo un lamentable incidente: no se sabe cómo, apareció un dato; el caso es que el dato -a oscuras- quería matar a un relato y el relato al dato… ya sabe usted, querido lector, que no pueden ni verse. A la mañana siguiente, aparecieron muchos destrozos.
Según Lucas (nuestro héroe, no el evangelista), la historia auténtica tiene muchas lagunas y contradicciones que generan grave escepticismo; consecuentemente, se dedicaron a vender falsificaciones verdaderamente grandes (en cajas de mayor tamaño) para que el comprador pensase que aquello tan gordo no podía haber sido inventado, y a acompañarlas de letreros que advirtiesen que se trataba de los últimos ejemplares, para que pensase que tantos compradores no pueden estar equivocados (más bien, para que no pensase, porque donde todos piensan lo mismo es que nadie piensa nada, y menos aún si el embuste es orondo).
Desgraciadamente, cuando nuestra pareja estaba a punto de morir de éxito, algo se torció. Se enteraron las máximas autoridades de que, aparte de los relatos que tanto les complacían, Raquel y Lucas vendían otros a la oposición. No estaban dispuestos a pasar por ahí; el Presidente Maximus (en Roma había visto placas en que se leía: “Pontifex maximus”, y ahora se hacía llamar así) era un mentiroso y a la vez caradura, de los de campeonato, y vino a disponer que fueran calificados de “bulos” todos los relatos que no le gustaban (ego, nepotismo, falta de empatía, corrupción, cambios de opinión, patadas a la Constitución y otras rimas…). Faltó tiempo a los que aplaudían incondicionalmente sus imbecilidades desde los escaños, para correr a denunciar a nuestros amigos Lucas y Raquel ante instancias judiciales; previamente colonizadas, claro.
En realidad, ya venía avisando el Presidente Maximus (sus amigos usaban las formas cortas “Petrus” o “Putus Amus”): con el fausto motivo de los bulos, semanas atrás había prohibido las redes sociales (¡él!), condicionado programas de radio y televisión, y colonizado también muchas salas de redacción de los periódicos digitales y de papel. En Europa no daban crédito (tampoco daban ya últimamente Fondos Next Generation a España).
Una mañana aciaga, bien temprano, aparecieron en la tienda unos oficiales elegantemente uniformados. Vestían botas altas, pantalones bombachos, guerrera muy ceñida con un dibujo geométrico simple en las solapas, y una gorra verdinegra con la silueta de un cerebro (que parecía una calavera). Dos se quedaron fuera con la furgoneta, camuflada, y todos los demás entraron. Parecían diligentes y bien entrenados dada la rapidez con la que determinaban qué relatos eran políticamente incorrectos; en cuestión de minutos se llevaron el contenido de varias estanterías. Podían ser de la, recién creada por el Gobierno, Policía Ciudadana del Pensamiento (la terrible PCP), pero en Cataluña era la PCP (Policia Catalana del Pensament, ¡pues no faltaba más!), que era igual pero muy distinta, o distinta pero muy igual. Acababan de estrenar comisaría, que no era nueva pues ocupaban la de Vía Layetana con otra bandera (hubo quien se quedó frustrado sin el interesante Centro de Interpretación que se quería poner allí).
En las cajas iban todos los relatos que consideraron bulos, y bastantes más “¡Por si acaso!”, dijo el que mandaba más, mientras el que menos mandaba sacó de su bolsillo una cinta adhesiva blanca y roja a rayas, e hizo con ella una enorme equis en la persiana después de haberla cerrado (pero se quedó con la llave de Lucas).
En el patio de la comisaría iban ardiendo las cajas, una tras otra. Un vecino -medio historiador, medio filósofo- dijo en voz baja que aquello parecía la Plaza de la Ópera de Berlín en mayo de 1933. Las instrucciones no eran sólo de Barcelona, llegaban también del Ministerio de la Verdad, en Madrid, y se reducían a que había que hacer que los relatos del pasado coincidieran con la versión oficial del Estado (las archiconocidas leyes de Memoria, vaya), y que todo lo demás debía arder.
El propio local sufrió un pavoroso incendio interior (¡ay, la llave!). Uno de los bomberos que tuvieron que acudir a apagarlo porque peligraban las viviendas de arriba, encontró en un armario metálico un libro que Raquel había escondido para que no se enfureciera Lucas, era un ejemplar de la novela de George Orwell, “1984”, ficción distópica que se había convertido en real.
Raquel y Lucas han dejado de verse. Ella cree que el recuerdo de esta desgraciada historieta la acompañará siempre y me ha pedido que la escriba antes de que lo haga alguien de este nuevo régimen de prohibiciones y dogmas políticos que no nos deja respirar. No he puesto todos los detalles, pero hoy he cumplido su deseo y me siento a esperar que el Gobierno me denuncie también. Usted me ha leído, ahora piensa y eso le hará temblar.
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Posdata: Para temblar es, no exageraba. Según acabo estas líneas, y no es ficción distópica sino noticia real, resulta que el Gobierno de España ha acordado con Bildu promover la salida de ETA de la lista UE de organizaciones terroristas, y que al asesino Txeroki -sin arrepentirse de nada- se le conceden beneficios penitenciarios. Mercadeos de Otegui… Pedro Sánchez, felón e indigno, sigue en el poder… Tras las Leyes de Memoria Histórica y Democrática… el blanqueamiento de la historia de la barbarie de ETA desembocará en la Ley de Memoria Humanitaria, o algo así, si les da tiempo.
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