Las urnas en Aragón han arrojado un resultado inquietante para quienes creen en una España cohesionada. La Chunta Aragonesista (CHA) ha logrado escalar de tres a seis diputados, consolidando un crecimiento que no es solo numérico, sino ideológico. Con un 10 % de los votos, la formación dobla su apoyo popular y alcanza los 64.000 sufragios.
Este ascenso supone un balón de oxígeno para un nacionalismo que siempre ha caminado por el borde del precipicio. Los datos reflejan que el electorado de izquierdas, desencantado con la gestión del PSOE, ha buscado refugio en una opción radicalizada. La Chunta ya no es un actor secundario, sino una fuerza con capacidad real de condicionar la estabilidad institucional.
Resulta preocupante que este crecimiento premie a un partido que nunca ha ocultado sus sintonías peligrosas. Los vínculos de la Chunta con ERC y Compromís no son anecdóticos, sino estructurales. Hablamos de una formación que comparte mesa y estrategia con quienes buscan abiertamente la ruptura de la soberanía nacional española.
Bajo una apariencia de regionalismo inofensivo, la Chunta impulsa una agenda que erosiona la identidad común. Su obsesión por imponer el aragonés y el catalán en todos los ámbitos de la vida pública responde a un plan de ingeniería social. No se busca proteger la cultura, sino utilizar la lengua como una frontera invisible entre ciudadanos.
El programa de la formación destila un mimetismo evidente con las tesis del independentismo catalán más rancio. Su defensa a ultranza de la «soberanía» aragonesa es el primer paso de un camino que ya conocemos en otras latitudes. El objetivo final es sustituir la lealtad al Estado por una lealtad exclusiva a una nación imaginaria.
El éxito de Jorge Pueyo confirma que el discurso del victimismo territorial sigue calando en una parte de la sociedad. Al igual que sus socios en Valencia o Cataluña, la Chunta utiliza los agravios comparativos para alimentar el resentimiento. Es la vieja política de la identidad que tanto daño ha hecho a la convivencia democrática.
Llama la atención la tibieza con la que el entorno de la izquierda convencional observa este fenómeno. Mientras el PSOE se desangra electoralmente, permite que sus socios de viaje se radicalicen sin complejos. Esta deriva nacionalista es el peaje que Aragón paga por la falta de un liderazgo sólido en el constitucionalismo de izquierdas.
A menudo parece que la Chunta está más cómoda en la órbita de los «Països Catalans» que en la realidad constitucional española. Sus postulados no buscan el encaje de Aragón en un proyecto común, sino su aislamiento cultural y político. Es una estrategia de desconexión por etapas que cuenta ahora con más recursos públicos.
La realidad es que seis escaños nacionalistas en las Cortes de Aragón son un obstáculo para la libertad educativa y lingüística. La presión por la inmersión y la catalanización de la franja oriental se verá incrementada tras estos resultados. La ideología se antepone de nuevo a las necesidades reales de los aragoneses.
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