El escrutinio en las Cortes de Aragón ha certificado lo que muchos vaticinaban: la defunción política de Podemos en la región. La formación morada ha perdido su único diputado, quedando fuera de la cámara y confirmando su caída libre hacia la irrelevancia absoluta. Los aragoneses han dado la espalda a un proyecto que nació para asaltar los cielos y ha terminado hundido en el barro de la marginalidad.
Este desplome no es fruto del azar, sino el castigo directo a una deriva ideológica que ha desconectado con la realidad social. En los últimos meses, el discurso de sus líderes nacionales ha traspasado todas las líneas rojas de la lógica democrática. Especialmente sangrantes han sido las proclamas de Irene Montero, cuya agresividad verbal ha terminado por espantar incluso a sus seguidores más fieles.
La última ocurrencia de la exministra, defendiendo abiertamente el «reemplazo» de quienes ella etiqueta como «fachas» por inmigrantes, ha sido la puntilla definitiva. Utilizar la inmigración como un arma arrojadiza para sustituir a una parte del electorado es propio de regímenes autoritarios, no de democracias consolidadas. Este tono totalitario ha resonado con fuerza en una sociedad aragonesa que rechaza mayoritariamente el frentismo y la ingeniería social.
Podemos ha decidido atrincherarse en un rincón del tablero político donde solo habitan el rencor y la confrontación constante. Su estrategia de dividir a los españoles entre «buenos» y «malos» ciudadanos ya no engaña a nadie, ni siquiera en sus antiguos feudos. La radicalización extrema ha convertido a la formación en un actor tóxico que solo sabe alimentarse de la crispación.
Los datos electorales reflejan que el votante de izquierdas prefiere opciones más centradas en la gestión territorial que en las fantasías revolucionarias de Montero Mientras otras fuerzas mantienen el tipo, Podemos se disuelve por su incapacidad para ofrecer soluciones reales a los problemas cotidianos. El aragonés de a pie ha demostrado que le importa más el empleo o la sanidad que las cruzadas ideológicas de Montero.
Resulta evidente que la marca está quemada y que el hiperliderazgo mesiánico de sus figuras principales ha sido su tumba. La soberbia con la que han gestionado sus cuotas de poder ha derivado en un aislamiento parlamentario que hoy es ya irreversible. Sin representación en las instituciones clave, el futuro de la formación se presenta como un desierto de siglas y deudas.
La caída de los morados deja un hueco en la izquierda que difícilmente podrán rellenar con consignas de cartón piedra. La sociedad española ha madurado y ya no compra los espejismos de una formación que prometía regeneración y trajo sectarismo. El castigo en las urnas es la respuesta lógica a años de desprecio hacia las instituciones y hacia la mitad de los españoles.
Irene Montero y su guardia de corps deberían reflexionar sobre el daño que su retórica ha causado a su propio espacio político. Al intentar «barrer» a quienes no piensan como ellos, lo único que han conseguido es ser barridos por la voluntad popular. La democracia tiene sus propios mecanismos de defensa contra quienes pretenden pervertirla desde dentro.
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