Mi muy querido amigo Jesús, cuando algún personaje destaca por tonto, dice de él que lo es “más que una liebre cuando le das las largas”, y yo me parto de risa. Escribiendo el final de mi último artículo, tuve la sensación de estar a punto de atropellar alguna en la N-253, carretera que corre entre los bosques próximos a Waterloo. Aunque una liebre (también) asustada puede dar saltos de varios metros y zigzaguear en ángulo recto, los lepóridos en general no son animales que exciten mi admiración; prefiero subir con las águilas hasta los más altos, diáfanos y trascendentes azules. Allá vamos hoy.
“La libertad es el más precioso don que a los hombres dieron los cielos”, le decía Don Quijote a Sancho. De la libertad, muchos hemos hablado alguna vez y algunos han hablado muchas veces. “Libertad” es, ciertamente, una palabra hermosa y cautivadora, quizá la que más, (junto con “amor”); por si fuera poco, en casi todas las lenguas rima con “verdad” y con “dignidad”, lo que da mucho juego…. Pero las palabras son para entendernos, y no nos entendemos cuando las palabras tienen significados distintos para cada uno (con “amor” también nos pasa esto, desgraciadamente).
La palabra libertad es ya una de las más gastadas por el secesionismo catalán a estas alturas de la película. Se usa para referirse a la liberación del territorio catalán de una supuesta malvada dominación española, se usa para demandar la salida a la calle de los políticos que están presos (obsérvese este orden), para exigir la posibilidad de infestar los espacios públicos de color amarillo, para quemar las fotos del rey como una forma de expresión perfectamente legítima, para desobedecer sentencias del poder judicial (desobedecer “democráticamente”, claro está), para todo… Básicamente, se emplea para pretender separar a Cataluña del resto de España y para justificar a quien así piensa y a quien repite lo que así ha pensado otro. En el ámbito específico de la administración de justicia, su casuística, lo veo hasta normal: cuando uno es reo tiende a exteriorizar su inocencia; una vez preso, uno tiende a pedir su libertad…, “c’est la vie”…
El concepto de libertad, pese a su vocación de absoluto, es relativizado y concretado para reivindicar en su nombre lo que cada uno manifiesta no tener y desea acabar teniendo, con o sin fundamento… Nos hemos acostumbrado ya a que se use para todo… menos para reclamar que cada catalán, por ejemplo, pueda pensar por sí mismo algo distinto a lo que esta gente pretende que sea el único pensamiento políticamente correcto.
En ese sentido (tal vez me toque ya a mí elegir una de estas libertades relativas), hoy me dejo inspirar por el subtítulo del libro de Pau Guix (El hijo de la africana. Reflexiones de un catalán libre de nacionalismo), y me lanzo a reivindicar esa misma libertad, la de sentirme bien como estoy: eximido por mí mismo de la obligación de ser nacionalista. Y convertirla en un grito atronador que cruce Cataluña de Viella a Cadaqués y de allí a Alcanar; y esperar que este grito mío de libertad sea adoptado por tantos y tantos catalanes como creo yo que están ya más que asqueados de la locura que se les impone (sobre todo a los de mi pueblo, desde el altavoz del ayuntamiento convertido en eficaz minarete) y sufren porque no la soportan.
No soy el primero ni el único en intuir (siempre ando a vueltas con la racionalidad pero la intuición es también una forma de conocimiento) que, al lado de los catalanes que quieren separarse de España, hay muchos más (¡muchos más, oiga!…) que de lo que querrían separarse es de la nefasta idea que se les ha vendido de España insistentemente. Si, con la misma machaconería, se les bombardease a partir de ahora con una imagen de España más edulcorada o, simplemente, más real, ¿no cree usted que se sentirían liberados?.
Los habrá que se sientan más cómodos intelectual y moralmente si pueden aferrarse a cualquier idea que les mantenga en la equidistancia. Es una comodidad mental muy comprensible, pero no necesariamente prudente. Posiblemente, encuentran así cierta paz interior que justifique no tener que aceptar ninguna idea ni realizar ninguna acción; una paz presentable en sociedad como pacifismo, lo que está muy de moda. Pero el mismo pensamiento de Desmond Tutu que se utiliza alguna vez para soliviantar al personal contra la opresión del “inagotable y empedernido” Estado español, es utilizable para liberar al mismo personal del pensamiento único supremacista y secesionista. Desmond es arzobispo anglicano y Premio Nobel de la Paz (no se me emocione usted: hace un mes y pico hubo quien quiso que lo fuese Puigdemont), pero sabe poco de Cataluña y fuera de Sudáfrica ve apartheids en el sitio erróneo; debe ser alma fácil de engañar (una más).
Dijo, pues, Desmond: “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”; magnífico, enternecedor y fácil ¿verdad?, ahora sólo queda calificar de injusto lo que no guste y la frase podrá esgrimirse junto con el carisma de quien la puso en circulación. Sin embargo, la libertad relativa que protagoniza este artículo permite que eso mismo hagamos todos. Hasta ahora, Tutu es amigo del separatismo y, como Arnaldo Otegui (que ni siquiera es arzobispo), alguna vez ha sido su invitado de honor, a pesar de que también ha construido muchas frases sobre racismo, solidaridad, resentimiento y perdón, intolerancia, etc. Frases que nada ayudan a la causa secesionista, pero ellos escogen la que más conviene, luego le citan y quedan muy bien.
A propósito de tanto despropósito, cierre usted los ojos y piense por un momento cómo han de ser de retorcidas las mentes de los que incorporan a la defensa del separatismo, a la vez, a un arzobispo y a un terrorista. Cuesta entenderlo ¿verdad?; ayuda mucho considerar la distancia física hasta el cono sur del continente africano y la distancia intelectual y moral hasta las profundidades del infierno terrorista; pero una cosa es entenderlo y otra que parezca bien).
En 1789, el grito “Liberté, égalité, fraternité” cambió el mundo. El secesionismo catalán no cambiará ni su propio mundo, pues jamás ha gritado la palabra “fraternidad” (porque no puede); tampoco grita la palabra “igualdad” (requeriría demasiada explicación); y sí que grita la palabra “libertad” (ascua útil para arrimar a cualquier sardina).
Por Ángel Mazo
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