Nacido en Austria y en 1881, Stefan Zweig es uno de los escritores que mejor perdura de su época. Consideraba al Brasil uno de los países más ejemplares y, lejos de las estadísticas al uso, le interesaba el modo de pensar humano que mejor representa lo básico de la cultura y la civilización.
Señalaba que rara vez se encontraría en ningún lugar del mundo mujeres más bonitas y niños más hermosos que entre los mestizos brasileños: “la inteligencia hermanada con una serena modestia y cortesía”, “cierta dulzura, una moderada melancolía”.
En 1938, Zweig le dijo por carta a Freud que Salvador Dalí, “el gran pintor”, quería conocerlo y que era “un admirador fanático de su obra” y sostenía que Dalí era el único genio pictórico de aquella época y el único que la sobreviviría.
Sigmund Freud le agradeció a Zweig su intermediación, detectó en Dalí problemas psicológicos serios pero reconoció que “el joven español, con sus ojos ingenuos y fanáticos y su innegable maestría técnica” le mereció una valoración muy superior a la del resto de pintores surrealistas. En el boceto calavérico que Dalí hizo de Freud durante aquella visita, el ampurdanés intuyó próxima su muerte, un año después.

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