En cierta ocasión, oí decir que los independentistas catalanes se comportan como jóvenes enamorados porque son todo sentimiento (corazón) y poco o ningún razonamiento (cerebro); porque todo se lo perdonan a los líderes que aman y nada admiten de quienes “se oponen a su amor”; porque no les sirve ningún consejo y prefieren experimentar personalmente el error a aceptar que otro les advierta sobre él (su “derecho a equivocarse”, así podrían llamarlo, y reivindicarlo, unos y otros).
Al oír tan simple afirmación, reconocí que nunca lo había pensado en esos términos, a pesar de que la idea encaja bastante bien en esta amalgama de cavilaciones mías de las que vengo haciéndole a usted partícipe desde hace meses (cosas como que hay independentistas que poseen más debilidad mental que mala voluntad, o una dejadez que les impulsa a creerse todo y no pensar, a ignorar la realidad, etc.; otra cosa son los dirigentes y “abducidos no enamorados” -por cobardía o interés-, de los que no digo hoy nada porque ya sabe lo que opino).
Por una parte, en sus acepciones más conocidas y populares, enamoramiento y romanticismo son palabras que asociamos fuertemente. Por otra, más culta, sabemos que romanticismo y nacionalismo son movimientos que nacieron en la historia del pensamiento occidental casi a la vez y siguen sólidamente ligados en nuestras mentes, aunque a veces no sepamos bien por qué. Hace un par de semanas prometí abordar este tema de forma que resultase esclarecedora y voy a intentarlo hoy, usted me dirá si lo logro.
Muy a grandes rasgos, la Europa del s. XVIII parecía ideológicamente estable pero ya emergían poderosos pensamientos que la alterarían. Al fenómeno lo llamamos: “la Ilustración”, al siglo: “el de las luces”.
Las nuevas formas de pensar abarcarían todo. Triunfo de la razón sobre la fe, progreso sobre tradición, un hombre más capaz y menos criatura, inteligencia propia sobre precepto ajeno (librepensamiento), y huida del teocentrismo medieval (pese a que sin el trasfondo cristiano nada de esto habría ocurrido; de hecho, fuera de Europa, aún hay quienes no han pasado por “ilustración” alguna y manejan internet según ven -por la ventana- cómo pasa la policía religiosa). Tras la Revolución Francesa, apenas comenzado el s. XIX, se configura ya un romanticismo que es una antítesis de la Ilustración.
Los románticos se ganaron a pulso su fama de lánguidos y soñadores: lo normal se transformó en misterioso; se amó la libertad en todos los frentes; se exaltaron sentimientos y pasiones (y no la razón, como hacían los ilustrados); hubo rechazo de la autoridad, la ley, la opresión; ansia por lo inalcanzable (el espíritu fáustico que comenté hace poco). Vaya usted haciendo las comparaciones que crea pertinentes –con el procés- y sumando todas estas características, que sigo….
En Alemania, amenazaba con llegar a la anarquía por déficit de realismo y exceso de rebeldía. Si los ilustrados habían enfatizado la humanidad, los románticos señalaban diferencias culturales y lingüísticas, de religión y tradición.
Si aquéllos se quedaron entre los límites de la razón, éstos –como habiendo fumado algo malo- se abrían al vértigo del infinito. El hombre ideal no era ya el racional sino uno infeliz, que suspiraba sin fin, siempre al borde del suicidio. La savia ya no era el pensamiento sino el estado de ánimo.
Los ilustrados valoraban el progreso intelectual del hombre y los románticos se fijaban en las singularidades y tradiciones nacionales. Por rechazar la razón, se retrocedió al misterio y la leyenda, a la religión medieval, la mitología griega y la superstición.
Se empezó con espíritu liberal: hombre y nación habían de tener su identidad y su libertad… Pero la exageración posterior dio lugar a un nacionalismo desbordado que, por afirmar la suya, no dudaba en negar la libertad de las demás naciones (el patriotismo es el amor a lo propio, es inclusivo, mientras que el nacionalismo es desprecio por lo ajeno, exclusivo… dije ya en mi primer artículo).
Todo había de ser “nacional”: ejércitos nacionales, enseña nacional, himno nacional, fiesta nacional, Orquesta Nacional, Biblioteca Nacional, Museo Nacional de Arqueología Comparada, etc. etc., seguido de un “de… (la nación correspondiente)”. ¿Le suena a algo?, seguro que sí: le suena al lugar por el que pasaron muchos hace dos siglos, otros hace menos, y otros están queriendo pasar ahora, porque creen que les interesa y aunque formen parte de conjuntos nacionales más grandes que ya han pasado por ello.
Son, como señalo en el título de este artículo, unos “románticos todavía”, y no ven que sea una contradicción y un atraso caminar en esa dirección del tiempo, como lo es reclamar hoy en día soberanías absolutas, estando en la obligación de gestionar competencias ya transferidas desde el Estado y viviendo en el tiempo en que los Estados ceden cada vez más soberanía sobre determinados aspectos a organizaciones supraestatales; la pasión por fraccionar en tiempos en que todo el mundo desea integrar.
Románticos-nacionalistas del XXI, pero actuando como en el XIX. Todo ha de ser nacional, la nación es lo absoluto, el nuevo dios y la nueva religión (cívica) a un tiempo. Exige sacrificios, altares de la patria, una educación específicamente dirigida a ganar el plebiscito diario de Renan, una homogeneización lingüística que prepare y asegure la homogeneización mental. Hobsbawm hablará de “invención de la tradición”…
Pero mientras Alemania e Italia se unifican, o mientras Grecia se rehace, en España al nacionalismo español le siguen inmediatos nacionalismos periféricos y disgregadores. Nuestros Gobineau y Chamberlain se llaman Arana, Almirall, Torras i Bages, Prat de la Riba (y Bartolomé Robert)… supremacismos con adjetivos como racista o cultural, hasta acabar en el de Torra, que vaya usted a saber qué (m… mezcla) es…
Los ilustrados y los románticos-nacionalistas pensaban de modo distinto, aunque coincidieran en algunas cosas. La exacerbación de la pasión identitaria hizo olvidar el humanismo liberal y produjo xenofobia, lo extranjero era sospechoso y hasta enemigo. Tal actitud cerrada y excluyente, acabó produciendo también antisemitismo (germen del ejercido luego por el nacionalsocialismo alemán).
Europa se lanzó al imperialismo en África y Oriente Medio, en las formas y con los resultados que usted bien conoce y que no han hecho sino producir más nacionalismos: los de los procesos de descolonización (tengo algún paisano que, alucinado, cree estar viviendo ahora el suyo particular).
Los nacionalismos desbocados causaron la Primera Guerra Mundial porfiando por la hegemonía, condujo a genocidios como el armenio, desaparecieron los imperio austríaco y otomano, etc. A la Segunda llevaron ideologías totalitarias (de inspiración nacionalista) como el fascismo y el nazismo (imperialistas también).
Un Estado (nazi) propio era la obsesión de la Alemania del tiempo, pureza de sangre aria llamaban allí a “su hecho diferencial”. Al final del tobogán había un holocausto; muy diferencial también… El fascismo no era racista, pero sí igual de totalitario; y también obsesionado con dominar el Estado, su aspiración máxima. Mucha sangre y mucho muerto, mucha desesperación y llanto; como para empezar otra vez…
Nacionalista significa irracional. Mezclar nacionalismo y religión es una tendencia “de vértigo” en la que no han caído solamente Israel (observe los detalles de la nueva ley en que el sionismo se ha autodefinido la semana pasada como “Estado nación del pueblo judío”) y el Estado Islámico (un centenar y medio más de ¡personas musulmanas! acaban de matar esos locos según escribo esto). Mezclar nacionalismo y religión produce fundamentalismos de trágicas consecuencias en las que no es oportuno que entre más hoy. Una mezcla históricamente siniestra; como para empezar otra vez…
El nacionalista vive en un mundo tan cerrado que resulta asfixiante, claustrofóbico, triste, oscuro y pobre; su patria ya no es (como se decía antes) “lo que abarca la vista desde el campanario del pueblo”, su patria es ahora como una cueva tailandesa inundada, de la que hay que sacarle con determinación y mucho oxígeno…; y tenerle después dos meses con gafas (de sol y de las otras).

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