En 1981, el ya expresident Josep Tarradellas denunció la megalomanía y la ambición personal del entorno pujolista que desplegaba un doble juego muy gastado, “el de convertirse en el perseguido, en la víctima”.
En una larga carta dirigida a Horacio Sáenz Guerrero, director de La Vanguardia, señalaba que la etapa comenzada el 24 de octubre de 1977 (la noche del Ja sóc aquí), “con esplendor, confianza e ilusión”, se había roto y que íbamos directos a “la ruptura de los vínculos de comprensión, buen entendimiento y acuerdos constantes”. Tremenda observación de hace 37 años que ‘nadie’ quiso atender.
Se refería a la política de intimidación engañosa que se hacía desde la Generalitat y al abuso de “la buena fe de los que hay que reconocer que están tendenciosamente engañados”. Acusaba a la Generalitat presidida por Pujol de falta de sentido de responsabilidad al provocar en gran parte “los problemas de la lengua y de la escuela”. Tarradellas sostenía que: “nuestro país es demasiado pequeño para que desprecie a ninguno de sus hijos y lo bastante grande para que quepamos todos”.
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