Fundó con Max Weber la Asociación Alemana de Sociología y murió hace ahora un siglo, con 60 años. Ortega fue a clase del berlinés George Simmel, y se refirió a él como ‘celebérrimo profesor’, una “especie de ardilla filosófica” cuya agudeza era más sutil que profunda.
En Pedagogía escolar, Simmel aplaudía al profesor que le importaba que sus estudiantes madurasen como seres humanos, una labor incierta. Más que las notas, decía, importa que “los niños aprendan a mostrarse, unos frente a otros, como buenos y a prestarse ayuda”.
En La cantidad estética (Gedisa), ensayos suyos de filosofía del arte -inéditos en español-, postulaba respirar el aire de la realidad. En busca de las leyes internas del arte por sí mismo, observaba que la energía vital de los grandes artistas está absolutamente concentrada en el ejercicio artístico, y que el hombre (o mujer, claro está; así se entiende el género humano) que hay detrás deviene invisible.
Simmel sostiene que “la verdad de la obra de arte no es sino la veracidad del artista”, quien configura hacia fuera su visión interna de la verdad.
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