Entrevista a David Mejía: “El castellano debería tener el mismo prestigio en Cataluña que el catalán”

Investigador y Teaching Fellow en la Universidad de Columbia, David Mejía (Lima, 1983) es columnista de The Objective y ha colaborado en medios como El País y Nueva Revista. Además, produce y presenta el programa de radio Late City Edition en WKCR FM, y dice escribir sobre el conflicto catalán porque no le queda más remedio.

Actualmente, vive en Nueva York. ¿Qué visión se tiene allí del conflicto catalán?

Por lo general, los estadounidenses prestan poca atención a lo que sucede fuera de sus fronteras, pero la minoría que sí lee la sección Internacional de los diarios ha recibido una versión más que dudosa de los hechos. Yo entrevisté a Jon Lee Anderson, tras un artículo suyo muy cuestionable en The New Yorker, y pude confirmar lo evidente: quienes escriben sobre España conocen poco y mal sus asuntos.

Se dice que el Estado se ha desentendido de desactivar el relato nacionalista, y puede ser cierto, pero el responsable último de recabar y contrastar la información es el periodista. Es evidente que en la mayor parte de los casos no se hizo el esfuerzo y las crónicas se escribieron con las coordenadas conocidas: Franco, la Guerra Civil, lo de siempre. En todo caso, se sobredimensiona la capacidad de la prensa extranjera para crear opinión en sus países. La mayoría de sus lectores son españoles en busca de respaldo internacional.

Sostiene que atribuir a la sentencia del Estatut el origen del procés es un ejemplo perfecto de posverdad.

Es un ejemplo de cómo se construye un relato político desdeñando los datos disponibles y, en consecuencia, alumbrando una verdad alternativa. Estos bulos cumplen una función. En este caso, permite culpar al Estado y al PP del origen del procés, que pasaría a ser una reacción en respuesta a un agravio previo. Es un relato que conviene mucho a los nacionalistas pero, sobre todo, a quienes siendo contrarios al procés no se atreven a criticar a los nacionalistas sin hacer al Estado corresponsable de sus excesos.

También ha criticado que se defienda la inmersión lingüística en catalán apelando al “prestigio social” de esta lengua.

Es un argumento que, a grandes rasgos, dice que la inmersión es necesaria porque, dado que el catalán es la lengua de autoridad y de la burguesía, los castellanoparlantes deben aprenderla para poder acceder a los círculos de influencia y prestigio profesional. Este argumento, aunque bienintencionado, obvia que si aceptamos que el dominio del catalán es necesario para superar una barrera social, estamos naturalizando esa barrera. Esto es inaceptable, sobre todo desde una perspectiva de izquierdas. La inmersión naturaliza que haya dos castas de ciudadanos: los castellanoparlantes, a los que hay que “normalizar”, y otros que vienen normales de casa. La labor de la instituciones debe ser romper esos prejuicios. Si acaso, el proceso de “normalización” debe pasar por que el castellano adquiera el mismo prestigio social que el catalán.

Donald Trump se reivindicó recientemente como “un nacionalista” y animó a sus seguidores a usar más esta palabra. ¿Populismo y nacionalismo van unidos?

No sé si siempre van unidos. Diría que el nacionalismo es un sistema de creencias y el populismo una forma de hacer política. No creo que podamos decir que el PNV sea un partido populista, o que Podemos sea un partido nacionalista. Pero sí es cierto que ha habido un resurgimiento de movimientos donde populismo y nacionalismo van de la mano. No pueden entenderse la campaña del brexit, la elección de Donald Trump o el procés sin esas dos corrientes. Su concepción de la comunidad política es esencialista, y su manera de perseguir sus objetivos políticos consiste en unir a las bases contra un supuesto enemigo del pueblo —la Unión Europea, la inmigración, España— que se interpone entre ellos y la Arcadia.

Por su parte, el presidente francés, Emmanuel Macron, ha declarado que el “nacionalismo” es exactamente lo contrario que el “patriotismo”. ¿Lo suscribes?

Esta dicotomía la teorizó célebremente Viroli. Decía que los patriotas aman la república y los nacionalistas aman la nación —de nuevo, entendida como unidad espiritual y cultural—. La noción de patriotismo estaría ligada a los conceptos de libertad y bien común, y alejada de la homogeneización cultural propia del nacionalismo. En este sentido, sí estaría de acuerdo con Macron.

De todos modos, creo que hay que tratar de evitar convertir un debate político en un debate semántico. Las palabras no pueden servir para ahorrarse una argumentación. Soy partidario de definir los términos ambiguos antes de emplearlos.

Mientras que para los secesionistas el derecho a decidir es irrenunciable, para muchos constitucionalistas este derecho ni tan siquiera existe. ¿Quién tiene razón?

El “derecho a decidir” es un eufemismo para decir “derecho de autodeterminación”. Y es evidente que en la Constitución española no está, lo cual no es una anomalía. Si no me equivoco, el derecho de autodeterminación solo está reconocido en dos constituciones del mundo: la de Etiopía y la del país caribeño San Cristóbal y Nieves.

Aun así, los nacionalistas más optimistas consideran que la legalidad internacional les reconoce la posibilidad de acogerse a él, lo cual tampoco es cierto. Como han explicado juristas muy acreditados, la legalidad internacional contempla el derecho de autodeterminación sólo para pueblos coloniales, casos de violación sistemática de derechos humanos, ocupación militar, etcétera. En los demás casos, prima el derecho a la integridad territorial. Entendido éste no como concepto místico, sino como perímetro de decisión política, justicia y solidaridad entre ciudadanos.

Cataluña acogió en 2017 la manifestación más grande del mundo a favor de los refugiados e inmigrantes. ¿Cómo se entiende que ahora la gobierne un presidente, Quim Torra, que considera “bestias taradas” a la mitad de los catalanes?

Bueno, no es incompatible. El nacionalismo suscribiría el eslogan “Refugees welcome, jerezanos go home”. La realidad es que la Generalitat no tiene competencia para conceder a nadie el estatuto de refugiado. Sus palabras sólo sirven para darse un aire de superioridad moral frente al gobierno central: “Si fuéramos independientes acogeríamos a miles de refugiados”.

En fin, es irónico, por no decir insultante, que presuman de abiertos y hospitalarios aquellos cuyo proyecto político consiste en colocar una frontera donde ahora no existe y que llaman “colonos” a los descendientes de aquellos que cambiaron de provincia en busca de un futuro mejor. Si el nacionalismo muestra mayor receptividad hacia lo sirios que hacia los andaluces es porque los sirios no supondrían una amenaza para su hegemonía.

Un sector crítico de los socialistas catalanes ha advertido de la fuga de votos a Ciudadanos. ¿Qué debería hacer el PSC para evitarlo?

Es evidente que ese trasvase de votos se ha producido. Ciudadanos nació precisamente como alternativa de izquierda no nacionalista cuando el PSC asumió el marco mental del nacionalismo. Es un ejemplo de cómo una parte de la izquierda ha traicionado sus principios reemplazando a Marx por Herder, es decir, sustituyendo el discurso de la igualdad por el de la diferencia. Y aunque Ciudadanos haya virado hacia el liberalismo, ese colectivo sigue sintiéndose mejor representado por ellos que por el PSC, porque los derechos civiles priman sobre el interés económico. Es muy sencillo, si el PSC quiere recuperar esos votos, debe volver a defender públicamente los derechos de sus votantes naturales.

Pedro Sánchez ha pasado de defender que hubo un delito de rebelión en Cataluña a sostener que éste no es tal sin la intervención de militares. ¿Cómo llamar a lo ocurrido en octubre de 2017?

Corresponde a los jueces determinar en qué tipo penal encajan los hechos probados. Son ellos, y solo ellos, quienes han de dictaminar si los actos son constitutivos de delito de sedición, rebelión, conspiración para la rebelión o lo que corresponda. Lo que queda claro al leer la instrucción es que estamos hablando de hechos muy graves. No fue una fiesta de la democracia que se fue de las manos, ni un calentón retórico sin importancia. Había una hoja de ruta clara y los encausados, no sé si confiando en su éxito o en su impunidad, desoyeron todas las advertencias. Más allá de lo que finalmente decidan los jueces, no debemos olvidar lo que aquellos días de octubre supusieron para todos los españoles. No hubo desgracias, pero pudo haberlas. Fueron días de gran tensión e incertidumbre con unos responsables claros.

Lluís Bassets defendía esta semana en las páginas de El País indultar a los presos por el procés en aras de normalizar Cataluña. ¿Le parece una medida deseable?

Respeto mucho a Lluís Bassets, pero en este punto opino justo lo contrario: yo sería favorable al indulto una vez exista la normalidad en Cataluña. Una democracia puede asumir el indulto, pero no el blanqueo o, lo que es lo mismo, el indulto moral. Los implicados pueden estar en libertad, pero es necesario que las ideas que forzaron sus delitos estén socialmente deslegitimadas. Por lo tanto, soy favorable a un indulto que selle el fin de la hegemonía nacionalista en Cataluña y sirva como apertura a una nueva realidad posnacionalista.

Por Óscar Benítez


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