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Entrevista a Fran Jurado: “Nunca ha habido tanta necesidad de un centro izquierda no nacionalista como ahora”

Por Óscar Benítez
lunes, 30 de diciembre de 2019
en El Catalán, Política
7 mins read
 

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El periodista y politólogo Fran Jurado.

Periodista y politólogo, Fran Jurado es miembro de la Junta Directiva de Sociedad Civil Catalana y autor del documental Dissidents. El preu de la discrepància a la Catalunya nacionalista (2016). Para Jurado, solo saldremos del atolladero catalán fortaleciendo la cultura de la democracia, el pluralismo y el Estado de derecho, “exactamente lo contrario de lo que hace el independentismo”.

Uno de sus últimos artículos llevaba por título “La democracia de hoy puede no ser la de mañana”. ¿Cuál es el riesgo que corre?

Fundamentalmente, el riesgo es convertir la democracia en un sistema antiliberal o plebiscitario. La paradoja es que si una mayoría alberga esta concepción de la democracia, ésta puede convertirse exactamente en eso. Por fortuna, tras un momento de desconcierto ante la eclosión de los populismos, las democracias liberales al fin han reaccionado y ya están haciendo pedagogía.

Sin embargo, existen motivos para la inquietud. Y es que muchos ciudadanos están olvidando la esencia de la democracia liberal y pluralista. Así, cualquier referencia a la idea de ley o Estado de derecho, se vincula inmediatamente con la derecha. Todo lo que apela a lo que no es compulsivo, se considera conservador. ¿Cómo se decantará el asunto? Nada está escrito. La partida se está jugando ahora mismo.

Como documentalista, ¿qué opina de que TV3 afirme que no emite documentales críticos con el separatismo porque estos carecen de calidad?

Cuando hice Disidentes en 2016, la excusa que dio TV3 para no emitirlo fue que se trataba de un documental “de parte”. En ningún momento se refirieron a su calidad. Lo que demuestra que improvisan los pretextos según la ocasión. Ahora, han codificado la excusa de la calidad para simular un argumento razonable, pero la verdad es que rechazan todo lo que no se ajusta a sus criterios ideológicos.

En mi caso, considerar que mi documental era de parte se me antoja de una pobreza conceptual enorme. No era un documental de parte sino de tesis; en concreto, de una tesis contrapuesta a la suya.

El expresident Jordi Pujol ha advertido de los riesgos de modificar la inmersión lingüística ya que, en su opinión, hacerlo es peligroso para la convivencia. ¿Le parece cierto?

El nacionalismo siempre reacciona cuando se cuestionan los asuntos que considera sagrados. Es como tocar un núcleo duro. Y, sin duda, una de sus arquitecturas fundamentales es la inmersión lingüística, cuyo objetivo no es crear una sociedad integrada sino transmitir el ideario nacionalista. Por otro lado, dado que el nacionalismo catalán asocia la lengua con la nación, cuestionar la inmersión es tanto como cuestionar la nación. No es extraño, pues, que un pope como Pujol, que solo se manifiesta en las grandes ocasiones, lo haya hecho ahora para defender este sistema.

El líder del PSC, Miquel Iceta, ha afirmado recientemente que en España hay un total de ocho naciones. ¿Es usted partidario de que España se defina como un Estado “plurinacional”?

No. Soy más partidario de definirlo como plurilingüístico, que es lo que defienden en su Ley de Lenguas Mercè Vilarrubias o Juan Claudio de Ramón. Por el contrario, el concepto de plurinacionalidad solo conduce al caos interpretativo y a la falta de entendimiento. Es un planteamiento que no solo refuerza la hegemonía de los nacionalismos existentes, sino que da alas a los embrionarios. Por mi parte, prefiero una nación de ciudadanos —que equivaldría al concepto de Estado— en la que lo importante sea su carácter democrático.

Por lo demás, creo que España ha reconocido de manera muy razonable las singularidades de las distintas autonomías. En la actualidad, está más cerca de un Estado federal que de uno unitario. Siendo así, encaminarse hacia la plurinacionalidad puede convertir al sistema en muy poco operativo. Es el momento, al contrario, de evaluar en serio la evolución del Estado de las autonomías. No de abolirlo, pero sí de plantearse revertir alguno de sus aspectos. Esto sería un problema para los nacionalistas, que piensan que cualquier dinámica va a redundar en su beneficio.

¿Y el federalismo? ¿Es una buena idea?

Depende de lo que se entienda por federalismo. Es una buena idea si nos planteamos por fin establecer los niveles de competencia de los distintos estratos, el central y el federal. Pero llegar a acuerdos tan trascendentes en un momento de tanta polarización como el actual resulta muy complicado. Dicho de otra manera: ponemos sobre la mesa debates muy ambiciosos y, al mismo tiempo, los hacemos imposibles abonando desde la política un escenario polarizado. Así, mientras unos querrán un Estado federal, otros querrán recentralizar. La polarización, que sitúa a la gente en los extremos, impide los consensos. Eso no quiere decir que no podamos avanzar, pero conviene hacerlo en asuntos de menor calado.

Rafael Ribó, Defensor del Pueblo Catalán y alineado con las tesis secesionistas, ha atribuido el colapso de la sanidad catalana a los “pacientes de otras comunidades que vienen a operarse a Cataluña”. ¿No es argumento parecido al que utiliza Vox cuando culpa a los inmigrantes del mal funcionamiento de la Sanidad?

Esto prueba que el nacionalismo catalán y Vox se parecen mucho. El “extranjero” representa para Vox lo mismo que el “español” para los separatistas. En el caso del nacionalismo catalán, la paradoja es que se manifiesta a favor de la inmigración —en clara sintonía con la izquierda— pero rechaza todo lo que huela a español. Esto delata que existe una estructura de oposición profunda a lo español dentro del nacionalismo catalán. Lo sorprendente es que los nacionalistas no son conscientes de su supremacismo. Lo tienen tan interiorizado que ni siquiera lo perciben.

Por lo demás, es curioso que el nacionalismo catalán no acepte que su apuesta por la secesión haya sido decisiva en el auge de Vox —ese rebrote identitario de nacionalismo español tan parecido a él—. Niega cualquier responsabilidad en su surgimiento. La ironía es que ahora se nos dice que un Gobierno apoyado en ERC es necesario porque frenará el paso a la ultraderecha. Es decir, un fenómeno provocado por el nacionalismo —Vox— sirve, al mismo tiempo, para justificar el nacionalismo. Una vez más, el nacionalismo catalán lo interpreta todo a favor de sí mismo.

Según el analista Luca Costantini, “cada vez que la izquierda moderada pacta con la radical, es la segunda la que gana espacio”. ¿Corre ese riesgo el PSOE tras aliarse con Podemos?

En mi opinión, si se produce una alianza con Podemos y a la vez un acuerdo con Esquerra Republicana —un partido que ha protagonizado hace muy poco un asalto a la democracia—, la imagen del partido socialista va a quedar muy marcada. De hecho, mi tesis es que esto ya ha ocurrido con la mera difusión de las fotografías de Sánchez e Iglesias abrazándose o de las reuniones con Esquerra. Solo el hecho de estar sentados a la misma mesa que los republicanos ya supone un sometimiento.

Asimismo, los socialistas corren el riesgo de fundirse en un magma con Podemos y los independentistas. Recordemos que, en un Gobierno de coalición, a veces no se distingue con nitidez quien toma las decisiones. Siendo así, este bandazo hacia los extremos, tanto en el eje de la izquierda como en el nacional, podría alejar al PSOE sin remedio de la deseada centralidad.

Según la formación de Manuel Valls, el acercamiento de PSOE a ERC y la debacle de Cs deja huérfanos a muchos ciudadanos, conque no descartan presentarse a las próximas elecciones autonómicas y generales. ¿Es una decisión acertada?

La aparición de un partido de centro izquierda que se muestre contundente con los nacionalismos periféricos se percibe como un mirlo blanco, algo que nunca ocurrirá. Pero aunque el PSOE sea aún muy poderoso, nada es eterno. Sobre todo, porque estamos en un momento en el que se producen comportamientos muy extremos por parte del electorado. Por un lado, una parte de los votantes tiende a encapsularse en su opción de siempre. Pero por otro, la volatilidad se extiende y cada vez somos más impresionables —fenómeno que agudizan las redes sociales—. Nos hemos vuelto maniaco-depresivos.

Teniendo esto en cuenta, puede que en cuarenta años de democracia no haya habido nunca un sustrato más fértil para la irrupción de un partido de centro izquierda crítico con el nacionalismo que ahora. Y dado que Cs ya no está en disposición de asumir ese reto —las dinámicas internas del partido lo pueden conducir como máximo a regresar al centro liberal—, quizá una opción política liderada por Manuel Valls podría cubrir esa orfandad. Es un político muy capaz que responde bien a la sensibilidad mencionada. Sin embargo, también es posible que su condición de francés produzca extrañamiento en parte del electorado. ¿Será exitosa su operación? Veremos.

Pese a que los partidos separatistas han negado siempre la fractura social en Cataluña, el mismo Puigdemont reconocía en privado en 2017 que ésta estaba creciendo. ¿Es ésta situación irreparable, como aseguran los más pesimistas?

Hay motivos para el pesimismo, pero también para el optimismo. Es positivo, por ejemplo, que los excesos del separatismo hayan provocado una reacción interna en Cataluña. Pese a que el secesionismo lo ignore en su discurso, los no nacionalistas han puesto pie en pared —una mala noticia para los nacionalistas, que hallan así más resistencia—. Seguramente, inmersos en su deriva, ni siquiera se habían planteado que esto podía ocurrir. Es un indicio más de su mentalidad supremacista: pensar que el subalterno aceptará su condición indefinidamente.

Por otra parte, lo que está en juego ahora mismo es una lucha por la hegemonía. Para el independentismo, es crucial mantener el control de la Generalitat, ya que gracias a sus recursos siguen afianzando su relato de dominio. ¿Qué podemos hacer los constitucionalistas? No renunciar a alcanzar algún día el Gobierno de la Generalitat. Por complicado que sea, no podemos ceder. Tenemos que estar preparados para librar una larga batalla resistencialista.

Asimismo, es imprescindible construir cultura política en Cataluña y en el resto de España. Debemos fortalecer la cultura de la democracia, el pluralismo y el Estado de derecho. Exactamente, lo contrario de lo que hace el independentismo. Y es que el constitucionalismo ha de estar bien armado ante posibles abusos. No podemos descartar que ciertos pactos vuelvan a convertir a los catalanes constitucionalistas en moneda de cambio. Lo cual, obviamente, sería muy grave: no se puede premiar la deslealtad.

Por Óscar Benítez

Twitter:@Oscar_Benitez_

 

TV3, el tamborilero del Bruc del procés

Sergio Fidalgo relata en el libro 'TV3, el tamborilero del Bruc del procés' como a los sones del 'tambor' de la tele de la Generalitat muchos catalanes hacen piña alrededor de los líderes separatistas y compran todo su argumentario. Jordi Cañas, Regina Farré, Joan Ferran, Teresa Freixes, Joan López Alegre, Ferran Monegal, Julia Moreno, David Pérez, Xavier Rius y Daniel Sirera dan su visión sobre un medio que debería ser un servicio público, pero que se ha convertido en una herramienta de propaganda que ignora a más de la mitad de Cataluña. En este enlace de Amazon pueden comprar el libro.

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Etiquetas: izquierda no nacionalistaÓscar BenítezPodemosTV3
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