Entrevista a David Gistau: “El nacionalismo dispensa un delicioso complejo de superioridad”

David Gistau (Fundación Cajasol / Flickr)

Autor de novelas como Ruido de fondo o Golpes bajos, David Gistau (Madrid, 1970) es sobre todo conocido por su labor como articulista, que ha cultivado en importantes cabeceras como La Razón, ABC o, en la actualidad, El Mundo. Ácido y provocador, Gistau no esconde en esta entrevista su aversión por el nacionalismo, una ideología que considera “xenófoba” y de condición “uniceja”.

En una ocasión, se mostró partidario de un “perezoso cosmopolitismo transfronterizo”. ¿En qué consiste dicha filosofía?

Pues no me acuerdo. Lo de “perezoso” supongo que sería para confrontarlo con las fiebres militantes y las tentaciones d’annunzianas de acción y marchas sobre Roma. Una cosa como de flâneur apacible que no quiere purgar ni redimir a nadie. Me parece muy revelador que, para ciertas ideologías soberanistas, el término cosmopolita tenga connotaciones peyorativas, como si trajera mezclas contaminantes, agresiones a la esencia sagrada. A mí me gustan las ciudades, los viajes, el esnobismo, las aceras en las que existen muchos prototipos de cara, no sólo las de dos o tres garrulos que se toman demasiado en serio a sí mismos.

Si para Pujol el andaluz era un “hombre destruido”, para Torra los catalanes castellanohablantes son “bestias”, “hienas” y “víboras”. ¿Se puede concebir un nacionalismo sin xenofobia?

No, ni tampoco sin una complexión uniceja. Esa obsesión cohesionadora del enemigo a las puertas, del forastero que por serlo es un peligro potencial, mantiene, al modo nacionalista, a los garrulos arracimados alrededor de la hoguera protectora.

Luego, además —como en las sectas que tienen un platillo volante en el granero para que se salven los elegidos— el nacionalismo también dispensa un delicioso complejo de superioridad, una certeza de ser mejores y de atribuir por tanto a la presencia del extranjero todo cuanto está mal.

Según el filósofo Aurelio Arteta, la inmersión lingüística obligatoria es la palanca básica de la construcción nacional. ¿Comparte su opinión?

Más bien la inmersión doctrinal, ¿no? La educación artera. La lengua es un elemento de distinción, no tan poderoso como el de la religión diferente —véase el Ulster—, que, bien usada, debería servir sólo de enriquecimiento cultural. Otra cosa es que el nacionalismo la use, como usa la historia inventada, para acreditar naturalezas históricas distintas.

Es habitual escuchar a los nacionalistas decir que “España no quiere a Cataluña”. ¿Qué les respondería?

Que estamos mayores para lloriquear como adolescentes con crisis emocional. Creo que hablo en nombre de todos si digo que lo que no queremos es a los distópicos nacionalistas. Pero eso no es un sentimiento exógeno. No es una incomprensión mesetaria. Tampoco los quieren todos esos catalanes que hicieron que Ciudadanos ganara las elecciones y que quiebran el retrato-robot unívoco creado por el nacionalismo en su apropiación de Cataluña.

¿Y a los que sostienen que el llamado “derecho a decidir” es incuestionable?

Dónde lo pone.

En un artículo, se preguntaba cómo era posible que el presidente de una de las regiones más prosperas de Europa hubiera sido capaz de invocar una vía tan dramática como la eslovena.

Sí, y sólo hallé como respuesta que, en vez de jugar a las revoluciones de PlayStation, Torra necesita que lo lleven a ver un cadáver de verdad, un tío con la cabeza volada de verdad. Hay un veneno moral ahí, inoculado por la picadura del bicho nacionalista. También vivían en una región próspera y libre los vascos que decidieron que había que ponerse a disparar en la cabeza al prójimo.

Sánchez ha pedido a Torra “diálogo real” para resolver el problema catalán. ¿Cree útil la estrategia de “distensión” adoptada por el Gobierno?

No, porque no es de distensión: es una estrategia fáustica de venta del alma, de mendicidad, de compra de poder, de erección de un bloque político capaz de encarar nada menos que una nueva Transición sin otros personajes apestados que los identificados con “la derecha”. A veces, la distensión es debilidad; hay valores por cuya defensa vale la pena complicarse la vida.

Por su parte, Ciudadanos apuesta por aplicar el artículo 155 hasta que la situación se normalice. ¿Sería una medida oportuna?

En algún momento habrá que aplicarlo, no me cabe duda. Pero de verdad y sin miedos ni supersticiones acerca de esa supuesta hipersensibilidad del nacionalismo que lo hace impune e intocable. Los independentistas ya están todos fabricados.

Por Óscar Benítez


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