El prófugo de Waterloo, también conocido como Carles Puigdemont, tiene un objetivo si quiere hacer el bien en este año que acaba de comenzar: entregarse y acabar en prisión para que el gran héroe separatista Joan BonaNit pueda volver a las andadas e irse cada noche a la puerta de la prisión a gritarle «Carles, bonaaaaaaaaaa nitttttttttt».
Mientras, Puigdemont puede sonreír sintiendo la calidez del apoyo de los frikiseparatistas que hayan acampado esa noche ante la puerta de la prisión o, aprovechando el griterío, seguir excavando su túnel de huida. Que acabaría, como todo lo que tocan los separatistas, hundido antes de que fuera usado para una fuga, siguiendo la tradicional eficacia del secesionismo a hora de preparar planes.
Pero como Puigdemont no se va a entregar hemos de demostrar todo nuestro apoyo a los jueces para que puedan cumplir con su trabajo y puedan sentar en el banquillo al presidente de la República de los ocho segundos para ser juzgado por su intentona golpista.
Como Pedro Sánchez no va a cumplir con su obligación, tendremos que ser los ciudadanos los que presionemos a este Gobierno cobarde que prefiera pactar con lo peor de la política española antes que tender puentes con la más de media España que está harta de que lo separatistas catalanes les expolien.
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