El prófugo Puigdemont parece haber añadido a su complejo de estadista el de geopolítico pues me da que remedando a Lord Palmerston, quien dijo a mediados del s.XIX: «El imperio británico no tiene enemigos permanentes ni amigos permanentes. Sólo tiene intereses permanentes», afirmó hace unos días: “Cataluña no tiene amigos sino intereses”. No se pronunció sobre si tiene enemigos, tal vez por ser un terreno proceloso que no le conviene; ni sobre si los intereses son permanentes, que sí le habría convenido por casar bien con la nación milenaria de sus sueños.
En cualquier caso, pienso que inconscientemente remedaba también a Luis XIV (quien había dicho un siglo antes: “L’État c’est moi!”), y es que lo soltó cuando de lo que estaba hablando era de su coyuntural ruptura del pacto de investidura de Pedro Sánchez (“Podrá ocupar poltronas, pero no gobernar”, añadió). Uno concluye que debe creerse la encarnación de Cataluña (“un sol individu”) y que le debe costar mucho discernir entre lo que son sus intereses personales y los de la “milenaria nación” de que se apropió al acceder al cargo de presidente de la Generalidad de Cataluña, en enero de 2016.
Por cierto, no es lo mismo ser presidente de la Generalidad de Cataluña (cargo elegido de acuerdo con los arts. 152.1 de la Constitución Española y 67.2 del Estatuto de Autonomía) que ser presidente de Cataluña (cargo tan inexistente como la propia república catalana). Al separatismo le gusta hablar de ficciones como éstas; y más todavía incluir en la misma frase a ambos presidentes (de Catalunya i Espanya!) para enfatizar la relación bilateral entre un Estado supuesto y un Estado desfigurado, pues tampoco se trata del presidente de la república española sino del presidente del gobierno del Estado español, que tiene forma de Monarquía parlamentaria (art. 1.3 de la CE-78).
Son mundos paralelos al real; simulaciones que veríamos más propias de la cinematografía o la literatura que de la política virtuosa, el derecho ajustado o la historia objetiva. Es apasionante todo lo que se refiere a los marcos mentales, estructuras que adoptamos inconscientemente para conformar nuestro modo de ver la realidad; incluso si ha mediado especulación al construirlos, parecen legitimados por la mera existencia de una cierta lógica interna. Y comprendo que es difícil zafarse de un marco mental adquirido desde niño en un pueblo gerundense, más aún si acaba uno en un partido y el éxito electoral le acompaña, aunque sea como solución de compromiso (recuerde que la CUP decidió impedir una nueva investidura de Artur Mas).
Artur se autoconsideraba astuto (ya ve usted en qué ha quedado todo); Carles se verá a sí mismo como un alma cándida y pícara a la vez (pero poco está quedando). Mi paisana vigatana Silvia tiene también ambición (como ellos dos); y ombligo, claro está.
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