Leí hace pocos días en un diario digital separatista catalán una queja (sin quejas no hay victimismo, y sin victimismo no hay “procés”) porque, al parecer, alguien había vuelto a comparar el nacionalismo con una religión. Como hace tiempo lo hice yo en estas mismas páginas, me he sentido impelido a reexaminar mi opinión y cambiarla o explicarme.
Diré antes que no sé por qué ha de sentirse nadie mal por esto si no se trata de un insulto. Deduzco que puede ser reacción de la mala conciencia de saber que se está profesando una fe y, a la vez, intentando vestirla de argumentos muy racionales que, luego, en realidad no se sostienen. O que las comparaciones son odiosas cuando no resultan “calcados” los detalles de lo analizado, lo que nunca ocurre en esta vida; así pues, para que nadie se molestase, debiera haberse dicho que: “existen ciertos elementos comunes de cuya relevancia es difícil dudar”…
Empezaré diciendo que conceptualmente no se trata de una barbaridad. Veamos: durante siglos, hubo gran confusión entre los órdenes sobrenatural y natural (el poder espiritual/religioso y el temporal/político); a finales del s.XVIII se inicia un proceso de secularización y poco después se derrumba el Antiguo Régimen, tras lo que la nación toma el rol de una religión (secular). Los símbolos nacionales se sacralizan, los mártires son ahora los héroes que dan su vida por una patria que incluso va imitando la liturgia de la religión para crear su propio ceremonial nacional. Explosión de nacionalismos, pues, en el s.XIX, con estos aspectos afectando a todos ellos aunque hay grandes diferencias (de entrada: la muy esencial de que unos son integradores y otros desintegradores; ¡casi nada!, no se me venga nadie arriba con lo de que el español es nacionalismo también).
Pero vayamos al grano: ni los líderes políticos catalanes más entusiasmados con el objetivo de la independencia pueden negar la relación de este empeño con el sentimiento de identidad (pues usan y abusan de este término). La historia demuestra que es un sentimiento muy importante para el hombre, equiparable al religioso (tantas veces explotados ambos). Y dado que cualquier creencia (religiosa o no) puede depender más de lo que ansiamos o tememos que de lo que conocemos o dicta la lógica, resulta fácil la conducción de la grey o pastoreo.
La docilidad de la grey nacionalista requiere confianza en lo que dicen los líderes políticos cuando nos definen en qué consiste tal identidad, inventan y reiteran los relatos históricos que la apoyan negando los que la contradicen, confeccionan interminables listas de agravios pasados y presentes, hacen promesas ilusionantes, mitifican y veneran a ciertos personajes, señalan como santos ciertos textos y lugares, etc. Esa confianza se parece mucho a cualquier fe religiosa cuyos clérigos también predican, con rasgos identitarios específicos, sus narraciones sagradas, promesas, profetas y santos, etc. La diferencia podría estar en la moral (en el campo de la trascendencia), pero hasta eso cabe asimilar a la alabada “idiosincrasia propia” (en el otro campo, ciertamente inmanente), que viene a ser como una inevitable forma especial de ver la vida y actuar en ella, forzada por razón de nacimiento.
Históricamente se observa que, por regiones geográficas y períodos de tiempo, las religiones han sido utilizadas para procurar la cohesión interior de la sociedad que dominaban e inspirar antagonismo, cuando no lucha, contra la sociedad vecina. Para explicar el paralelismo de esto con la política reinante hoy en mi tierra no hace falta que me extienda mucho. Y a pocos pasos de esto están los fanatismos; a todos los cuales (religiosos o políticos) gustan las fronteras (mentales o geográficas).
No insistiré hoy otra vez en la verdad (axioma, más bien) de las identidades múltiples (Amartya Sen, Amin Maalouf, etc.), tan solo constataré que tendemos a reconocernos en la identidad propia que sentimos -o hacen que sintamos- más atacada (sexo, raza, profesión, clase social, religión, origen…); quien desee manipularnos hasta la excitación lo tiene bien fácil, basta con exagerar nuestra pertenencia a esa identidad y soslayar todas las demás (insistir en el “tú eres negro” para que acabemos predisponiéndonos contra el blanco, o “tú eres payo” contra el gitano, o “tú eres ario” contra el judío, o “tú eres catalán y no español”, etc.); soflamas de esta índole, bien poco disimuladas, llegan desde Waterloo como del mimbar de una lejana mezquita.
Más aún: precisamente porque la identidad no es una sino muchas, nacer en un lugar concreto o bajo el credo de unos padres determinados, no nos confiere una identidad única e inalterable de por vida; nuestras decisiones nos trasladan de un pueblo o continente a otro y hasta podemos apostatar del dios de nuestro bautizo. No podremos cambiar nuestro lugar de origen ni la raza, desde luego, pero sí todo lo demás.
Se me dirá enseguida, ya sé, que no es tanto cuestión de geografía como de cultura y, sobre todo, de lengua. Por supuesto que la lengua ocupa un lugar relevante en nuestra identidad, y que en la práctica resulta tan determinante como la religión o más…; de hecho, afirmo que se puede vivir sin religión, pero no sin lengua. Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre las dos: la religión tiene vocación de exclusividad (puede no tenerse ninguna, pero difícilmente más de una) y la lengua no la tiene (no puede no tenerse ninguna, pero pueden dominarse varias), así que la importancia de la lengua es, a la vez, grande… ¡y relativa!.
No se me va de la cabeza, según acabo estas líneas, la fatua independentista que se estuvo sembrando diariamente por megafonía desde el ayuntamiento de mi ciudad [Vic], su extraordinario parecido con la llamada a la oración del muecín desde el minarete de una mezquita no pasó desapercibido para nadie. Es anécdota, pero ésta y las demás, en su contexto político, acaban teniendo valor de categoría. Quien se ha quejado el otro día no verá en todo esto mucha religión, pero yo sí veo -al menos- mucho pecado.
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