El callejero de una ciudad es mucho más que un conjunto de coordenadas para el servicio de correos; es el relato compartido de su historia y su identidad. Sin embargo, en los últimos años, Barcelona ha experimentado una transformación de su nomenclatura que, bajo el mandato del PSC y con el impulso del alcalde Jaume Collboni, parece obedecer a una estrategia de «desconexión» simbólica con el pasado vinculado al resto de España.
La identidad como campo de batalla
La sustitución de nombres emblemáticos no es un fenómeno nuevo, pero la intensidad con la que se ejecuta actualmente sugiere una voluntad de reescribir el pasado. El último ejemplo de esta deriva es la propuesta del ejecutivo de Collboni para rebautizar la Plaza Virrei Amat, un catalán que llegó a ser virrey de Perú, como Plaza Joan Salvat-Papasseit.
Esta sustitución se suma a una lista cada vez más larga que incluye el cambio de la Plaza Juan Carlos I por Cinc d’Oros o de la Avenida Príncep d’Astúries por Riera de Cassoles. La elección de eliminar la referencia al Virrey Amat —figura de la administración histórica de la corona— confirma la tendencia de «limpiar» cualquier vestigio de institucionalidad española o monárquica del mapa barcelonés.
Los puntos clave de la polémica
Pérdida de pluralidad: Al eliminar referencias nacionales, el callejero pierde su capacidad de reflejar la complejidad de una Barcelona que siempre ha sido puente entre Cataluña y el resto del país.
Política de gestos: La alcaldía de Collboni parece buscar la reafirmación de su perfil excluyente a través del nomenclátor, utilizándolo a menudo como una moneda de cambio simbólica en sus pactos políticos.
Revisionismo selectivo: Se sustituyen figuras históricas bajo una lente actual que ignora el contexto original, aplicando una suerte de «justicia retrospectiva» que puede resultar arbitraria y divisiva.
¿Hacia una Barcelona más localista?
El PSC, que históricamente ha navegado entre el soberanismo y la defensa del marco constitucional, parece haber acelerado este proceso de sustitución toponímica. El caso de Virrei Amat es paradigmático de una política que prioriza referentes locales o literarios sobre aquellos que vinculan a la capital catalana con su herencia hispánica. Una ciudad que intenta eliminar su relación con el conjunto del España corre el riesgo de convertir su callejero en símbolo de la exclusión independentista.
La toponimia debería ser un espacio de consenso y no de confrontación. Cuando el Ayuntamiento decide priorizar la «limpieza» de nombres que incomodan a ciertos sectores políticos hispanófobos, no solo cambia una placa en una esquina; altera la percepción de la ciudad como un espacio acogedor y compartido. Barcelona no debería necesitar borrar su pasado vinculado a España para reafirmar su identidad; su grandeza siempre ha residido en ser, precisamente, la suma de todas sus capas históricas.
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