La violencia ha vuelto a sacudir las calles de Barcelona con una crudeza que ya no sorprende, pero que indigna profundamente. Anoche, el cruce de las calles Sugranyes y Sant Frederic se convirtió en el escenario de una ejecución frustrada que deja a los vecinos en estado de shock. Un hombre de nacionalidad dominicana fue acribillado a balazos a las puertas de un comercio, confirmando que la delincuencia organizada campa a sus anchas por la ciudad.
El autor de los disparos actuó con la sangre fría de quien no teme a las consecuencias ni a la presencia policial, cada vez más invisible. Entre cinco y siete impactos de bala recibió la víctima en zonas vitales como el abdomen y el pecho, quedando en un estado de salud crítico. Mientras el herido lucha por su vida en el hospital, el pistolero logró huir en patinete eléctrico, sorteando incluso a los ciudadanos que intentaron detenerlo.
Este nuevo episodio de sangre apunta presuntamente a una posible venganza entre bandas de origen latinoamericano vinculadas al tráfico de drogas. Es la firma habitual de un fenómeno que el PSC, tanto desde la Generalitat como desde el Ayuntamiento, parece incapaz de atajar con contundencia. Las políticas de seguridad de Salvador Illa y Jaume Collboni están demostrando ser un muro de papel frente a la expansión de estas mafias internacionales.
La División de Investigación Criminal de los Mossos ya trabaja en el caso, pero el daño a la sensación de seguridad ciudadana es irreparable. El agresor, vestido de negro y sin identificar, ejecutó su plan con una impunidad que resulta insultante para el contribuyente. No se trata de un hecho aislado, sino de un patrón de criminalidad que se ha instalado en barrios como Sants ante la pasividad institucional.
El uso de un patinete eléctrico para la huida pone de manifiesto cómo las nuevas bandas aprovechan cualquier resquicio para burlar la vigilancia pública. Mientras la administración se pierde en retórica sobre la convivencia, las armas de fuego hablan con una frecuencia alarmante en nuestras calles. La realidad es que Barcelona se está convirtiendo en un tablero donde las bandas ajustan sus cuentas sin apenas resistencia.
La investigación sigue abierta, pero la desconfianza vecinal no deja de crecer con cada nuevo casquillo de bala encontrado en el asfalto. La ciudadanía exige respuestas claras y acciones contundentes, no más promesas vacías de un ejecutivo que parece haber dimitido de sus funciones de protección. Sants no merece vivir con el miedo a que una bala perdida acabe con un inocente en cualquier esquina.
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