Si se descartan las acepciones referidas a cosas, moléculas o lenguas, el diccionario de la RAE define “coherencia” como “actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan”. Una persona es coherente, pues, cuando existe congruencia entre lo que piensa, dice y hace. Al analizar los comportamientos del prójimo, uno puede señalar la existencia de incoherencia de modo subjetivo (a mí me parece que fulano piensa una cosa y hace otra), incluso puede uno fabricar un bulo en base a tal subjetividad. Sin embargo, cuando alguien dice una cosa y hace otra, o dice una cosa y dice luego otra, y todo queda escrito o grabado… el asunto es ya indiscutible, no hay vuelta de hoja, ni subjetividad, ni bulo posible.
Y, miren, se trata de un asunto de naturaleza ética, sin lugar a dudas. Quien no es coherente, no se comporta éticamente. Y no hay más. Si se trata de un ciudadano de a pie, es problema suyo o, a lo sumo, de su entorno familiar, laboral o social inmediato. Si se trata de un político, y además gobierna (o ´´está en el Gobierno”, ¡vaya!) es ya otro cantar. Y otro aún distinto si preside un Gobierno compuesto por casi dos docenas de incansables aplaudidores y repetidores de diarias consignas (inasequibles al desaliento, podría decir y se me entendería perfectamente).
Se puede también ser incoherente por el sencillo método de aludir a la obligatoriedad (para el adversario político) de cumplir un artículo de la Constitución y, simultáneamente, y sin perder la cara, resistirse a cumplir otro artículo. Por ejemplo: desgañitarse esgrimiendo el artículo 47 (derecho a la vivienda) pero saltarse o retorcer nada menos que los artículos 1, 2, 3 o 4 (Estado, unidad, lengua, bandera…), como hacía el del abrazo de coalición progresista. Ocurre a veces incluso con artículos del mismo título de la Carta Magna, sin salirme de esta legislatura. Por no hablar del art. 134 sobre la obligación del Gobierno de presentar a las Cortes los presupuestos generales del Estado, de permanente actualidad desde hace tres años o más, que yo ya he perdido la cuenta… Como le he oído decir más de una vez a un buen jefe y mejor amigo mío: “¡La Constitución hay que leerla entera!”. Ojalá esta sencilla y contundente frase se convirtiera en hábito general de nuestros políticos, otra ética nos cantaría.
Idénticas sensaciones tengo, ¿qué quieren que les diga?, cuando al mismo personaje le oigo desdeñar ante las cámaras el uso de pulseras con la bandera de España por parte de personas a las que menosprecia diciendo que “se dicen patriotas”, y ahora, porque le conviene en su enfrentamiento con Trump, veo que se dirige a las mismas cámaras con una bandera nacional de grandes dimensiones detrás. ¿Pero está loco?. ¿No le da vergüenza?. ¿Con esta “ética” nos habló de un muro y viene ahora a hablarnos de amor y de odio?. Pues aquí espero yo a los funcionarios de la nueva herramienta HODIO (Huella del Odio y la Polarización), porque amo a España y odio la incoherencia, sin pulsera pero sin límite. La Constitución: “¡entera!”, y la bandera: “¡siempre!”.
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