El Partido Nacionalista Vasco (PNV), por mucho que ahora juegue a un presunto ‘distanciamiento’ exigiendo el fin de la legislatura, se ha consolidado como el socio imprescindible para que Pedro Sánchez mantenga el rumbo de su proyecto político. A lo largo de los dos mandatos del líder socialista, los nacionalistas vascos han actuado como un verdadero respirador artificial para un Ejecutivo cercado por los escándalos. No importa la gravedad del error o el alcance de la polémica; la formación vasca siempre ha estado dispuesta a sostener la mano de Moncloa. Esta alianza, lejos de ser puntual, se traduce en una gobernabilidad compartida en numerosas instituciones del País Vasco, sellando un pacto de intereses profundamente pragmático.
En los últimos años, la deriva del Gobierno central ha puesto en jaque la independencia de las principales instituciones del Estado. Frente a estos atropellos, el PNV ha optado por una postura de calculado cinismo y complicidad, compitiendo directamente con Bildu para ver quién resulta el apoyo más fiel del sanchismo. El ejemplo más flagrante de esta dinámica se vivió con la toma de control de RTVE, una operación consumada de forma inoportuna el día después de la tragedia de la DANA. Esta maniobra evidenció que el interés por colonizar los entes públicos prevalece sobre cualquier mínima sensibilidad institucional o respeto a la ciudadanía.
La entrega de la televisión pública no ha sido un acto de generosidad ideológica, sino un intercambio de favores muy lucrativo. El PNV ha permitido la transformación de RTVE en un órgano de propaganda al servicio del relato socialista a cambio de colocar a sus propios peones en el ente de radiotelevisión. Esta colocación de afines forma parte del peaje que el presidente del Gobierno paga gustosamente para asegurar su supervivencia en el poder. Para los de Sabin Etxea, la erosión de la neutralidad informativa del Estado es un daño colateral asumible si el beneficio propio está garantizado.
El verdadero maná para el nacionalismo vasco ha llegado en forma de competencias históricas arrancadas al Estado de manera progresiva. Cada votación crítica en el Congreso de los Diputados ha tenido un precio fijado en el mercado del autogobierno, debilitando la presencia de las instituciones comunes en el País Vasco. Sánchez ha encontrado en esta debilidad mutua la fórmula perfecta para prolongar su estancia en el Palacio de la Moncloa. Sin la ayuda sistemática de unos socios dispuestos a tasar su influencia al mejor postor, las intentonas del Ejecutivo de tensionar el marco constitucional habrían descarrilado hace tiempo.
La responsabilidad de la actual degradación de la vida pública española ya no puede achacarse en exclusiva al Partido Socialista. El PNV ha demostrado ser el cómplice necesario de un proceso que erosiona los contrapesos democráticos y el prestigio de la nación. Su estrategia de mirar hacia otro lado mientras se atacan los consensos básicos de la Transición invalida cualquier perfil moderado que pretendan proyectar.
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