
El pasado 9 de julio, Mons. Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española, durante el discurso de clausura de la Escuela de Verano organizada conjuntamente por la Universidad Pontificia de Salamanca, la Fundación Pablo VI y la Conferencia Episcopal Española, que este año llevaba por título «El colapso de la democracia. La oportunidad para una geopolítica al servicio del ser humano», pronunció las siguientes palabras: «Cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones, y a las pruebas me remito». La formulación la presentó como una referencia a san Agustín, dentro de una reflexión amplia sobre la regeneración democrática. Concretamente, san Agustín, en *La ciudad de Dios*, dirá: «Si se destierra la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?». Frase que el papa Benedicto XVI citó en reiteradas ocasiones —como el mismo Mons. Argüello recordó— y con la que alertaba sobre los peligros de una política y una economía desvinculadas de la moral, argumentando que una sociedad sin principios éticos firmes se vuelve frágil y conduce a la injusticia, donde la dignidad humana termina subordinada al mero pragmatismo y beneficio.
Pues bien, el Gobierno de Sánchez se dio inmediatamente por aludido y no tardó en responder de forma airada. El ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, envió una carta formal al presidente de los obispos calificando las palabras de injustas, ofensivas y profundamente contraproducentes, comparándolo hipotéticamente con etiquetar a toda la Iglesia como una «banda de agresores sexuales». Margarita Robles calificó las palabras de «totalmente inaceptables», pidió a Argüello que «se disculpe adecuadamente» y afirmó: «Ni Argüello ni nadie nos tiene que dar lecciones de ética». También dijo que sus palabras eran contrarias al mensaje de concordia del papa. Por su parte, la ministra Diana Morant afirmó: «No sé si es el presidente de la Conferencia Episcopal o un colaborador de Vox».
Ante el revuelo político suscitado, especialmente en la órbita socialista, Mons. Argüello matizó posteriormente sus palabras. Aclaró que no pretendía llamar «ladrones» directamente a los miembros del Ejecutivo, sino que se refería al Estado en su conjunto y al comportamiento ético general de la sociedad.
No sé si el arzobispo Argüello se refería exactamente al Gobierno y al PSOE de Sánchez. Pero, para mí y para buena parte de los ciudadanos, según muestran las encuestas y el resultado de las últimas elecciones autonómicas celebradas, parece que dichas palabras se quedan cortas. Es lo mínimo que se puede decir de un partido y de un Gobierno que se ha convertido en un auténtico albañal, en el que la corrupción y los escándalos se han extendido como una marea negra y en el que cada nuevo escándalo supera en gravedad al anterior, configurándose un insoportable escenario con tintes mafiosos en el que han pretendido tapar todo tipo de fechorías y en el que, con sus políticas, están intentando pulverizar el Estado de derecho y el actual modelo constitucional.
Por otro lado, el 10 de julio, en una crónica de La Vanguardia firmada por Iñaki Pardo, se decía: «La Iglesia catalana se desmarca de las palabras de Argüello». Y se hacía una mención concreta al arzobispo de Tarragona, Joan Planellas, presidente de la Conferencia Episcopal Tarraconense, quien se habría desmarcado de las palabras de Argüello diciendo que esas palabras «hablan por sí solas», evitando añadir más valoraciones sobre el asunto. La crónica añadía que «otras voces vinculadas a la Iglesia catalana» consideraban que Argüello había vuelto a tener una «salida de tono», pero no daba nombres. El pasado mes de diciembre, el arzobispo Joan Planellas, como había hecho en otras ocasiones, «reprendió» también públicamente a Luis Argüello por lo que dijo este último en una entrevista concedida a *La Vanguardia*, donde, ante el bloqueo político e institucional y un Gobierno sin presupuestos, dijo que veía tres alternativas: «Cuestión de confianza, moción de censura o dar la palabra a los ciudadanos. Es decir, lo que prevé la Constitución». Joan Planellas respondió que esas palabras «van más allá» de lo que puede decir un representante de la Iglesia y reclamó a Luis Argüello prudencia y no meterse en política.
El arzobispo Planellas y buena parte de los obispos catalanes próximos al nacionalismo, como Daniel Palau, de Lérida, u Octavi Vilà, de Gerona, llegan a extremos muy chistosos: predican, ante algunas declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal Española, prudencia, neutralidad y no meterse en política, cuando en las últimas décadas, con su indisimulada complicidad y supeditación al independentismo, no han hecho otra cosa que llevar precisamente eso al extremo. Exigen una neutralidad que nunca han practicado. Recuerdo las pancartas y las esteladas que ondeaban en cientos de campanarios de iglesias catalanas, entre ellos el de la iglesia de Jafre, de la que era párroco el propio Joan Planellas, y los manifiestos independentistas en favor del «Dret a decidir», firmados por cerca de 400 sacerdotes. Reclaman contención y prudencia con la nula autoridad moral que les da su propio comportamiento. Es decir, tienen una incoherente e hipócrita doble vara de medir: critican en otros lo que ellos mismos hacen elevado a la enésima potencia.
Recuerdo cómo, en el año 2014, diversos medios de comunicación de Tarragona publicaban en portada: «El Arzobispado de Tarragona pide perdón a las víctimas del franquismo». Así lo expresó públicamente el vicario general Joan Àguila, en nombre del arzobispo, en un acto celebrado el 14 de abril, aniversario de la proclamación de la II República, en el que participó, rodeado de banderas republicanas y junto a diversos concejales y líderes locales del PSC, ERC, Podemos y Junts, en el homenaje anual a las víctimas de la represión franquista. Eso sí, al señor vicario se le olvidó recordar, aunque fuera mínimamente, a los 2.437 religiosos y a los cuatro obispos catalanes asesinados cruelmente por el Front Popular en la Cataluña presidida por Lluís Companys.
La Iglesia catalana ha sido y es un importante instrumento de promoción del separatismo. Lleva años difundiendo, de forma abierta o encubierta, la ideología y la simbología nacionalistas; no deja de proclamar el lema «una sola llengua i un sol poble» y el «Volem Bisbes Catalans», menospreciando a los ciudadanos no nacionalistas castellanoparlantes, que son la mayoría y que, además, en general forman parte de los sectores más humildes y vulnerables de la sociedad catalana, a quienes en la práctica parece considerar como ciudadanos de segunda. Así, la Iglesia catalana está a la cola de la Iglesia española en TODOS los principales indicadores eclesiales.
Curiosamente, todo esto me ha hecho evocar la figura del cardenal y primado de Hungría József Mindszenty (1892-1975), cuyas *Memorias* leí el pasado año. El cardenal Mindszenty, frente a la represión y la barbarie que estaba imponiendo el recién instalado régimen comunista húngaro, pronunció las siguientes palabras: «Para amarga vergüenza de este país, nunca fueron mayores la falsedad, el engaño y el terror» (carta pastoral de junio de 1948). Le costaron la prisión. Viendo la gravedad de lo que estaba pasando, ¿debió ser más prudente y mirar para otro lado?
Cabe decir que József Mindszenty se opuso sucesivamente a dos regímenes totalitarios: primero, al nazismo y al régimen húngaro pronazi de la Cruz Flechada (1944-1945), al que calificó como diabólico y tan malvado como los comunistas; y, después, al régimen comunista prosoviético. Fue represaliado y encarcelado —durante ocho años— por ambos regímenes. En 1948 fue juzgado después de un largo proceso político en el que sería torturado. En diciembre de 1948 escribió: «He estado despierto durante 72 horas; me han golpeado una y otra vez…». Todo ello para obligarlo a firmar falsas confesiones, algo típico del estalinismo. Fue condenado a cadena perpetua por el régimen comunista húngaro, aunque sería liberado después del levantamiento popular contra el régimen comunista conocido como Revolución húngara de octubre de 1956.
El 3 de noviembre de 1956 pronunció un discurso radiofónico en el que siguió defendiendo con gran firmeza su oposición al régimen totalitario comunista. El 4 de noviembre, la Unión Soviética invadió Hungría y aplastó de forma sangrienta dicho levantamiento popular, reponiendo nuevamente en el poder a un Gobierno títere de la URSS. La Embajada de Estados Unidos en Budapest, ante la seguridad de que Mindszenty sería nuevamente encarcelado, le concedió entonces asilo político. Siguió liderando la Iglesia católica húngara hasta 1973. Según la *Enciclopedia Británica*, durante cinco décadas el cardenal József Mindszenty «personificó la oposición inflexible al fascismo y al comunismo en Hungría».
Salvador Caamaño Morado. Presidente de la Coordinadora de la Resistencia Cívica de Tarragona
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