Magistra vitae

“La historia es de hecho el testigo de los tiempos, la luz de la verdad, la vida de la memoria, la maestra de la vida, el mensajero de la antigüedad”

MARCO TULIO CICERÓN

En el mundo occidental y, por ende, en todo el mundo “civilizado”, la enseñanza de la Historia es uno de los elementos estructurantes de los currículos de la escuela primaria y secundaria.

La poética descripción del maestro Cicerón dio sus frutos. Por otro lado, el aforismo que nunca escribió George Santayana, “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”, parecería haberse convertido en un precepto dogmático que obliga a hacer de esta materia un elemento imprescindible de todos los planes de formación obligatoria.

En contraste con el supuesto aforismo de Santayana, la Historia que se ha tendido a enseñar es la que ofrece una visión edulcorada del pasado al servicio de ideales políticos, “nacionales”, moralizantes o propagandísticos, siendo así que la frase es profundamente pesimista y aquello a lo que invita es a aprender de los errores que sería inexcusable volver a repetir.

Viene esto a cuento del descarado acoso que está sufriendo un profesor de bachillerato en un instituto de Barcelona (IES Joan Boscà), acoso que ha terminado –por el momento– en la incoación de un expediente disciplinario (12/04/2018) y su apartamiento provisional de la docencia de la materia de Historia de España en los cursos de bachillerato que impartía (17/04/2018).

A Francisco Oya se le acusa de apartarse de lo pautado en el libro de texto adoptado por el centro, un manual escrito por Agustí Alcoberro (en la actualidad presidente de la ANC), y de ofrecer al alumnado documentos alternativos e informaciones contradictorias con la visión de la Historia sostenida en ese manual.

Conozco al profesor Oya desde hace años, pero no voy a utilizar ese conocimiento en su defensa –como bien podría– para no ser acusado de argumentar falazmente pro homine. Creo que es interesante reflexionar acerca del hecho en sí, al margen de su damnificado, con el fin de advertir hasta qué punto es sintomático de la profunda enfermedad social en el que nuestra comunidad se halla inmersa.

En Cataluña (y sirva el caso como ejemplo que puede extenderse mucho más allá) se continúa utilizando la Historia en la enseñanza siguiendo un patrón –no se escandalicen– franquista. Se ha sustituido a los Reyes Católicos por Jofre el Pilós, y las diatribas contra una República caótica y enemiga de la religión por los ataques al régimen franquista como el origen de todos los males que asolan Cataluña, víctima silente de un vecino poderoso, España, que se ha aprovechado de ella desde tiempos inmemoriales al tiempo que impedía el libre desarrollo de sus instituciones.

Es decir, han cambiado héroes y villanos pero se sigue manipulando la historia y utilizándola como herramienta indispensable de construcción nacional. No es algo que se haga de tapadillo y con mala conciencia, se reconoce abiertamente y muchos se enorgullecen de ello.

Diversas instituciones han denunciado desde hace tiempo esta deriva que, en lugar de retraerse con el paso del tiempo y el alejamiento progresivo de la dictadura, no ha dejado de acentuarse. Entre ellas está y estuvo en su momento fundacional la Asociación de Profesores por el Bilingüismo, pero también otras autoridades a título individual, como el profesor Pedro Heras, el prestigioso historiador Fernando García de Cortázar o la mismísima Real Academia de la Historia, que hizo público un informe-denuncia en el año 2000.

Todas estas señales de alerta fueron desoídas o ignoradas por las autoridades políticas y académicas, diluyéndose entre las telarañas de ese mismo cajón desastre donde han ido a parar todas las evidencias de que en Cataluña (y no solo en Cataluña) se estaba gestando la mayor amenaza vivida por la integridad de nuestro país.

¿Qué tenemos ante nuestros ojos en el caso de Francisco Oya? La dolorosa constatación de que en Cataluña (y no solo en Cataluña) se emplea la Historia a la antigua, como herramienta patriótica, ideologizante, propagandística y ejemplarizadora, destinada a dar impulso al sentimiento identitario y nacionalista, a mantener la imagen de un enemigo exterior, al tiempo que se enaltecen y vigorizan una supuestas virtudes patrias que forman parte de un sempiterno e inalterable espíritu nacional.

¿Cómo, si no, puede entenderse que se le reprima por hacer leer a sus alumnos textos que se consideran nocivos, no por ser falsos, sino por contravenir esa imagen maquillada que la historiografía oficial pretende implantar?

En una entrevista concedida hace algunos años a una revista de educación, Joaquín Prats, Catedrático de Didáctica de la Historia de la Universidad de Barcelona, afirmaba que «respecto al concepto de desarrollo intelectual y cultural de las personas, no hay mejor aprendizaje que aquel que no ofrece respuestas acabadas».

Justo lo contrario de aquello que estamos examinando. ¿Qué clase de jóvenes vamos a formar ofreciendo modelos interpretativos fijos, acríticos, sostenidos de modo unánime como verdaderos? Y, precisamente, cuando –según el mismo especialista– «la Historia es cada vez más necesaria para formar personas con criterio».

Sea cual sea el resultado del expediente incoado, su propia apertura es un escándalo en cuanto ilegítimo intento de silenciar al disidente, de apego a una visión de la Historia sesgada ideológicamente y contraria al espíritu científico y abierto con el que sería deseable que se educara a nuestros jóvenes.

Es una demostración más de cómo se cierra filas en torno a las tesis de un sector de la sociedad catalana que se ha apoderado de todas las instituciones y que hace abuso de ellas en favor de sus propios planes políticos, con la colaboración entusiasta o la aquiescencia obediente de hasta las capas más bajas del poder.

Si la Historia es la maestra de la vida, como escribiera Cicerón, esta historia ilustra magistralmente el totalismo con el que actúa (y continúa actuando impunemente) el nacionalismo secesionista.

Antonio Roig Ribé

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