No tenemos por qué pedir perdón, nosotros somos los agraviados

Es posible que el secesionismo esté agotado y sin proyectos a corto plazo pero, en el mejor de los casos, hay un conjunto de factores que permiten augurar la pervivencia de la situación de tensión y de división por mucho tiempo. Cabe contar entre ellos, la inercia de los movimientos emprendidos, el calentamiento de los seguidores (a quienes será muy difícil vender un nuevo relato aceptable), la debilidad de los representantes de la Constitución (a excepción del poder judicial) y la necesidad de supervivencia, personal de los políticos implicados, e institucional de los partidos que han decidido jugarlo todo a una sola baza.

Ahora mismo, la sociedad catalana se encuentra en la peor situación desde la reinstauración de la democracia. Dice un proverbio francés que en la paz se cuelga a los delincuentes, en la guerra se les honra. De acuerdo con este aserto, aquí ya estamos en guerra. La mitad de Cataluña reivindica como legítimas las acciones de algunos de sus dirigentes que han puesto en marcha ilegalmente un proyecto de ruptura de la nación española, mientras que la otra mitad las considera delictivas.

Hace unas semanas, Francesc de Carreras, a quien mucho admiro y respeto, publicaba un artículo, ¿Hay que salvar al catalanismo?, en el que reivindicaba esta opción “moderada” como única salida al impase. Pese a que en su análisis hay numerosos aciertos, no estoy de acuerdo con la conclusión. El catalanismo y, con él, el “tercerismo”, han quedado profundamente desacreditados por dos circunstancias: primero, por el hecho de que las opciones políticas que los defendían los han abandonado en su huida hacia el radicalismo, y, segundo, porque es difícil ver qué aspectos de la autonomía podrían incrementarse sin lesionar severamente el orden constitucional y los derechos de la mitad de los catalanes que no comulgan con el secesionismo, y sin menoscabar aún más la igualdad de todos los españoles.

Los “expertos” que aventuran que la solución está en una salida dialogada entre los representantes del gobierno de Cataluña y el gobierno central no parecen advertir las trampas en las que caen. El “gobierno de Cataluña” no es el gobierno de todos los catalanes. Por el contrario, es un gobierno sectario que representa los intereses de una parte de la sociedad catalana y que lo hace postergando los de todos los demás (y tratando de ocultar su misma existencia). Es cierto que se trata de un sector numeroso y, sobre todo, poderoso, porque ha conseguido tomar, a lo largo del tiempo y con arreglo a un plan premeditado, las riendas de todos los sectores clave de la sociedad.

Paralelamente, los defensores del orden constitucional están ausentes en Cataluña de todos los mecanismos de poder. Las instituciones (públicas y la mayoría de las privadas), están en manos contrarias. El Gobierno de España, que debería ser el defensor de sus derechos, está coartado por el propio mecanismo de las autonomías, por la inestabilidad de su falta de fuerza política y por la flaqueza de sus convicciones (y no me refiero sólo al gobierno actual). Además, los ciudadanos no secesionistas carecen de unidad y de liderazgo, porque los partidos constitucionalistas, o están faltos de ideas o juegan a la ambigüedad, pero no son capaces de encabezar un movimiento de réplica articulado y suficientemente poderoso. Todo cuanto se hace (y no es poco) se hace desde la sociedad civil.

Por último, el secesionismo es quien propone un cambio en el statu quo, ellos si tienen convicciones, buscan una revolución, una alteración radical del marco de convivencia en el que, hasta ahora y desde tiempo inmemorial, estábamos instalados. Por el contrario, los que le hacemos frente carecemos de proyecto porque ya estábamos cómodos con la situación anterior. Nuestras iniciativas son puramente reactivas (la exitosa campaña contra “el amarillo” es una buena muestra de ello). Pero, nosotros somos los ofendidos: los que estamos con la Ley parece que les debemos algo a los que la violan. Y, no, no hemos hecho nada, no tenemos porqué pedir perdón.

Ante la eventualidad de una negociación, no podemos consentir que nos otorguen el papel de testigos mudos, ni que nuestros derechos, ya suficientemente mermados (véanse las sentencias ignoradas de los tribunales de Justicia, por ejemplo), se conviertan en moneda de cambio para satisfacer las apetencias insaciables de un secesionismo cuya vocación expresa es ir a por todas. Por principio, no es posible saciar al insaciable. Si vamos a negociar, hay que proveerse de peticiones que sea posible graduar para que haya donde ceder. Nuestro mínimo ya no es seguir como estamos, queremos mejorar. Tenemos que definir los máximos con los que negociar.

Y no nos basta con artículos de prensa y reflexiones intelectuales, aunque se agradecen, y mucho. Con su crudeza característica, lo decía Pérez Reverte en Territorio Comanche: “Con los compromisos intelectuales, con los manifiestos de solidaridad, con los artículos de opinión de los pensadores comprometidos y las figuras de las artes y las ciencias y las letras, los artilleros serbios se limpiaban el culo desde hacía tres años”. Necesitamos urgentemente adoptar actitudes proactivas, necesitamos unidad y necesitamos plantar cara al secesionismo con reivindicaciones de fuerza, que convenzan a nuestros oponentes que hay mucho en juego y que tienen mucho que perder. Puestos a alterar las reglas del juego, ¡nada del 25%! Exigimos libertad de elección de lengua o, como mal menor, un bilingüismo equilibrado. Y, si se ponen muy farrucos, exigimos el derecho a ser educado íntegramente en la lengua oficial de la nación. Queremos un sistema educativo homologado para toda España. Queremos un sistema sanitario único para todos los españoles. Queremos un sistema electoral proporcional…

Y, si se argumenta que debemos encontrar soluciones de convivencia con el resto de nuestros conciudadanos (que nos desprecian y que están tratando de ignorar nuestros legítimos derechos, no se olvide), no sé por qué seríamos nosotros los únicos obligados. Dado que ninguna de las mitades está dispuesta a ceder un ápice en su objetivo, no habrá más remedio que repartir el territorio. Durante años he discutido con mi señora esposa acerca de esta cuestión. Siempre me pareció una idea descabellada, pero el sueño de la razón acaba produciendo estos monstruos, y, finalmente, tengo que asumir que tal vez estaba equivocado.

El 30 de agosto pasado, Somos Tabarnia presentó en el Parlamento Europeo su proyecto para segregar varias comarcas de las provincias de Tarragona y Barcelona de Cataluña y constituir con ellas la décimo octava comunidad autónoma de España. Ese puede ser un camino. Hasta ahora Tabarnia ha sido un excelente revulsivo para poner el plan separatista ante el espejo que le devolvía su imagen deformada como caricatura (con mucho humor). Una idea excelente, porque utiliza los mismos argumentos del separatismo para reducir su posición al absurdo. Puede que haya llegado el momento de sobrepasar su carácter cómico y empezar a postularlo como un proyecto real de convivencia. Convivencia fallida, qué duda cabe, pero posible.

Antonio Roig Ribé


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