Carta a Joxeba Pagaza y Fernando Múgica

“Hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes,
tan solos los muertos”

G.A. Bécquer

Para Joxeba y Fernando, asesinados en un mes de febrero. Para sus familias, que tuvieron a bien acercarse a nosotros, y para tantas otras víctimas de la sinrazón a lo largo del año.

Queridos amigos:

Podríamos tratar de engañarnos imaginando que vuestras muertes sirvieron para algo. Podríamos acaso fingir que, puesto que fuisteis escogidos entre muchos otros por la mano siniestra de los asesinos con el fin de servir de ejemplo a los demás de lo que podría ocurrirnos, vuestro sacrificio nos redimió (sois, desde luego, junto con todas las otras víctimas del terrorismo, héroes involuntarios con quienes tenemos una deuda que jamás podrá ser pagada). Podríamos imaginar que, gracias a vosotros y a la reacción que se produjo -por fin- en la vida política y en la sociedad, se acabó con este rosario de muertes.

Pero no es cierto. Tantas vidas segadas no sirvieron para nada. No sirvieron, afortunadamente, para los objetivos con que fueron planeadas: tuvieron que renunciar al terror como arma política para integrarse en la confrontación (más o menos pacífica) de ideas, propia de la vida democrática. Es cierto que la debilidad de nuestros gobernantes les ha otorgado privilegios en ese regreso que son difíciles de entender y de justificar.

¿Cómo es posible que no se les haya exigido el reconocimiento público y sincero de su tremendo error, que ha tenido un coste tan alto, que ha destrozado tantas familias y dejado tras de sí semejante reguero de sangre? ¿Cómo es posible que ciertas instituciones y ciertos partidos colaboren en el objetivo de borrar o confundir la memoria de esa tremenda mancha que ensombrece la historia de la democracia española y debiera avergonzarnos a todos?… Pero, pese a todos los peros, la renuncia a la lucha armada es el reconocimiento de que todo eso no ha servido para nada. Es el cierre sobre sí mismo de un camino que jamás debió emprenderse.

El pasado enero se conmemoró el 75 aniversario de la liberación de Auschwitz por las tropas rusas. La efeméride ha sido ocasión para que se insista en la necesidad de preservar la memoria de lo ocurrido, el relato de los supervivientes y los análisis, que siguen produciéndose sin cesar, sobre las circunstancias, los hechos y sus causas, no sólo de orden social y político, sino también relativas a la naturaleza humana y a la naturaleza del mal mismo. Existe un amplio consenso social de que una barbarie de esa magnitud no se debe volver a producir.

Sin embargo, los acontecimientos que condujeron al exterminio son simples. Es un hecho que situaciones similares se han dado y se reproducen con frecuencia en el mundo. Tampoco la naturaleza humana ha cambiado y el mal sigue presente entre nosotros, qué duda cabe. Es por ello que se justifica la necesidad de mantener vivo el recuerdo. La imagen de las filas de personas entrando en los hornos crematorios se supone que debe tener un efecto inmunizante sobre las generaciones presentes y venideras.

Es probable que la supuesta vacuna sea más un desiderátum que una realidad efectiva pero, por lo menos, quienes no están de acuerdo constituyen minorías poco influyentes o callan hasta encontrar una ocasión más propicia. De momento, por si no cumpliera su función, en Alemania y otros lugares, los grupos de ideología nazi están prohibidos. Vale más prevenir que curar. No pretendo comparar el terrorismo etarra con el exterminio planificado de los nazis, pero hay elementos de semejanza y bien peligrosos: el desprecio a la vida de los otros, el más llamativo. También la subordinación de los principios morales al ideal político. Son dos aspectos suficientemente importantes como para proveerse de mecanismos de defensa.

Por si no parecieran suficientes, está el valor de cualquier vida humana, ¡que os digan a vosotros, que tuvisteis que entregar la vuestra! Por preservar una sola de ellas valdría la pena redoblar el esfuerzo preventivo del cuerpo social. Sin embargo, el consenso en torno al mantenimiento de la memoria del terrorismo es en España mucho menor del que en el mundo se observa acerca del nazismo. No porque se desconfíe de su efecto preventivo, sino porque las causas que lo alimentaron siguen vivas entre nosotros y dinamitan los puentes y las posibilidades de acuerdo entre las fuerzas políticas y sociales.

El nacionalismo sigue presente y en buen estado de salud y la semilla  disgregadora que contiene se encuentra hasta en el seno mismo de los partidos, divididos en taifas y banderías. Y, siendo el nacionalismo la última causa del terrorismo etarra, hay interés en confundir la memoria histórica para salvaguardar la imagen de lo que lo inspiró.

Sé que nos os digo nada nuevo. Ya veis, queridos amigos de qué poco sirvió vuestro sacrificio. Seguimos peleados, más si cabe que hace unos años. En Cataluña el nacionalismo ha provocado un cisma social que insufla aires de violencia, el Gobierno de la nación es cada día más débil, crecen los particularismos y cogen fuerza grupos para los que “consenso” es concepto que huele a cuerno quemado. Debemos pediros humildemente perdón por no haber sabido aprovechar vuestro ejemplo en vida y vuestra desgracia como lección regeneradora.

Descansad en paz. Por lo que a nosotros respecta, vuestro recuerdo seguirá vivo en la memoria.

Antonio Roig Ribé, de la Asociación por la Tolerancia


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