Los catalanes y el mañana

¿De dónde eres?  “Español, soy de Barcelona”. ¡Ah!, ¿entonces eres catalán y no español? No, “soy catalán, y soy español también”. Pero estáis enfadados, ¿no? “Yo no, no soy nacionalista y no estoy enfadado con nadie y estoy bien en todas partes, como aquí en tu país”. Esta breve conversación la tenía en un lugar a 3.000 km. de Barcelona. Mi interlocutor era un hombre más joven que yo y que tiene una luminosa y colorista tienda en el Bazar de las Especies en Istanbul. Era inicios de enero 2017, una jornada sin casi turistas, días después que un yihadista, en el barrio de Ortaköy, ametrallase a más de una treintena de personas en la sala de fiestas donde despedían el 2016.

Estaba haciendo fotografías y hablando con algunos vendedores. Esta breve conversación fue sorprendente para él. Seguí haciendo alguna foto y entonces se acercó y me dio un par de dulces y se tocó el corazón. “Soy kurdo y también soy turco”. Yo quiero a mi tierra, pero no quiero luchas, me gustan sus palabras”. “Me gusta la gente, yo no soy nacionalista, no”.

Esta anécdota la recuerdo muy bien porque se dio en un lugar donde en anteriores visitas había oído más de una vez la frase de “No, yo no soy español, soy catalán” como aclaración a alguna interpelación y también las recuerdo. Y sobre todo recuerdo el tono de voz y gesto al decirlo. Por Istanbul pasan muchos conciudadanos, es un destino prestigiado por la belleza inacabable de la inmensa ciudad y la amabilidad de sus habitantes. Y claro, también la visitan algunos estúpidos.

Aquellos días ya vivíamos una situación asfixiante en Cataluña con todo lo relacionado con el secesionismo que era una pesadilla cotidiana y que obsesionaba crecientemente a muchos. Recuerdo que siguiendo desde allí las noticias pensé mucho en mis gentes y sobre todo en como con la distancia atemperaba el mal humor creciente que me causaba la situación. Me dije que de regreso en Barcelona escribiría sobre los pensamientos que me rondaban, “en la distancia”.

La observación de signos del uso y abuso de nacionalismo turco que allí preocupaban y que con algunos amigos comenté, aquí empezaron a hacerse omnipresentes y de forma enloquecida. Conociendo un poco Turquía, me sorprendía ver con qué facilidad se banalizaba sobre su involución política para compararla interesadamente con una España carente de virtudes, según los voceros del secesionismo.

Nos mata la banalidad. Y la estupidez. Y la insensatez. No hay nada mínimamente normal, nada sensato, nada admirable, nada positivo en lo que nos está pasando. Si realmente el mundo nos mirase y lo hiciese con atención, solo una enorme carcajada nerviosa mereceríamos como respuesta. Y luego conmiseración.

Estamos en Europa, somos parte de un grupo de países donde con todas la carencias e indudables mejoras posibles y necesarias, deberíamos agradecer, a cualquier deidad a mano, habernos dejado nacer aquí.

Sin embargo, todo son lamentaciones, acusaciones a los otros y lenta pero inexorablemente el odio germina, desune familias, separa parejas, acaba con amistades, nos empobrece como personas.

Adoctrinamiento de los niños en escuelas. Señalamientos y coacciones a políticos y personas. Campañas difamatorias en la red. Creación de rumorología y falsas informaciones. Campañas coordinadas para desprestigiar instituciones del estado. Agresiones a policía judicial. Acciones violentas en espacio público. Desobediencia a jueces. Y no son quejas, son señalamiento de la anormalidad que se apodera de Cataluña.

Si uno lee “Patria” de Fernando Aramburu con atención, encuentra en su magnífica reseña la locura que arrasó el País Vasco, ítems de lo que aquí ocurre ahora mismo. Y eso te hiela la sangre. Hace saberte cerca del desastre. Y al tiempo temes que quizás no seamos conscientes de ello.

¿Y por qué estamos así? Ignorancia, miedo, intereses, son abonos para esta hiedra venenosa que nos ha invadido y nos ahoga. Ignorancia que permite creernos las estupideces que nos dicen para, hinchados vanidosamente, creernos mejores y sobre todo más que los otros, aunque no los conozcamos. Miedo a enfrentarnos a tanta mentira, tanto insulto, tanta mezquindad que aquí abunda entre quienes tienen poder. Intereses claros de ocultar sus miserias, sus corruptelas, su falta de talento y de generosidad, de quienes nos gobiernan y quienes les apoyan.

Es un momento de cirugía reparadora, de intervención valiente, de recuperación de la democracia, de establecer un contexto sano para la ciudadanía. La cobardía ya no tiene sitio y si lo ocupa, nuestro futuro, nuestro mañana, será incierto nuevamente y quizás no sea ya soportable.

Cataluña debe ser un buen lugar para vivir. Los que aquí nacen, los que vienen a vivir y trabajar, los que la visitan, todos la amaran si se convierte, si la convertimos, en una tierra normal y con mañana.

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