Fue a una fiesta, se encontraba allí con otros chicos y chicas. Algunos eran activistas y pensaban ir, era al lado de la frontera con Gaza, y en un ambiente festivo, dedicaban el festejo a la paz. A veces hablaba sobre ello en casa, lo que discutían con amigos, lo que unos y otros opinaban, pero que a veces suponían discusiones vehementes, nunca hasta perder el respeto por el otro o enfadarse.
Unos y otros arrastran amarguras, tuvieron abuelos o padres que sobrevivieron al nazismo en Alemania en lugares cuyo nombre hiela la sangre al pronunciarlo, como Auswicauschwitz-birkenau, pero los más había perdido abuelos, tíos, bisabuelos, primos allí y en otros lugares, en Varsovia en el gueto, en las matanzas en Polonia, en la Gran redada en Paris y más tarde alguno tenía recuerdos de la bomba en la Gran Sinagoga sefardita de Estambul, en la voladura de la embajada de Israel y luego en el atentado contra la AMIA ambos en Buenos aires, en…
Pero estaban de fiesta y nadie discutía hoy, todos reclamaban paz y bailaban. Por eso costó entender que de pronto hombres vestidos de negro llegasen a la fiesta en camionetas y motos y en parapentes con motor, armados y disparando. Algunos corrían desesperados, pero fueron abatidos y derribados y atados. Las chicas parecían las más perseguidas y esos hombres que gritaban y se les entendía en árabe invocar cosas de su dios, pegaban, las derribaban y les arrancaban la ropa, abusaban de ellas, las mataban.
Querían que lo viéramos todos y por eso filmaban sus actos salvajes, algunos se fotografiaban al lado de los asesinados y enviaban y enviaban a sus familias el testimonio de su crueldad, con la sangre de sus víctimas en su ropa. Como animales cogieron varios centenares y los ataron y apaleados los obligaron a subir a sus vehículos para llevárselos como prisioneros. Cuatrocientos rehenes, no de una guerra, de una fiesta por la paz.
Los aterrorizados, jóvenes en buena parte desconocían que, al tiempo, otros iguales entraban en casas cercanas, disparaban contra todo los que se encontraban o en algunos casos, optaban por atarlos, padres, niños, abuelos, y juntos regados con gasolina les prendían fuego viendo como gritaban de dolor y como las llamas convertían a los cuerpos en una masa informe ennegrecida y humeante. Algunos eran familiares y algunos nunca lo han sabido, todos murieron.
Una muchacha joven vimos como la introducían violentamente en un todoterreno con varios hombres armados. Su pantalón blanco estaba marchado de sangre por la parte de atrás y desde su bajo vientre por las piernas. Una víctima de violación, sin duda. Otra imagen que perdura imborrable desde entonces, aquel 7 de octubre de 2023 es aquella muchacha desnuda tirada en la trasera de una camioneta, sin vida ya seguramente, con el cuerpo roto y uno de los asesinos cogiéndola por el cabello mientras él y otros la pisaban con sus botas.
La belleza y la inocencia maltratada por el horror, no podía representarse de forma más lacerante en nuestros días. Luego, cuando esperas reacciones de dolor, condena sin duda alguna de tanto salvajismo, con estupor vas escuchando cosas, supuestas opiniones que parecen entender o comprender tanta atrocidad. Hace años un amigo del alma, el antropólogo Santiago Genovés dejó grabada en mi memoria que «el hombre es único animal capaz de matar en masa a los de su misma especie».
Auschwitz y otras lugares y acciones citadas son pruebas históricas de su capacidad asesina. También Madrid en 2004 con casi 200 reventados por bombas y otros casi 2.000 con heridas, por recordar la matanza mayor del islamismo radical en Europa, perpetrados por los mismos salvajes que los asaltantes de la fiesta en Israel hace un año.
El dolor por tanta muerte no se diluye, no puedo obviar a quienes aquí nunca olvidaremos por el asco de sus opiniones, empezando por Pedro Sánchez, por ese lacayo de Albares y tantos servidores que nada puede suavizar sus miserables opiniones, algunas increíbles como de Belarra o Montero y… tantas otras.
Pero esto es normal, en un país anestesiado por tanta inmundicia como los gobernantes generan, los más pervertidos de nuestra demasiado escasa democracia, los que son capaces de acuerdos inmundos con los que durante años y mayormente en democracia, no lo olvidemos, mataron con la misma crueldad que los salvajes de Hamás, de Hezbolá, de Isis, Al Queda y tantos otros que, separados por su nombre, están hermanados en crueldad y odio contra todos nosotros: los que para unos somos infieles merecedores de aniquilación y para otros somos ocupantes de una patria inexistente ni por historia y si por histeria e ignorancia.
Hipercor, el cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza, el autobús de los jóvenes guardias civiles en curso para tráfico y tantos nombres. Casi mil en total. No son diferentes ETA y sus albaceas, mataban en atentados personales y asesinaban en masa a sus semejantes, como hace un año Hamás en Israel.
Cierren los ojos y vean la camioneta aún parada, la muchacha seguramente preciosa, está tirada, desnuda, no se mueve, la han golpeado, violado, asesinada después, el maldito hombre armado la coge por sus cabellos levantado su cabeza como un trofeo, alguien hace fotos, el mismo y otros con sonrisa satánica la pisan con sus botas. Malditos, monstruos, imposible no estremecerse y ahora pensar que es vuestra hija, o vuestra novia, o hermana, pensar que hace un momento os besabais, hacíais bromas, bailabais cerca. Entonces, callaros ya infames.
José Luis Vergara, octubre 2024
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