Es difícil digerir la intransigencia ideológica mostrada por parte del colectivo LGTBI contra la presencia de Cs en la manifestación del Orgullo Gay. Es difícil e intolerable. No hay nada más descorazonador, que ver a las propias víctimas, históricamente excluidas, arremeter contra quienes consideran impropios. No han entendido nada, la tolerancia es universal, o no es.
Las críticas cruzadas y justificadas contra el ministro del Interior, Grande-Marlaska, eran necesarias, pero las raíces del problema van mucho más allá de esta chapuza del juez, en otro tiempo ejemplar.
No es una anécdota, una salida de tono de una persona, sino el latido de toda una época. Por razones que se escapan a estas pocas líneas, se ha instalado una asimetría moral propiciada por la izquierda y el nacionalismo, que determina la legitimidad social, y el orden de las cosas. La hegemonía social de Gramsci, propiciada por la conjunción de propaganda, y mala fe de unos y el complejo histórico de otros. Con consecuencias deprimentes. Como es el caso que nos ocupa.
No es nada nuevo, cada época tiene sus propietarios morales, que a su vez, coinciden con los propietarios del poder y sus bienes. La cultura dominante de una época es la cultura de la clase dominante, sostenía K. Marx, y su contemporáneo en el terreno del liberalismo social, J. Stuart Mill llegaba a las mismas conclusiones: “Donde quiera que existe una clase dominante, la moral pública derivará de los intereses de esa clase”.
El problema no es que tal o cual político, de tal o cual ideología, detente y ejerza el dominio que la hegemonía social le otorga, el problema no es sólo de personas, es de comportamiento intelectual de un tiempo que se ha vuelto flácido y no hay nervio ni carácter filosófico capaz de sentir vergüenza propia o ajena ante tanta indigencia intelectual.
Las palabras de Grande-Marlaska contra el derecho de Cs a participar en la fiesta del Orgullo LGTBI, el comportamiento excluyente de aquellos que han sido excluidos sistemáticamente a lo largo de la historia, denotan una obscenidad inconsecuente que asusta. La falta de empatía, de ponerse en el lugar del otro, es falta de sensibilidad emocional y humana, pero la incapacidad para ver en el excluido su propia exclusión, es un suicidio racional impropio de una sociedad ilustrada que, paradójicamente, desprecia la ilustración.
Se aprecia en todo y en todos. También en los escrachados escrachadores. Las lágrimas de Ada Colau en Barcelona ante el acoso y los insultos de cientos de nacionalistas poseídos por “la verdad”, tenían una procedencia tan fanática como los propios insultos. Y también sus consecuencias. Oírle irrumpir a llorar en RAC-1 sin más preámbulo que la alusión a los escrachadores, fue la evidencia de su propio dogmatismo. Denotaba que ni siquiera se había planteado la posibilidad de que semejante obscenidad le pudiera pasar a ella. Era el llanto de la sorpresa ante una perspectiva no prevista, lo que produce escalofríos. En realidad, su incapacidad para contemplar siquiera la verdad más allá de ella, es la causa de su talante sectario a la hora de ejercer el poder. Allá por 2015, recién llegada al Ayuntamiento, soltó: No estoy obligada a cumplir una ley injusta. ¿Habrá que explicar lo evidente? ¿Alguien tan obtuso tiene derecho a llevar los asuntos de más de dos millones de personas?
Lo terrible es que sí, habrá que explicarlo, porque vivimos en un tiempo dónde el dogmatismo político, cultural, y moral se ejerce sin reparar que lo es. La asimetría moral no es una cuestión exclusiva de nuestro tiempo, pero es descorazonador, que se vaya deshilachando la tolerancia y la convivencia con que se hilvanó la Transición, en un tiempo dónde creímos haber logrado el antídoto contra la intolerancia. En un tiempo dónde creímos haber alcanzado un grado de civilización suficiente para no volver a repetir los errores del pasado.
Y aquí estamos, de nuevo ante nuestros fantasmas, sin que ningún político con su gabinete de comunicación y su corte de porteadores mediáticos tenga la ambición de creer en la honestidad, ni el valor de actuar con neutralidad y coherencia. No es sólo flacidez en los valores, falta de carácter en los principios, es debilidad intelectual. Cuando se tiene. Y perversión cuando se tuvo, pero se dejó de ejercer. El mal no es exclusivo de una ideología, es una pandemia de nuestro tiempo.
Un último ejemplo para terminar. Mientras, Inés Arrimadas, la escrachada tantas veces y la que ha sufrido cordones sanitarios en Cataluña, los instala en España a costa de Vox. Y con ello cree, ella y su mentor, exorcizar su pavor a ser considerados inadecuadamente. ¿Alguien les podría prevenir que la coherencia es universal, sostenida en el tiempo, y a salvo de intereses puntuales, o no es nada?
Soñar con unos responsables políticos dispuestos a perderlo todo por asegurar el bien que se predica, no es ser un ingenuo, es el riesgo que toda persona honesta ha de asumir si quiere que sus propias ideas sean respetadas.
Antonio Robles
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