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El Catalán Opinión

IA: de Babel al final del catalanismo lingüístico

"Las lenguas minoritarias podrán preservarse sin imponerse, y las mayoritarias no se verán como opresoras".

Por Antonio Robles
miércoles, 26 de noviembre de 2025
en Opinión
4 mins read
 

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Desde el mito de la torre de Babel al Esperanto, la humanidad ha soñado con hablar un idioma común. Según el relato bíblico, los hombres, orgullosos de su poder, quisieron construir una torre que alcanzara el cielo. Como castigo, Dios confundió sus lenguas, los dispersó y los enfrentó. Desde entonces, las palabras, que debían unirnos, se convirtieron en muros. La coartada diabólica que ha servido a los nacionalismos lingüísticos para excluir en nombre de la “lengua propia”.

Durante siglos, el anhelo de superar esa confusión ha inspirado proyectos utópicos. El más célebre fue el Esperanto, creado a finales del siglo XIX por el médico polaco Lázaro Zamenhof. Su propósito era noble y simple: inventar una lengua neutral que facilitara la comunicación entre los pueblos y evitara guerras. Pero el ideal fracasó ante la fuerza de las identidades nacionales, los intereses políticos y la inercia cultural.

Hoy, más de un siglo después, la inteligencia artificial podría hacer realidad lo que ni Babel ni el Esperanto lograron: un mundo donde todos se entiendan sin hablar la misma lengua. El fin de la coartada integrista y del negoci nacional de los Jordis Pujol, de los Oriols Junqueras, las Silvias Orriols, o los puigdemones arreu del món.

El milagro nos lo ha traído la IA. Hoy ya existen auriculares y aplicaciones capaces de traducir en tiempo real una conversación entre personas que no comparten idioma alguno. Lo que antes era un obstáculo – la lengua – empieza a ser irrelevante. Y a la vuelta de la esquina, gafas, relojes inteligentes o cualquier otro artificio inimaginable permitirán escuchar cualquier idioma como si se tratara del propio. Las barreras lingüísticas de hoy, fundamento de tantas fronteras políticas y culturales, se disolverán en segundos. La comunicación humana se volverá, por primera vez, universal. Si la tecnología permite que cada persona se exprese en su lengua y sea comprendida por todos, la lengua perderá su poder coercitivo. Ya no habrá una lengua de integración ni otra de exclusión. Solo la libertad de hablar. Las lenguas minoritarias podrán preservarse sin imponerse, y las mayoritarias no se verán como opresoras. Y muchas desaparecerán. Por inercia. Como tantas otras cosas.

Ante esta evidencia, no sé si reírme más del esfuerzo inútil del nacionalismo catalán por imponer una lengua minoritaria en su territorio a los hablantes mayoritarios de otra, o del ridículo de todos los que durante estos últimos cuarenta años nos hemos dejado las pestañas por impedirlo.

Durante siglos, el idioma ha sido una herramienta de poder. Los imperios lo usaron para colonizar; los Estados, para homogeneizar; los nacionalismos, para justificarse. En lugares como Cataluña, Quebec o Flandes, la lengua ha sido, y sigue siendo, el emblema de la identidad política y pertenencia. Y un negocio sucio para asegurarse privilegios (“Odio a los castellanohablantes en Cataluña”, José Domingo). El carajal plurilingüístico de la UE habría llegado a su fin, y los ciudadanos nos ahorraríamos la friolera de 192.800.000 millones de euros si tomamos como referencia el próximo presupuesto de la Unión de 2027.

La inteligencia artificial puede alterar ese desaguisado. Si la traducción simultánea permite que cada persona se exprese en su lengua sin dejar de ser comprendida, el idioma dejará de ser una frontera de poder y exclusión. Ya no será necesario imponer una lengua para garantizar la cohesión social. Bastará con hablar, y dejar que la máquina traduzca.

La paradoja es fascinante: una tecnología impersonal podría garantizar la libertad más personal de todas, la de expresarse en la propia lengua. Y con ello, la lengua dejaría de ser un requisito de ciudadanía o un marcador ideológico, para volver a ser un vehículo de comunicación y emociones libres. Las lenguas minoritarias podrán sobrevivir sin necesidad de violentar a nadie, y todos podrán hablar su idioma sin miedo a no ser entendidos.

Por supuesto, no todos celebrarán este cambio. Para los movimientos que ven en la lengua un símbolo de soberanía, la universal traducción de la IA puede parecer una amenaza. Pero si todos nos entendemos sin hablar la misma lengua, ¿qué sentido tiene seguir construyendo fronteras lingüísticas?

Algunos gobiernos podrían intentar regular o limitar el uso de estas tecnologías, apelando a la protección cultural. Pero la lógica de la historia apunta en otra dirección: las lenguas no desaparecerán, se transformarán. La IA no borrará los idiomas, sino que los liberará de su carga política. Ya no habrá lenguas dominantes ni subordinadas, solo modos distintos de decirlo con sintaxis y acentos distintos.

El regreso de Babel como ironía luminosa cierra su mito histórico. Babel, que fue el castigo de la confusión, podría renacer como metáfora de una nueva armonía: un mundo donde la diversidad de lenguas no impida la comprensión. Y el Esperanto, aquel intento fallido de unidad, podría encontrar por fin su herencia, no en una lengua común, sino en una tecnología común capaz de unir lo diverso sin uniformar. Aunque ¡ojo!, no menosprecien la capacidad de los políticos por convertir una posible solución en un nuevo problema.

La inteligencia artificial no construirá una torre para alcanzar el cielo, pero tal vez construya algo más audaz: una red invisible donde todas las voces del mundo puedan escucharse y entenderse, cada una en su idioma y todas con el mismo latido humano. Y quizá el sueño de Zamenhof, frustrado durante más de un siglo, se cumpla al fin. No con un idioma común, sino con una tecnología común que nos devuelva lo que Babel nos quitó: la capacidad de entendernos sin dejar de ser distintos.

PD: En el tintero quedan muchas incógnitas: traducir denotaciones y connotaciones, ironías, alusiones equívocas…, controlar algoritmos maliciosos… ¿Y qué creación humana no deja rastro de CO2?

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Etiquetas: Antonio RoblesIA
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