Hay libros que no nacen para entretener, sino para levantar acta. “Historias tristes de Colomba”, de Paulino Guerra, pertenece a esa estirpe rara de literatura que no se limita a contar un mundo, sino que lo salva por un instante de la desaparición. Su materia narrativa es humilde solo en apariencia: pueblos de Sayago, casas cerradas, viejos solos, vendimias, braseros, motes, curas lujuriosos, hospicianos, emigrantes, brujas, lobos, burócratas, campanas que tocan a muerto. Pero con esos materiales primarios Guerra construye algo más alto: una elegía de la civilización rural española, un réquiem feroz, sentimental, grotesco y político por la España que fue expulsada de la historia antes de que pudiera explicarse a sí misma.
El propio libro se define con exactitud: “Un funeral mágico de despedida, un velatorio en el que se llora sentidamente a los cadáveres de la España despoblada”. La frase no es un adorno, sino una elegía poética. Colomba no existe físicamente, pero existe literariamente con más verdad que muchos pueblos localizables en el mapa. Como Macondo, como Ainielle en La lluvia amarilla, Colomba es una invención cargada de realidad; un territorio compuesto por memoria oral, ruinas, voces de brasero y restos de una cultura derrotada. Su verdad no depende del catastro, sino de la emoción que convoca. “Colomba no se puede visitar, no existe físicamente”, dice el texto; pero precisamente por eso puede contenerlos a todos: Fermoselle, Sayago, Zamora, las Castillas, las Galicias, las Extremaduras, las Andalucías que enviaron sus hijos a Barcelona, Bilbao, Madrid, Asturias o Alemania.
La gran metáfora del libro es formidable: el “Ejército del Monte”. No se trata de una imagen decorativa, sino de una visión histórica. El monte avanza porque el hombre ha retrocedido. Donde hubo trigo, cebada, viñas, olivos, almendros, cerezos, manzanos y huertos, hoy avanzan las escobas, los piornos, las jaras, las zarzas, los jimbros, las encinas. Guerra lo formula como una campaña militar sin generales: “El Ejército del monte avanza despacio. No tiene prisa”. Y añade una de las claves políticas del libro: “Los defensores de las plazas ya están muertos, rendidos por la vejez o se marcharon hace décadas”. Esa es la tragedia: no hubo batalla final, no hubo resistencia épica, no hubo una derrota reconocida. Hubo abandono, envejecimiento, emigración, cansancio, burocracia y silencio.
En ese punto, Historias tristes de Colomba conecta con La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, pero su tono es distinto. Llamazares convierte el abandono en una letanía espectral, casi metafísica. Guerra, en cambio, introduce una energía carnavalesca, picaresca, oral, brutalmente viva. Sus muertos no son figuras solemnes: beben, blasfeman, fornican, roban, exageran, mienten, se ríen, se despeñan, se enamoran, se suicidan, emigran, disparan contra curas o se enfrentan a brujas con aceite hirviendo. Esa mezcla de tragedia y esperpento da al libro una fuerza singular. Colomba es un cementerio, sí, pero un cementerio donde los difuntos aún cuentan chistes verdes.
Ahí aparece la sombra de García Márquez. No porque Guerra imite el realismo mágico hispanoamericano, sino porque descubre que la memoria rural española también fue mágica antes de que la modernidad la tradujera a superstición. En Colomba “las brujas no eran una leyenda, sino mujeres de carne y hueso”, capaces de transformarse en gatos, perros o criaturas con patas de cabra. El episodio del bisabuelo Belobá y la bruja que chupa la sangre de la mula pertenece a esa literatura donde lo fantástico no necesita justificarse: sucede porque la comunidad lo ha contado durante generaciones. La diferencia es que aquí no estamos en el Caribe, sino en la raya zamorana con Portugal; no hay mariposas amarillas, sino mulas, faroles, cuadras, aceite hirviendo, miedo infantil y hambre. Guerra demuestra que la España rural también tuvo su Macondo, solo que lo llamamos pueblo, comarca, Sayago, Colomba.
Pero el libro no vive únicamente de la nostalgia. Al contrario: una de sus virtudes es que no embellece el pasado hasta hacerlo inofensivo. La Colomba que aparece en estas páginas fue dura, clasista, hipócrita, católica hasta la asfixia, sexualmente cruel, atravesada por el hambre, la violencia y la ignorancia. En “Tripa Seca”, la infancia no es un paraíso perdido, sino una batalla diaria por comer. El niño Manolito recoge cagajones calientes para alimentar cerdos ajenos, pelea por unas mondas de naranja y amenaza con comer tierra si no consigue llevarse el trozo de tocino del pote familiar. “No eran exactamente las Hurdes que habían descubierto Buñuel y el doctor Gregorio Marañón, pero sí otra tierra sin pan”, dice el texto con precisión implacable. Esa frase resume una parte decisiva del libro: el mundo rural no fue un edén; fue una escuela de resistencia.
Por eso la emigración de los años sesenta aparece tratada con una grandeza moral que rara vez se concede a los pobres. Guerra entiende que aquellos “desertores del arado” no desertaron de nada: protagonizaron una de las mayores revoluciones sociales de la España contemporánea. Dejaron pueblos hambrientos, subieron a coches de línea, cogieron maletas de madera y se fueron a servir, a levantar fábricas, a limpiar casas, a hacer camas, a poner cafés, a criar hijos en barrios obreros. Y esos hijos llegaron a la Universidad. “¿Hay mayor milagro social que el hijo o el nieto de un pastor o un jornalero analfabeto se convierta en médico, periodista, abogado o profesor de latín?”, pregunta el libro. Esa pregunta contiene más historia de España que muchos manuales. Y que mucha teoría marxista mal digerida por esa generación podemita urbana de nuestros días, bien alimentada, muy perezosa y demasiado consentida.
El relato “Misión cumplida” es, en ese sentido, uno de los más emocionantes. José y Carmen, campesinos sobrios, trabajadores hasta el sacrificio, viven para que sus hijos estudien. No quieren agradecimientos. No tienen discurso ideológico. Su ética es anterior a la política: trabajar, ahorrar, resistir, no quejarse, mejorar la vida de los hijos. Cuando acuden por sorpresa a la graduación de su hija médica en Salamanca, el libro alcanza una emoción limpia, sin sentimentalismo barato. Ese abrazo familiar resume una epopeya silenciosa: la del ascensor social nacido de manos deformadas por el campo.
Y, sin embargo, esa victoria íntima tiene un reverso devastador. Porque los hijos que triunfan ya no vuelven. O vuelven solo para enterrar a los padres. Esa es la herida central de Historias tristes de Colomba: la España rural ganó la batalla de sacar adelante a sus hijos, pero perdió la guerra de conservarlos. Los educó para que se marcharan. Les dio estudios para que escaparan de la pobreza, y al escapar se llevaron también la continuidad del mundo que los había hecho posibles.
De ahí nace el alcance político del libro. Guerra no escribe un panfleto, sino algo más incómodo: una acusación literaria. Acusa al supremacismo urbano, a la burocracia, al ecologismo de despacho, al sentimentalismo animalista que protege antes al lobo que al pastor, antes al musgo que al hombre que lo recogía para el belén de la escuela. “Salvo los autóctonos y sus bienes patrimoniales, todo está especialmente protegido y en peligro de extinción en el campo español”, se dice con ironía feroz. Es una de las frases más políticas del libro, porque denuncia una paradoja: el mundo rural se ha convertido en objeto de tutela precisamente cuando sus habitantes han perdido poder para decidir sobre él.
El último relato, “La burocracia es Dios”, lleva esa crítica a su formulación más descarnada. El campesino ya no manda ni siquiera en su finca. Debe pedir permiso para podar, limpiar, cortar, circular, cercar, sobrevivir. La Administración aparece como el nuevo cacique: no lleva levita ni sombrero, sino reglamentos, anexos, formularios, sanciones y funcionarios jóvenes que desprecian al paisano al que deberían servir. La frase “La burocracia es Dios” no es una boutade: es la definición de un orden nuevo donde el campo ya no pertenece a quienes lo han trabajado, sino a quienes lo gestionan desde lejos.
La literatura de Paulino Guerra tiene algo de Llamazares, algo de García Márquez, de Galdós, de Baroja y algo de Cela, Delibes y la tradición oral castellana. Pero su voz es propia porque no escribe desde la postal rural ni desde la culpa urbana, sino desde dentro de la herida. Sus personajes no son símbolos abstractos de la España vaciada: son Avelino, Doña Mariquita, Celinchín, Tripa Seca, Don Jacinto, el Seros, el tío Figura, José y Carmen. Tienen mote, cuerpo, vicios, vergüenza, hambre, deseo, memoria y muerte. Por eso existen.
Historias tristes de Colomba importa porque devuelve dignidad narrativa a una civilización que desaparece sin acta notarial, sin grandes monumentos y sin demasiados defensores. Su literatura no pide compasión, sino reconocimiento. Allí donde la política ve estadísticas, Guerra ve linajes extinguidos, casas cerradas, escuelas convertidas en tanatorios, cementerios con cruces oxidadas, viñas comidas por zarzas y ancianos que todavía saben quién vivía en cada ruina.
Quizá todo esté perdido, como sugiere el avance implacable del Ejército del Monte. Pero mientras alguien lo cuente con esta mezcla de crudeza, piedad, humor, rabia y belleza, Colomba no habrá muerto del todo. La literatura no puede repoblar los pueblos, ni devolver la juventud a los viejos, ni levantar los tejados hundidos. Pero puede hacer algo políticamente imprescindible: impedir que desaparezcan sin memoria. Y ese es el gran mérito de Paulino Guerra: haber escrito no solo unas historias tristes, sino el testamento vivo de una España que aún respira debajo de las zarzas.
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