Durante el proceso judicial al “prucés” de la vergüenza hemos visto cómo uno de sus líderes, aficionado a las arengas desde el techo de un vehículo destrozado (sin violencia) de la Guardia Civil, se ríe de la Justicia sin pudor alguno, con toda su chulería y un evidente menosprecio al tercer poder del Estado, rezumando esa conocida actitud prepotente y supremacista por todos sus poros.
Esperemos que el juez Marchena tome nota y nos sorprenda gratamente cuando haga públicas las sentencias condenatorias. Puesto que, hoy por hoy, a tenor de los acontecimientos, cada día que pasa se merecen más darles en el hocico a todos estos incitadores del odio y la violencia que, en su comodidad mitinera, aparentan que se van superando frente a la adversidad y se creen dueños de la situación, dando discursos políticos y obviando que están en un juicio.
Centrándome en la reciente actuación del clown Jordi Cuixart, el muy rufián ha reconocido que en sus anteriores declaraciones mintió en todo momento, justificando su conducta por el logro de mejoras personales en su situación como recluso. Ahora, en un acto heroico condicionado por el deseo de quedar bien ante los suyos, ha apostado por jugar al desmarque y negar sus anteriores palabras para, sabiéndose observado a través de pantallas gigantes instaladas en Barcelona, ejercer como gallito y mantener calentito al gallinero.
Que haga lo que quiera, que mienta como le dé la gana, que ponga cachondas a sus gallinas como le plazca, pero que vaya aceptando y asumiendo el peso de la ley que debe cumplir como español que es y que le hará pagar como merece su actitud rebelde. Reconocer públicamente su falso testimonio sirve de demostración empírica, extrapolable al resto, de la teatralidad y del uso de las mentiras de modo intencionado. Algo que ya sabíamos todos, no nos engañemos.
Para estos impresentables ser falso y mentir no es problema, están habituados a ello ante las cámaras de TV3, en sede parlamentaria, en ruedas de prensa o, incluso, compareciendo ante un juez. Demuestran que sus palabras son tan falsas como la República inventada que, por su chulería y obcecación, los tiene contra las cuerdas y, aunque aparenten gallardía y bravura, seguro que les hace cambiar de pañales cada par de horas.
Muchos somos los que deseamos que perduren entre rejas hasta que sean al menos octogenarios. Solo de ese modo algunos entenderemos que se ha cumplido, como consuelo menor, con una proporcionalidad adecuada delito-pena, a tenor del follón que los encausados han generado alimentando la exaltación del violento separatismo. Aunque, como he dicho otras veces, merecerían la aplicación de la P.P.R. si tuviésemos en cuenta lo que podría haber supuesto socialmente su incitación al odio y todas las derivadas que lleva consigo. Sirva de recordatorio para que se repiense el tema, de darse una futura adecuación del Código Penal.
Los que defendemos la Constitución y sus reglas tenemos como expectativa que, con una clarividencia como la atestiguada, los jueces calibrarán oportunamente los fallos a sabiendas que estos mafiosos son los grandes inductores de un desaguisado que tantos costes ha infringido a la sociedad y a las personas que de verdad queremos a Cataluña. Con el agravante del abuso que supone reconocer que se miente según el interés, algo que no debería tener recorrido estando ante el órgano encargado de la Administración de Justicia.
Y, por cierto, acabo con una mención especial a la sesgada conducta de la alcaldesa Colau, incapaz de dar permisos para instalar pantallas gigantes durante el pasado Mundial de fútbol, para ver los partidos de España, pero que ha aceptado que se instalen para seguir en directo esta atracción circense…
¿Les habrá aplicado los mismos criterios y exigencias?
Javier Megino
[campana]
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