¡Esto no va de poner la otra mejilla, brutos!

“Dar o poner la otra mejilla”, frase extraída del “Sermón de la montaña”, ha hecho larga carrera entre nuestras expresiones populares, sacándose la más de las veces fuera de su original contexto en nuestras actitudes cotidianas o, como ocurre hoy en el convulso panorama político, como constatación de una actitud que se pretende noble, pero que en la realidad sólo es una bellaca postura falsaria.

Los nacionalistas catalanes, los secesionistas, o los golpistas para mayor precisión, cuentan con la aviesa manipulación de esta máxima de concordia cristiana, proclamada por un rabí judío, para confiar en que, aunque alguien reiteradamente cometa agresiones o desmanes, la respuesta debe ser ofrecer un aguante infinito y darle al agresor la incesante oportunidad de redimirse.

Solo así se entiende su comportamiento en el Parlamento español, cuando los separatistas insultan a diestra y siniestra y exclamando su hipócrita sorpresa de que alguien les responda con alguna contundencia. Pero aciertan cuando después de su comportamiento rebelde, de su posicionamiento en contra de la democracia y la violación de las normas que nos rigen a todos, del maltrato a más de la mitad de los catalanes, de su inmensa corrupción, ven que el Gobierno de la Nación, para mantener su poltrona, ignora estas continuas sevicias con las que nos castigan a todos a diario.

A cambio, les rebaten con suavidad y buenas maneras, les dicen entender sus cuitas, les conceden o prometen atenciones, fundamentalmente económicas. Digamos que hablo de Torra, de Junqueras, de Pujol, de Más, de Tardá, de Rufián, de…

Estos mismos sujetos, practican similar estrategia con otros grupos, en especial con los que ellos entienden de izquierda y con los que parecen sentirse contentos de reconocerse como iguales. Estas “amistades” son ciertamente escandalosas, cuando se ve que una parte se reclama inspirada en el movimiento del 15M y otra, los nacionalistas catalanes, asistieron impasibles cuando sus colegas de la Generalitat desalojaron brutalmente a los activistas de su fallida acampada en la Plaza de Cataluña.

Pero a la vista está que estos son detalles sin importancia, cuando lo que les une es la aparente postura de “progreso” que se manifiesta en frases grandilocuentes, en expresiones de granujería y en compincharse para insultar a los demás, con el cinismo de calificarlos como fascistas. Pongamos que hablo de Iglesias, Errejón, Tardá, Rufián…

La afrenta adquiere carácter esperpéntico cuando su gesticulación confirma simpatías con quienes atacaron la democracia, no hace muchos años, mediante el expeditivo método del asesinato, la extorsión, el secuestro, la animadversión social y la muerte civil de buena parte o mayoría de los vascos. Sonríen y se fotografían con quienes asesinaron a muchos en toda España y, en este caso en especial, cuando lo hicieron en masa en un Hipercor de Barcelona, y mataron a niños y servidores públicos, a líderes democráticos y otras víctimas de su barbarie, lo que a veces parece que olvidamos.

Son los compañeros de los que recibieron a un un vicepresidente de la Generalitat, que rogó a ETA que no atentasen más en Cataluña, manifestando entender sus acciones, y desentendiéndose de todos lo demás en España. Es decir, en su ideología de los que “no son de los nuestros”. Digamos que hablo de Bildu, de Otegui, de Carod Rovira, de Tardá, de Rufián, de…

Da cierto rubor escribir esto ahora mismo; uno piensa que muchos lo habremos reflexionado, que todos lo sabemos, ya que los medios de comunicación, y las redes sociales donde se exhiben o los exhiben como animales monstruosos en antiguas ferias, nos acercan puntualmente a su realidad y a la nuestra. Preciso: a nuestra realidad desgraciada por la suya, por su ponzoñoso pensamiento, por su actitud deshonrosa como representantes públicos, por su capacidad de embuste, por su procacidad inveterada que hace que, con el paso del tiempo, la situación sea cada vez más insoportable.

¿Y a eso cómo se responde? Lo normal sería el desprecio por sus mentiras, el señalamiento de sus artimañas, la defensa firme de nuestra dignidad ante su bellaquería. Quizás es pecar de optimismo y lo cierto es que la realidad se impone.

Ante ello, ante la continua agresión del nacionalismo, de los nacionalistas y sus secuaces, vemos un panorama desolador. Un gobierno, el de Pedro Sánchez, encarnación del “sanchismo”, que busca mantenerse en el poder para ganar tiempo, como sea, a la espera de mejorar sus posibilidades electorales.

Y es que el PSOE (y el PSC) están por la labor de seguir aceptando las continuas e indignas acciones de los agresores golpistas hasta límites insoportables, tolerando los insultos y desplantes a la mayor parte de la ciudadanía de Cataluña como si más de la mitad de los ciudadanos fuésemos transparentes y no contásemos, ni siquiera para defender nuestros Derechos Civiles.

Que lo hagan los miserables instalados en la Generalitat, refugio de políticos mediocres en gobernanza y espabilados en corrupción, es algo ya normal en Cataluña, para nuestro bochorno y tragedia. Pero que cuente con la aquiescencia del Gobierno de la Nación es una afrenta difícil de olvidar y lo van a pagar con creces en las urnas sus responsables, personas y partidos. (De momento hoy, 24 horas después de las elecciones andaluzas apunta que así será. Y ello no da especial alegría; ver desmoronarse por el oportunismo y la mediocridad y también por la corrupción, a un partido que tuvo mucho que ver en la recuperación de España después de la dictadura, no es para alegrarse).

Por todo ello creo que sin más dilación cabe cerrar este desahogo en formato de opinión de la misma forma que lo iniciaba: ¡Esto no va de poner la otra mejilla, brutos!

José Luis Vergara, diciembre de 2018


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