El separatismo catalán, el nacionalismo vasco y toda suerte de ideologías o estrategias identitarias, basadas en un institucionalismo de las pasiones, son artefactos que caminan hacia la dictadura. Lo estamos viendo en Cataluña, lo vivimos y coexistimos en el País Vasco y se anticipa en Valencia, Baleares y Navarra. La institucionalización de la “dictadura” de la Patria, Matria o Fatria.
Los últimos acontecimientos en Cataluña, con la “aventura” dominical de los CDR y sus “juegos de guerra” en modo de terrorismo posmoderno, no son más que la evidencia palmaria del modo en el que los separatistas quieren imponer una forma de pensamiento único. La respuesta laxa por parte de las autoridades “de Madrid”, la complacencia cínica y perversa de Torra, manifiestan el radicalismo en el que se han instalado los defensores de la nació y el modo en el que quieren establecer una forma de sentimiento normativo sobre lo catalán en contraposición a lo español.
El presidente autonómico catalán pretende perpetrar una acción, para él racional, que consiste en mantener encendida la pasión liberticida de la independencia. Para ello, ha establecido un método empírico de “destrucción” de las instituciones, mientras que él interactúa con prófugos y radicales que portan la estelada bajo sus camisas y camisetas negras.
En otro lado, los portavoces de la dictadura dels somriures lanzan soflamas que pretenden intensificar la violencia “legítima” de unos frente a los que miran cómo se desarticula su mundo social. Las terrazas de la calle Mandri no son escenarios para la revolución, pero podrían ser espacios para intensificar la lógica de la razón. No se puede esperar una reacción institucional por parte de nadie, ni tan siquiera la, por fin, aceptada moción de censura que C’s dice plantear en el Parlamento autonómico y que el PP ya propuso hace semanas.
Es urgente ofrecer una respuesta proporcional al permanente desafío que los separatistas y sus oportunistas aliados plantean. Es necesario que el clima electoral permanente en el que vive España no impida planteamientos o estrategias de más largo alcance que pongan freno o fin a las destructivas preferencias que Torra, ERC y otros han adoptado en este momento.
Determinados partidos políticos deberían dejar ya de escuchar a sus asesores y de vivir en la equidistancia que ellos mismos moldean para justificar su “Institucionalismo de Senyera”. Frente a los intentos de destrucción de la cohesión social que se impone en algunas regiones de España no se debe volver a fórmulas ya conocidas, ni reformular experiencias cínicas que ya sabemos cómo funcionaron.
Es necesario apelar al imperio de la ley, la Constitución y el restablecimiento de las libertades ciudadanas en el espacio público y político de representación. Ver cómo los representantes políticos, legítimamente elegidos, huyen de un parlamento no es crear una buena institución. Pero tampoco es aceptable ver cómo algunos permanecen sentados mientras se increpa a otros. Recordemos que las dictaduras siempre comienzan con el sacrificio ceremonial de unos frente a la masa enfervorecida por el ruido del instante.
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