Se insiste hasta la náusea en afirmar que Cataluña está normalizada por arte de la magia beatífica del nuevo presidente autonómico “Salvador”, más conocido como Illa. En fin, nada que objetar si, el axioma, fuera cierto en todos sus extremos, pero, la tozuda realidad, parece negar la mayor para afirmar que lo que vive Cataluña es una fantasmagoría con visos de división.
Empecemos por la maravillosa recepción que el Salvador realizó al declarado evasor fiscal, el Taumaturgo Jordi Pujol, en la sede del gobierno autonómico. Cuando un mito vivo visita un edificio institucional, las trompetas del apocalipsis resuenan, por imperativo, en las paredes del historicista palacio presidencial. Esa es la palabra clave, “historicista”. Cataluña vive en una mitografía historicista permanente que le llevó a bautizar como Gótico, un barrio que sufrió sucesivas intervenciones arquitectónicas durante el siglo XIX y a llamar “honorable” a un confeso evasor.
Pero el pasado reconstruye identidades, prestigios y beatifica santos en vida. Qué más da si lo más significativo del barrio gótico barcelonés es el tardo renacentista sillar del Toisón de Oro de la Catedral (por cierto, también ha sufrido repintes e intervenciones posteriores durante los siglos XVII y el XVIII). Ninguna importancia tiene este hecho, lo fundamental es buscar en la recreación goticista, el verdadero origen de la patria por la que ya trabajaban, seguramente, los ancestros del señor Pujol, que, por vía patrilineal, adquirió todas sus virtudes. Nada importa, el Toisón era Europa y el gótico Cataluña y esta segunda opción es la que siempre se ha elegido en el gobierno de la Generalidad.
Como muestra, la disfuncional política de usos de los símbolos nacionales. Si la bandera de Cataluña es asimilable con el gótico, la de España sería Europa y el Toisón, en tanto que es ésta la que nos convierte en Europa y nos hace miembros del proyecto de construcción continental. Pero el Salvador, decide que la bandera de Cataluña, aislada, debe aparecer con una primacía que más parece un ejemplo notable de la continuidad histórica, de mitografía. Nada importa; es la normalización.
Normalizar es, en la nueva Cataluña, una agenda de sumisión para algunos y de silencio para otros. No indicar las contradicciones es normalizar. Olvidar los agravios a la lengua común de todos, es normalizar. Hacer un borrado del espíritu de concordia y convivencia que significó la Constitución de 1978, es normalizar. Rehabilitar a Pujol, como se hizo con el centro de la ciudad, es normalizar. Cambiar el paisaje y hacer olvidar lo fundamental, es normalizar. Pero, claro, Illa, como el alcalde de Amanece que no es Poco, es necesario y el resto, contingentes. Todos menos uno, JP.
José Antonio Guillén Berrendero (Heraldo Baldi)
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