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El Catalán Cultura

Entrevista a Francisco Caja: «El nacionalismo es una religión política»

Por Óscar Benítez
domingo, 29 de septiembre de 2019
en Cultura
6 mins read
 

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El filósofo Francisco Caja en su domicilio en Barcelona.

Profesor de Estética en la Universidad de Barcelona y expresidente de la Convivencia Cívica Catalana, Francisco Caja (Arnedo, La Rioja, 1949) es un viejo conocido dentro de la resistencia al nacionalismo en Cataluña. En la conversación que sigue, Caja se muestra especialmente crítico con la inmersión lingüística en catalán, un instrumento que “manipula las conciencias de los alumnos” y “atenta contra la libertad lingüística”.

Tras explorar en los dos volúmenes de La raza catalana el vínculo entre catalanismo y xenofobia, no le debió de sorprender que el actual presidente de la Generalitat se refiriese a los castellanohablantes como “carroña” y “bestias taradas”. ¿Se puede concebir un nacionalismo sin xenofobia?

Yo creo que no. Al menos, no si aceptamos lo que los expertos entienden por nacionalismo. Lo que entiende Gellner, por ejemplo. Y es que es una ideología política —de inequívocas raíces raciológicas— que se caracteriza por la exclusión de parte de la población del orden político. En tanto en cuanto contiene ese principio, es una ideología incompatible con la democracia.

A los detractores de la inmersión lingüística se les acusa de querer “politizar la lengua”. ¿Es una acusación razonable?

Lo que es irrazonable es lanzar esa acusación. La inmersión catalana es un lavado de cerebro que pasa por la manipulación de las conciencias de los niños, obligando a los castellanohablantes a cambiar de lengua. La primera lengua de los catalanes es el castellano, y éste se excluye sistemáticamente de las aulas. Esto resulta inaceptable porque, del mismo modo que la confesionalidad religiosa atenta contra la libertad religiosa, la confesionalidad lingüística —y no otra cosa es la inmersión— atenta contra la libertad lingüística.

Por lo demás, es sorprendente que se defienda este sistema en nombre de la cohesión social. Quien consulte las estadísticas, comprobará que los alumnos castellanoparlantes fracasan el doble que los catalanoparlantes. Esto, sin duda, es producto de la inmersión.

Por otra parte, tanto el nacionalismo como parte de la izquierda suelen negar que exista adoctrinamiento en las escuelas catalanas. ¿Debemos creerles?

No es de extrañar que la izquierda lo niegue, pues la paternidad de la inmersión lingüística es suya. No olvidemos que fue El PSUC quien crea este modelo en 1979 inspirándose en un proyecto del Quebec. Rápidamente, el PSC lo hace suyo y convence a Pujol de que lo más moderno y conveniente es la inmersión. Pujol lo ve claro y decide utilizar este sistema como palanca de la construcción nacional. O más bien debería decir reconstrucción, porque lo que persigue el expresident es resucitar la Cataluña anterior a 1714. El país que pudo ser y no fue.

En cualquier caso, la inmersión no es una pieza más del proyecto pujolista, sino que es la clave del aparato de propaganda del nacionalismo catalán. No hay más que ver que los nuevos partidos catalanistas que acaban de surgir coinciden todos en que la inmersión lingüística no se toca.

Según el responsable de comunicación de Esquerra Republicana, Sergi Sol, los informativos de TV3 son de “un rigor y un pluralismo abrumador”. ¿Le parece que dicha apreciación se ajusta a la realidad?

Sin duda, el nacionalismo ha adquirido una dimensión cómica. Si uno niega la realidad, dándose de cabeza contra una pared e insistiendo en que no hay pared, cae de lleno en la comedia. Es la estructura clásica del género desde Aristóteles.

Es dramático, porque han excluido de la discusión política el concepto de verdad. Mienten como bellacos, pero han perdido incluso la conciencia de que mienten. Pese a ello, cualquier individuo que no haya sido sometido a la propaganda del nacionalismo contempla un informativo de TV3 y no puede por menos que llevarse las manos a la cabeza. No cree lo que ve. Para hacerlo, es imprescindible hallarse imbuido de la fe nacionalista, compartir su credo. Esto es así porque el nacionalismo no es una ideología sino una religión política, un conjunto de creencias en el que la verdad apenas cuenta.

Muchos ciudadanos que se oponen a la secesión no ven con malos ojos, sin embargo, que se celebrase un referéndum en Cataluña. ¿Qué les diría?

La opinión que menciona no es una opinión objetiva, sino que está motivada por los inconvenientes que genera el nacionalismo. Al final, uno quiere vivir en paz. “¡Que voten!”, dicen algunos para poder olvidarse del asunto. Pero, en democracia, los objetivos se tienen que alcanzar mediante procedimientos legales. Y el separatismo no solo ha dado un golpe de Estado, sino que progresivamente ha suprimido derechos y libertades de muchos ciudadanos. Eso es lo que le ha permitido forjar un estado de opinión favorable. Si le quitásemos los instrumentos de poder político que ilegítimamente posee —TV3, la inmersión lingüística, etcétera— otro gallo nos cantaría.

¿Y qué les diría a aquellos que sostienen que los políticos separatistas presos son presos políticos?

Yo fui preso político durante el franquismo; por lo tanto, sé lo que es un preso político. Y que se denomine así a los encarcelados por el procés es un sarcasmo doloroso para todos los presos políticos que hay en el mundo. A diferencia de lo que ocurre en otras partes del mundo donde se pisotean las libertades más elementales, en nuestro país los políticos presos disfrutan de todas y cada una de las garantías de un régimen democrático.

En definitiva, debe entenderse que, si uno atenta contra la Constitución, comete un delito y se le encarcela, lógicamente. En lo referente al procés, se han juzgado delitos contemplados en el código penal y el proceso se ha llevado a cabo con jueces independientes. Además, todo ha sido público y transparente. ¿En qué dictadura se televisan los juicios? ¿Qué más se necesita para demostrar que no son presos políticos? Desgraciadamente, la realidad ha sido tan distorsionada que las palabras ya no significan lo que deberían significar.

El 91,5% de la violencia política ejercida durante la primera mitad de 2019 fue obra de separatistas, mientras que solo el 5,3% de esos actos corrieron a cargo de contrarios a la secesión. ¿A qué atribuye ese desequilibrio?

Me produce un poco de risa ese informe. El asunto está en que el nacionalismo utiliza la violencia sistemáticamente. Forma parte de su acción política porque es una ideología totalitaria, no es una ideología democrática. De tal modo que esas cifras no harán sino ir en aumento.

Por otra parte, es absurdo que el nacionalismo suela contar como violencia la fuerza que ejerce el Estado. Una de las características del Estado moderno es que éste ostenta el monopolio de la violencia. Es decir, los ciudadanos renuncian a la violencia y se la entregan al Estado, que solo puede emplearla en una condiciones determinadas, regladas. Así pues, defender una violencia que no sea la del Estado es contrario a la democracia.

Según el ensayista Ignacio Sánchez-Cuenca lo de Cataluña no puede ser calificado como “golpe de Estado” porque “no hubo violencia ni amenaza de ésta”. ¿Está en lo cierto Sánchez-Cuenca?

Cuando se alza un poder público que dispone de una fuerza armada, en este caso 17.000 Mossos d’Esquadra, está ejerciendo una violencia latente, disuasoria. Porque, si el presidente de Cataluña declara la independencia, ¿qué puede hacer un simple ciudadano frente a individuo que cuenta con un ejercito?

Por otro lado, aunque el coup d’etat como tal no está recogido en el código penal, si lo están el delito de sedición y el de rebelión. Y lo ocurrido en Cataluña es, de libro, un delito de rebelión. Fue extraordinariamente grave, porque nadie puede despojarte a la fuerza de tu propia nacionalidad. Es un derecho que el presidente de la Generalitat pisoteó. Los separatistas lo reducen todo a que unos fueron pacíficos —ellos— y los otros, violentos —la policía—. No, el separatismo sí actuó con violencia porque quiso imponer a la mitad de los ciudadanos una decisión que atentaba contra la Constitución, que es la que garantiza los derechos de todos.

Suele decirse que el separatismo ha ganado la batalla del relato. ¿Qué debería hacer el Constitucionalismo para invertir esta situación?

Debería haber hecho, mejor dicho. Gran parte de la izquierda se ha sumado al relato nacionalista. Esto es dramático, porque el prestigio moral de la izquierda invalida cualquier oposición. Aunque, a decir verdad, la derecha tampoco puede jactarse de haber combatido en serio el nacionalismo. En todos estos años, por ejemplo, ni PSOE ni PP han actuado contra la inmersión, pese a que algunos llevamos muchos años desgañitándonos contra ella.

Por otra parte, también es preocupante la debilidad que ha aquejado a la sociedad española en general y a la catalana en particular, en la que, como suelo decir, hasta el último club de ajedrez se encuentra intervenido políticamente. Como es sabido, una sociedad civil fuerte es necesaria para hacer frente a lo excesos del poder. Y aquí no la habido. En el caso de Cataluña, se explica porque la prioridad de los nacionalistas no ha sido ocupar materialmente la sociedad —que también— sino ocupar la consciencia de los ciudadanos, convertirlos en súbditos. Un práctica, huelga decir, totalitaria.

Por Óscar Benítez

 

TV3, el tamborilero del Bruc del procés

Sergio Fidalgo relata en el libro 'TV3, el tamborilero del Bruc del procés' como a los sones del 'tambor' de la tele de la Generalitat muchos catalanes hacen piña alrededor de los líderes separatistas y compran todo su argumentario. Jordi Cañas, Regina Farré, Joan Ferran, Teresa Freixes, Joan López Alegre, Ferran Monegal, Julia Moreno, David Pérez, Xavier Rius y Daniel Sirera dan su visión sobre un medio que debería ser un servicio público, pero que se ha convertido en una herramienta de propaganda que ignora a más de la mitad de Cataluña. En este enlace de Amazon pueden comprar el libro.

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Etiquetas: adoctrinamientoGolpe de Estadoinmersión lingüísticaÓscar Benítez
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