
El intento de instrumentalización política de la cultura ha vuelto a cosechar un sonado fracaso en el escenario internacional. La estrategia de acoso y derribo liderada por el Gobierno de Pedro Sánchez y sus socios de la izquierda radical contra la participación de Israel en Eurovisión se ha saldado con un resultado contraproducente. La delegación hebrea no solo ha competido con normalidad, sino que ha estado a un paso de alzarse con el micrófono de cristal por segundo año consecutivo.
El Palacio de Congresos de Viena fue testigo este sábado de la septuagésima edición de un certamen que la izquierda española pretendía convertir en un tribunal político. La realidad, sin embargo, discurrió por un camino muy diferente al diseñado en los despachos de La Moncloa. El apoyo popular hacia la propuesta de Israel desmontó la narrativa oficialista de un supuesto rechazo unánime.
El representante israelí, Noam Bettan, logró una contundente marca de 334 puntos gracias al respaldo masivo de los espectadores con su interpretación del tema Michelle. Este caudal de votos se produjo a pesar de la campaña de hostigamiento mediático previa y de los intentos de boicot sonoro en el propio auditorio. Los abucheos minoritarios de activistas radicales no lograron eclipsar una propuesta musical que rozó el liderato.
La victoria final correspondió a la delegación de Bulgaria, que acumuló un total de 516 puntos en una reñida votación. La artista Dara se impuso con la canción Bangaranga, logrando el consenso necesario entre el jurado profesional y el televoto de los diferentes países. El triunfo búlgaro cerró un festival de alto nivel musical que, afortunadamente, no se dejó secuestrar por la agenda ideológica de ciertos Ejecutivos europeos.
La delegación española protagonizó una de las notas más controvertidas de la edición al consumar su espantada del concurso. El Gobierno del PSOE y Sumar arrastró al país a un abandono insólito, arrastrando en su estrategia de tensión a socios habituales en estas lides como Irlanda, Eslovenia, Países Bajos e Islandia. La decisión de ausentarse por la mera presencia de Israel supuso una preocupante mezcla de política exterior partidista y diplomacia cultural.
La gran final de este 16 de mayo reunió a 25 naciones en la capital austriaca bajo un clima de evidente tensión institucional. El orden de actuaciones fue inaugurado por Dinamarca y clausurado por el país anfitrión, en una gala que combinó el talento de las grandes potencias tradicionales del festival con las propuestas emergentes del este de Europa. Un escaparate que España decidió desaprovechar por completo para complacer a sus socios parlamentarios más radicales.
La conducción de la gala estuvo a cargo de la artista Victoria Swarovski, heredera del reconocido imperio empresarial local, y del presentador Michael Ostrowski. Ambos profesionales lograron mantener el ritmo de un espectáculo complejo y de máxima audiencia internacional, a pesar del ruido generado artificialmente en los días previos por los sectores que pretendían reventar el evento.
En definitiva, la cita de Viena deja una lección incómoda para la diplomacia cultural del sanchismo. El uso partidista de las instituciones y de los eventos internacionales no suele encontrar eco más allá de las propias fronteras. Mientras España se quedaba fuera de la gran vitrina europea por decisión de su propio Gobierno, Europa votaba en libertad y convertía a Israel en uno de los grandes triunfadores de la noche.
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