El salón español ha sufrido muchas mutaciones a lo largo de las décadas, pero pocas tan sagradas como la del sábado de Eurovisión. Ese día, el país se divide tradicionalmente entre los que preparan una cena temática basada en el país anfitrión y los que afilan sus lenguas en redes sociales antes de que empiece la primera canción. Sin embargo, este año el panorama es desoladoramente distinto. La decisión del Gobierno de Pedro Sánchez de retirar a RTVE del certamen, en una maniobra de protesta política contra Israel, ha dejado a millones de hogares huérfanos de su ración anual de lentejuelas, gallos en directo y votaciones interminables a través de la televisión pública.
La drástica medida de la corporación pública implica un apagón analógico absoluto del festival en nuestras fronteras: ni semifinales, ni final, ni análisis previos. En lugar del festival de la canción de Viena, la tradicional sintonía de Eurovisión será sustituida en La 1 por un programa musical alternativo. Esta situación ha provocado un monumental enfado entre los «eurofans» patrios, quienes ven cómo los despachos de la política han invadido el único espacio del año diseñado precisamente para evadirse de las tensiones del mundo real con un buen estribillo pop.
El gran problema no es que se impida el acceso total al concurso, ya que la Unión Europea de Radiodifusión mantiene la emisión global y gratuita en directo a través de su canal oficial de YouTube. El verdadero drama es de carácter puramente costumbrista y logístico. La retirada de la televisión en abierto obliga a la audiencia a migrar en masa hacia las plataformas digitales, un ecosistema donde el mando a distancia tradicional no tiene poder y donde el sofá de toda la vida se enfrenta a las limitaciones de la banda ancha.
Aquí es donde la brecha digital y la geografía española muestran su cara más cruda. Ver un evento de tres horas en alta definición a través de Internet requiere una infraestructura que no todo el mundo tiene asegurada. Mientras que en los centros urbanos la fibra óptica vuela, en muchísimos pueblos de la llamada España vaciada la conexión a la red sigue dependiendo de tecnologías precarias o de la cobertura móvil. Para estos ciudadanos, la decisión gubernamental se traduce directamente en una pantalla congelada en el momento más tenso de las votaciones o en una resolución pixelada que convierte a los bailarines en borrones de colores.
La consecuencia más evidente de este exilio digital es la condena a la precariedad de la pantalla pequeña. Muchos espectadores, carentes de un televisor inteligente o de la paciencia necesaria para configurar cables y duplicaciones de pantalla, terminarán consumiendo el festival de forma individual en las cinco pulgadas de su teléfono móvil. Se destruye así el componente intergeneracional del evento: ya no habrá abuelos, padres e hijos compartiendo comentarios frente a la pantalla grande del salón, sino adolescentes arrinconados en su habitación con los auriculares puestos para evitar el temido desfase de la retransmisión.
La ironía de esta operación de desconexión radica en que el público español podrá seguir votando desde la distancia digital, pero la experiencia comunitaria que definía al festival ha saltado por los aires. El intento de enviar un mensaje político contundente a nivel internacional ha terminado penalizando, como suele ocurrir, al usuario de a pie. Aquel que solo quería pasar un sábado por la noche discutiendo si el representante de turno desafinaba o si el vestuario era demasiado extravagante, ahora se encuentra peleando con el rúter de casa.
NOTA: En estos momentos de crisis y de hundimiento de publicidad, elCatalán.es necesita ayuda para poder seguir con nuestra labor de apoyo al constitucionalismo y de denuncia de los abusos secesionistas. Si pueden, sea 5, 10, 20, 50 euros o lo que deseen hagan un donativo aquí.
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.


















