
La CUP, que antaño ya tuvo en sus filas a grandes humoristas como Toni Baños, ha decidido al fin dejar las barricadas y las algaradas callejeras para dedicarse definitivamente a la comedia. Mala, pero comedia.
Escuchar las excusas que sus portavoces ‘vendían’ a la prensa afín para justificar que, por primera vez, se van a presentar a las elecciones generales del país que consideran una dictadura y un ‘Estado opresor’, España, era todo un monumento a la peor tradición del humorismo ibérico.
La CUP da cada vez más motivos para la risa. Su líder, el superradical anticapitalista David Fernández, se abrazó con Artur Mas. Luego, los héroes de la ‘working class’ sostuvieron un gobierno presidido por otro líder de derechas, Carles Puigdemont. Cada vez que tenían que escoger entre su teórica ‘sensibilidad social’ y la ‘estelada’, no dudaron en escoger la banderita.
Son unos antisistema de pega, que solo han tenido protagonismo porque los Mossos d’Esquadra han mirado hacia otra parte cada vez que su sector más radical se dedicaba al vandalismo porque sus votos han sido y son necesarios para la coalición JxCAT-ERC.
«Excepcionalidad democrática», «decirle al Estado que se vaya», «hacer política desde todos los ámbitos, espacios e instituciones»… realmente unos chistes muy gastados para justificar su presencia en las papeletas del 10-N. ¿La realidad? Pillar dinero público para mantener una estructura debilitada tras los malos resultados en las últimas autonómicas y las municipales.
Comentario editorial de elCatalán.es
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