¿Dónde están los fachas?

Recapitulemos.

El 17 de junio desembarcaron el el Puerto de Valencia 630 migrantes a los que España se había ofrecido, voluntariamente, a acoger ofreciéndoles: cobijo, seguridad jurídica con estatuto de refugiado y asistencia social desde que han puesto un pie en nuestro país.

Además, se les acoge, mayoritariamente, con alegría, satisfacción y los brazos abiertos.
Solo unos días antes, se encontraban a la deriva frente a las costas italianas tras haber sido rescatados en el mar, aventura en la que habían perdido la vida varias personas.

Tanto Italia como Malta, los países más próximos (no cuestionados respecto a sus estándares en derechos humanos), les habían impedido el desembarque.

Sólo una semana antes se constituyó un nuevo Gobierno de España. Fue conformado por un mecanismo parlamentario, constitucional pero ajeno a las urnas que, fue, lógicamente, aceptado y facilitada su transición por el Gobierno cesante.

Se trata de un gobierno no paritario sino con una aplastante mayoría de mujeres en su gabinete, no sólo cuantititativa (11-6) sino cualitativa, al ostentar mujeres las carteras de mayor relevancia.

Añadiré que se incluye algún ministro casado con una persona de su mismo sexo, dato éste que ha pasado, prácticamente desapercibido debido a la natural normalización de esta circunstancia.

Las primeras medidas de este gobierno han sido, entre otras, la universalización de la sanidad pública – formalmente, ya que, en España jamás se le denegó asistencia sanitaria a nadie – y, sin entrar en valorar la necesidad, se ha creado una comisión para reconvertir, trasladar y, en definitiva, eliminar cualquier reminiscencia de la dictadura de Franco representada en el Valle de los Caídos.

Conviene destacar que todos estos cambios han sido recibidos con gran aceptación pública e incluso, entusiasmo.

Van a tenerlo complicado. Van a tener que “sudar la gota gorda”, los políticos independentistas y sus adláteres para mantener la impostura que, tanto daño ha pretendido hacer y, en ocasiones, ha hecho en nuestro entorno, falseando la realidad de un país abierto, radicalmente democrático, con respeto absoluto por la legalidad y la separación de poderes y con unos estándares de Derechos Humanos que nos mantiene como uno de los países que menos condenas ha recibido ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos -aunque siempre haya que luchar por mejorar-.

Inevitablemente, esa parte de políticos y ciudadanos independentistas que basan su decisión de separarse del resto de España en un sentimiento de superioridad o supremacismo respecto de sus compatriotas, de insolidaridad identificando un principio básico de redistribución de la riqueza con el despreciativo e injustificable grito de “Espanya ens roba” y, en definitiva, de xenofobia de base étnica, van a quedar pronto en evidencia.

Irene Álvarez Sánchez


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