El juicio del procés ofrece material para muchas reflexiones, jurídicas y, sobretodo, humanas.
Resulta llamativo el mecanismo de defensa que permite identificar con mentira todo aquello que no se ajuste a unas pretensiones personales: Enric Millo, Montserrat del Toro, incluso Trapero.
Estas declaraciones rezumaban veracidad. Es el tono, la sincronía, la tranquilidad y el aplomo que solo la verdad (o unas dotes interpretativas muy sobresalientes) confieren.
Para que quede más claro, podemos compararlas con los testimonios de tantos testigos: proveedores o altos funcionarios de la Generalitat que afirmaban que habían condonado facturas por servicios valorados en cientos de miles de euros o, simplemente, que no se acordaban de nada, no les constaba…. como si todo lo relacionado con el 1 de octubre de 2017 fuera algo anodino.
De entre esos testimonios destacaría el de Jaume Mestre, que siendo el responsable de difusión de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales un buen día se encontró anuncios y propaganda del 1 de octubre prohibidos por el Tribunal Constitucional y ni se le ocurrió preguntar cómo habían aparecido allí, en su «negociado» pese a que la instrucción esté plagada de testimonios que le contradicen.
Aunque sea innecesario, debo recordar que, en general, cualquier Tribunal de Justicia y, en particular, la Sala donde se celebra el juicio al que nos venimos refiriendo – con unos estrados elevados desde donde se dirige el colegio de Magistrados – imponen o, incluso intimidan a cualquiera.
Esa intimidación debe tornarse en terror cuando el Presidente de la Sala te apercibe de que puedes estar cometiendo un delito en ese momento.
Debe ser escalofriante oír como el Fiscal pide que se remita testimonio al Juzgado de Guardia para que acusen de falso testimonio, mientras un abogado de las defensas pide, ni más ni menos, que te lean los derechos (!).
Seguidamente, podemos ver como el testigo, más o menos desencajado, continúa en su línea amnésica sin modificar ni reconsiderar su posición frente al proceso pese a la evidencia de la insostenibilidad de su relato.
Sólo cabe una explicación: la terrible situación por la que está pasando no es nada comparado con lo que le puede esperar si no cumple su «función testifical».
Es como el juego infantil: ¿qué prefieres cárcel o muerte? ¿Tortura o muerte? ¿Comer escarabajos o comer serpientes? ¿Qué te pongan una multa por falso testimonio o qué os echemos a tí, a tu novia, a tu hermano y todos tus familiares enchufados a la calle?
La Administración de Justicia da miedo pero la vida a la intemperie de los enchufes, subvenciones, apaños, la muerte civil, en definitiva… da mucho más miedo.
Irene Álvarez
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