Cuesta llegar a comprender cómo es posible el aguante de la sociedad española a la hora de soportar estar en manos de unos impresentables como los que nos gobiernan. Una vergüenza de Gobierno con un protagonista y líder, como es Sánchez, capaz de destrozarlo todo y asustarnos con la posibilidad de que siga en el poder más tiempo para acabar de rematar la jugada.
España corre un riesgo que era inimaginable por su culpa. Fruto de esa enfermiza vanidad egocéntrica que arrasa con todo con tal de seguir en la cresta de la ola. Una posición de poder que le permite tener acceso, en muchos casos control, de las decisiones judiciales que tanto le atormentan. Partido, amigos, hermano y esposa le generan una dependencia extrema a la hora de perdurar en la cúspide política, dilapidando de paso la necesaria separación de poderes, al verse rodeado e infectado por el virus de la corrupción desmedida. Ya veremos, cuando corresponda y sea factible, si realmente está rodeado o, como muchos podemos sospechar, él es eje del entramado.
En esta sociedad contaminada y controlada, disfrazada de libre y en la que hay miedo, puede entenderse el silencio y condescendencia de las masas ante el desastre político que conlleva tener a semejante pandilla en el poder. Una sociedad en la que no ser separatista en unas latitudes, o no alinearte y ser comprensivo con el extremismo de izquierdas en otras, se puede ver como un riesgo a tu integridad o pertenencias. Supongo que nadie se creyó eso de que el separatismo no era violento, como argumento para perdonar a los amigotes.
El éxito contenido de las convocatorias que tienen lugar, para dar muestra de la rotura de lazos entre la política y la sociedad pidiendo la dimisión de Sánchez y apartar del poder a su club de palmeros, puede tener cierto vínculo con la utilización de los recursos públicos para condicionar conductas y alinear a perceptores. La falta de millones de manifestantes puede verse influida por el uso de las subvenciones, ayudas y la distribución de fondos a la carta, condicionando al activismo antisanchista. Pensemos que, con esta gente gobernando, cada vez más parte de la sociedad chupa de la teta del Estado y ha de ser sostenida por los contribuyentes. Vivir por la gracia de Sánchez y beneficiarse de sus políticas arribistas hace que muchos se sientan de algún modo secuestrados a la hora de mostrar su opinión en público.
La etapa más degradante y denigrante de la política española está acabando de sentenciar a nuestra clase política, que ya andaba por el filo de la credibilidad. El bochorno se hace inaguantable al ver al dóberman del sanchismo, el pucelano de los trenes, falseando la realidad para decorar el marco del jefe supremo, y a ese mismo número uno dando lecciones de honradez y honorabilidad, señalando a la oposición de marrullera cuando ellos son los grandes expertos en el arte de la marrullería ¿No les da vergüenza?
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