Cataluña. Donde Torra puede no dejar ver la ciénaga

Se pueden contar por cientos los artículos sobre Joaquim Torra, cómo llega a la presidencia de la Generalitat y cómo medró hasta hacerse un lugar en el nacionalismo en Cataluña.

Sobre él se amontonan análisis, criticas, chanzas y cábalas sobre su actuación futura en su papel de presidente. Si imaginamos una maniobra para aportar confusión en Cataluña posiblemente no se podría conseguir otra de mayor efectividad. Estamos bien distraídos. Esta comunidad, la catalana, no podría tener una trayectoria de presidencia más enloquecida y destructiva.

Así es. Pujol, Mas, Puigdemont, Torra son “escalera de color” cuasi invencible. Cuando las mentiras de uno, sus artimañas y corruptelas, su traición al Estado, -que no debemos olvidar representan-, nos han parecido insoportables, consiguen que el siguiente haga olvidar en parte la capacidad delictiva de los anteriores, añadiendo atributos que aportan a su cargo fundamentalmente más miserabilidad, torpeza y mediocridad al tiempo que elevan, eso que confusamente parece patriotismo, a cuotas mayores de peligrosidad social.

Pero intentan algunos aparentar otra cosa. Y en ello están desde tiempo inmemorial. Pero con suerte muy diversa. Los nacionalistas al tiempo que traen la desgracia a estas tierras y a todo el país, tambien acaparan en propiedad la máxima marxista: “Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y confirmarlo”. Y a contribuir a la fama de filosofo del gran Groucho se entregan. Y sin ningún rubor.

No hay vergüenza suficiente, si va acompañada de sentido común, por haber sido gobernados por un personaje tan siniestro como Pujol. De asistir al intento de unción sucesoria en un hijo suyo que en espera de tiempos de gloria trapicheaba comisiones. Parece imposible haber soportado a alguien tan petulante, agrio y cenizo (en el sentido de suerte) como Mas.

Y el ínclito Puigdemont, si Mas fue señalado por Pujol y consorte (Això és una dona), este eligió a un aparente petimetre que se hizo respondón y al tiempo más insensato, elevó la apuesta full de Mas sobre la independencia y nos dio meses de gloria hasta el logro récord de proclamar la república catalana durante 8 segundos. Y en esto llegó Torra.

Y descubrimos, muchos con estupor, los escritos y el pensamiento de quien iba a ser nuestro nuevo presidente. Escuchamos sus discursos en el parlamento de Cataluña y, lo peor, vimos en directo a quienes le daban apoyos, aparentemente felices y emocionados. Porque si Torra es un perturbado social con soflamas incendiarias llenas de insultos y desprecios a la mayoría de los ciudadanos de Cataluña y la generalidad de españoles, hay que resaltar la complicidad miserable de los Pujol, Artadi, Sabrià, Riera, Torrent que lo aceptan y lo apoyan. ¿Cómo calificarlos a ellos?

El problema no es Torra, él es el resultado del problema. Estos rápidos análisis sobre que los nacionalistas se han dado “un tiro en el pie” tienen algo de infantil. Aquí en democracia los únicos que han disparado o matado con bombas, son unos nacionalistas a otros, según los celebran en los medios públicos llamándolos además luchadores.

No se disparan en el pie, simplemente vejan a los que no piensan como ellos. Desearían librarse de nosotros, les molestamos. Somos la constatación de su impotencia, de sus acciones cotidianas enloquecidas. De su incapacidad de obtener para su causa ni una brizna de épica y eso lo persiguen sin fallecer.

Y rebuscan en lo más turbio, las antorchas que recuerdan a Núremberg, las cruces icono de la brutalidad de conquista romana y del catolicismo reaccionario, -una de sus señas de identidad-, las manifestaciones coreografiadas de anulación de espontaneidad, la presencia y toma del lugar público negando al otro su lugar, el uso de la propaganda que elimina la información y persigue la verdad, en medios públicos que insultan a la mayor parte de nosotros, la búsqueda, en banderas de banderías, la reafirmación imposible de razón, la soflamas de sus líderes sobre la superioridad de un pueblo sobre otros que no lo entienden y sojuzgan, que solo residen en su mente contaminada por tanto odio como se produce y se respira cada día, cada día algo más.

Y los demócratas en Cataluña debemos luchar en cada momento para no sentirnos solos y desatendidos. Desconfiamos de una policía que no cumple con sus obligaciones. De alcaldes que ejercen la protección de su ciudadanía torticeramente tomando partido. De una representación del Estado inoperante. De unos medios de información trufados de profesionales del rencor y la infamia. De políticos en el espectro progresista ambiguos y tácticos.

Y sobre todo ello, un manto de cobardía que nos cubre e impide a muchos proclamar que esto que ocurre, lo que pretenden, lo que quieren conseguir, que es la fascistización de la sociedad, ese proceso de putrefacción previo a la imposición por la fuerza, de las “verdades” de unos sin concesión a los otros. Como en nuestra España en la dictadura o por el terrorismo ya ocurrió, como en nuestra Europa que aún restaña heridas en ella misma. La democracia es valentía y mantenerla es nuestra responsabilidad. En eso estamos ¿o no?

José Luis Vergara


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