Hay un problema de clase entre el mundo de la farándula con capacidad para hacerse oír, y cientos de profesiones ignoradas porque carecen de micrófono y foco mediático. Unos pueden ejercer presión desde una cierta hegemonía moral porque se consideran a sí mismos como los representantes de la cultura, y el resto simples mortales. Como fontaneros, servicios de limpieza, agricultores, pastores, taxistas, etc.
Esa atribución de la representación de la cultura se me antoja un poco sobrada. Se atribuyen la gran cultura, la cultura ilustrada, y remiten al resto a la cultura posmoderna de todo a cien. Hasta en ésta parecen pasar desapercibidos los responsables de nuestros bienestar, como las mil y una profesiones que ponen en marcha cada mañana los trasportes, hornean el pan de nuestra mesa, limpian nuestras calles, velan por nuestra seguridad… y así hasta cada una de las vidas que garantizan las nuestras. Todos están, estamos, angustiados por el paro presente o futuro que esta maldita pandemia nos ha traído. Y todos necesitamos amparo. No sólo el sector de “la cultura”.
Que su mundo está en crisis desde Lope de Vega, no es novedad, que la tragedia del teatro es endémica, y su precariedad laboral, de la sólo se libran los que dirigen el gremio, abusiva, lo sabe todo el mundo. Pero también el paro crónico en los servicios turísticos, los márgenes precarios en la agricultura y la ganadería, las condiciones laborales sospechosas en el sector de la limpieza… Ambos mundos tienen un mismo problema, la precariedad laboral y el paro. Pero el trabajo de los primeros está constantemente en los medios, tienen micrófono y foco y pueden reivindicar mejoras o lamentarse, mientras que la precariedad del resto de sectores manuales es anónima e ignorada. Ni tienen micrófonos ni se sienten con derecho a que el Estado les subvencione en nombre del bien superior de la cultura.
El gobierno de Sánchez, que ha sido incapaz de proveer de material médico al sector sanitario para ejercer su trabajo sin jugarse la vida, y ha previsto 29,65 millones para la investigación del COBID19, ha soltado 76 millones de euros en subvenciones para el sector del espectáculo y 15 para los medios de comunicación afines. Dos sectores unidos por un mismo pálpito ideológico.
Juan Echanove, agradeció personalmente a Pedro Sánchez que por fin se declarase a la cultura como bien de primera necesidad, y calmase la gran ansiedad laboral que está padeciendo su sector. Efectivamente, la cultura es un bien de primera necesidad, como todo lo que ayuda al hombre a vivir con dignidad y derechos, asegure su seguridad y autoestima y garantice la alimentación necesaria para vivir. Pero el concepto de primera necesidad está supeditado a las circunstancias, y hoy, en medio de la pandemia y el desmoronamiento económico, es mucho más prioritario invertir en investigación y material médico y en atender las necesidades vitales de la población en precario, que subvencionar la industria del espectáculo. No todos los bienes son de primera necesidad, aunque todos sean necesarios para lograr la autorrealización humana teorizada en la célebre pirámide de Maslow.
Distinguía el psicólogo humanista las necesidades deficitarias imprescindibles para sobrevivir física y mentalmente, de las necesidades de crecimiento personal. Para que nos entendamos, sin las primeras resueltas o garantizadas, las segundas son imposibles. Difícilmente podemos dedicarnos a deleitarnos con el arte, si la necesidad perentoria es lograr traer algo a casa para sacar del hambre a tus hijos; por lo tanto, podemos colegir, que las necesidades deficitarias serían bienes de primera necesidad, por utilizar ahora el lenguaje de Echanove. Las remarco por orden: las necesidades fisiológicas, Seguridad, Pertenencia y afecto, Estima (Autoestima y prestigio). Entre ellas, como ven, está el comer, el cobijo y el trabajo. Y me temo, que tales necesidades son necesarias e imprescindibles para todos los ciudadanos, no sólo para el sector angustiado del espectáculo.
Las necesidades de crecimiento, lo que Abraham Maslow considera necesarias para la autorrealización, están las meta necesidades y meta valores. Entre ellas la cultura en general. Pues bien, en época de necesidades deficitarias, todos los sectores de la actividad económica tienen derecho a que se les tranquilice y se les unte. ¿Por qué esa generosidad con el mundo de la farándula y no con todos los demás sectores productivos..?
No deberían extrañarse de las suspicacias del pueblo llano. Es más útil engrasar los medios de transmisión cultural, que invertir los bienes públicos en los sectores más necesitados. A nadie se le escapa que en esta ocasión, el gobierno ya soltó 15 millones de euros a medios afines, entre ellos Mediaset y Atresmedia, los dos con suculentas ganancias el último año: 211,7 millones de euros Mediaset, y 118 Atresmedia. No hace falta ser mal pensado para sospechar que un Pedro Sánchez más preocupado por cómo evitar la mala imagen del gobierno, que por acabar con la tragedia, se procure el favor de los más cercanos.
Sé que escribir cosas así, solivianta al mundillo ideológico de los Goya. Son los dueños del altruismo, de la belleza y la justicia. Aunque sean individualmente incapaces de ver más allá de sus inmensos ombligos narcisistas. Son la nueva aristocracia de la buena fe, gentes inmersas en sus ficciones, que tienden a confundir el mundo del “ser” con el del “deber ser”. Pero con el dinero público. Y buena conciencia.
¿Para cuándo unos Premios Goya al agricultor más eficiente, al taxista más educado y diligente, al repartidor puntual? ¿Para cuándo micrófonos para tantos trabajadores arrojados al paro o a la economía sumergida? ¿Su angustia no cuenta como cuenta “la angustia del actor”? ¿No han de comer todos los días como ha de comer la actriz en paro?
¿Cómo no solidarizarse con todos los trabajadores del sector del ocio cultural?, ni más ni menos que con el resto de trabajadores en precario de cualquier otro sector. Pero por favor, la aristocracia de pasarela, que ejerce de altavoz de sus propias causas, a costa de la cultura, que se lo haga mirar. Ya es bastante tedioso el populismo en la política, para que millonarios sin vergüenza aplaquen su conciencia de burguesitos con vaqueros e ideologías descamisadas, nos vengan a predicar lo que nunca se aplican a sí mismos. Digamos que hablo de Javier Bardem y ese ecosistema encantado de estar en la verdad. Vamos, como la curia romana del Renacimiento.
Pues eso, Echanove, no nos envolvamos en la cultura para colarnos en la cola de la cartilla de racionamiento, y respetemos el derecho de los demás a recibir su parte proporcional.
Por Antonio Robles
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