Artículo vigésimo quinto: demostraciones matemáticas

Recuerdo que cuando estudiaba matemáticas, se nos proponían de vez en cuando problemas consistentes en demostrar corolarios de algún principio general o características de una rara construcción geométrica; y no importaba que fuese muy evidente, había de quedar demostrado de forma irrefutable. Al finalizar, se solía añadir: “c.q.d.” (siglas de “como queríamos demostrar”) y nos quedaba un regustillo de satisfacción sólo comparable al del predicador cuando señala hechos históricos que han sido vaticinados siglos atrás por los profetas.

En el caso que viene ocupando mis artículos desde hace ya más de seis meses, pasa lo mismo continuamente. No resulta demasiado difícil hacer ciertas profecías ni constatar su cumplimiento cuando el momento llega. Ayer mismo, fue imposible (por segunda vez) investir a Sanchez como President de la Generalitat y se veía venir, hasta ellos sabían que estaban forzando la situación (yo mismo lo vaticinaba, y es claro que no me apunto ningún mérito con ello, porque era cosa más que fácil; si lo digo hoy es porque al final del vaticinio podía haber añadido un “c.q.d.”, como hacía de joven estudiante).

Por cierto: observe que, para los separatistas, ha quedado el juez como culpable y ahora viene la querella, pero del hecho de que tampoco iba a cuadrar la aritmética parlamentaria ya no dicen nada de nada…

Mi amigo del artículo undécimo, que había estudiado conmigo, y conmigo había resuelto problemas que acababan con un “c.q.d.”, también podía haber puesto uno al final de la impresentable carta que terminó escribiéndome hace poco, porque con ella rompió la amistad que decía defender porque peligraba si yo sacaba el tema (lo que en ningún momento hice); él forzó lo que él impedía: un fácil y fastuoso “c.q.d.” suyo ante el que me siento inerme.

Son dos ejemplos de “c.q.d.”: uno público de ayer mismo y otro privado de hace poco, y por eso los cito, pero seguro que usted recuerda otros ejemplos que he ido poniendo en mis artículos y que no procedería repasar ahora, pero que han ido advirtiendo sobre las consecuencias de la escasa higiene mental del secesionismo, su propaganda, la manipulación de masas, el favorecimiento de un pensamiento grupal, la explotación del sentimiento identitario único, el falseamiento de la historia y del derecho, la corrupción del concepto de democracia, falacias diversas, etc.

Con su clarividencia, José Luis Sampedro (cinco años ya fallecido por estas fechas) nos decía que el hombre libre primero razona y luego cree. Yo veo a demasiados paisanos míos haciendo lo contrario: primero creen y luego tratan de razonar lo que ya creen. Uno de los axiomas que siempre han creído, pese a que nunca lo han explicitado y ahora pretenden razonarlo para que se lo compremos, es el siguiente: “La mera voluntad y el sentimiento conceden derechos políticos” (yo lo enuncio así, aunque podría hacerse de otros modos).

Llevo tiempo expresando –y previendo- de diversos modos justo lo contrario, como bien sabe usted; así que, tras constatar que los hechos van dando la razón a la Razón por más que “el triángulo de las tres B” (Barcelona-Bruselas-Berlín) siga “mareando la perdiz”, me dan ganas de estampar un mayúsculo “C.Q.D.” y dejar de escribir de una vez por todas.

Sampedro era un defensor a ultranza de la libertad. Decía: “Para vivir hay que ser libre, para ser libre hay que tener el pensamiento libre, para tener el pensamiento libre hay que educarse”. Pero difícilmente puede entenderse como auténtica educación la inmersión, anuente o renuente, en el aparato propagandístico y pseudodidáctico de la Generalitat en las últimas décadas (me alegra en este aspecto ser tan mayor como soy ya, y cada vez me parece menos mala la educación que recibí y que tan mala me dicen que fue.

La próxima semana tocaré este tema). Releyendo la frase de  Sampedro en sentido inverso, diríamos que sin educación no hay pensamiento libre y que, por tanto, uno no es verdaderamente libre y que, por tanto, eso no es vida (no me resisto: “c.q.d.”).

En una ocasión, mencioné que desde el punto de vista racional, hay dos clases de independentistas: los pragmáticos (que más o menos son recuperables) y los identitarios (que lo son difícilmente). Para éstos iba el párrafo anterior y para aquéllos va ahora una reflexión del mismo Sampedro con respecto al dinero “Poner el dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe”. (Y, visto lo visto, sigo sin resistirme: “c.q.d.”).

Sin legitimidad jurídica ni política, sólo apalancados en una escasa mayoría parlamentaria que no social (a causa del sistema electoral español; ¡mire usted por dónde!: algo español de lo que nunca se han quejado, y es por lo mucho que se benefician de la diferencia del precio del escaño, en votos, entre las zonas más rurales y más urbanas), han querido crear un régimen a su entero gusto mientras pisoteaban los procedimientos democráticos y se llenaban la boca de democracia. Esto no puede tener como final más que un régimen totalitario (no el republicano que anuncian) o un sonoro fracaso; “c.q.d.”.

Pero el asunto entero está infestado de “c.q.d.” y hay para todos. Cada uno de ellos debiera ser una lección…, tanto para el independentismo (he ido señalando algunos) como para el constitucionalismo, para el que también estampo un mayúsculo “C.Q.D.”, pues es muy de lamentar el hecho –y no es cosa mía, hay un enorme consenso al respecto- de que el problema debía haberse atajado hace ya décadas.

Es bien sabido que los diversos gobiernos de España, desde la promulgación de la Constitución de 1978 hasta ahora, por intereses varios siempre parecidos han ido pactando con los nacionalismos periféricos; pacto y connivencia son sinónimos de complicidad, silencio, disimulo y… ya voy llegando…, de encubrimiento y culpa.

De aquellos polvos, estos lodos, “c.n.q.c.” (como no quisiéramos constatar). Feliz semana.

Aquí tienen el enlace con el artículo anterior.

Por Ángel Mazo

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