Artículo vigésimo nono: optatissimo

Aún recordará usted la paliza de latín con que acabé el artículo anterior. Pues bien, un paisano y amigo mío, constitucionalista como yo, presentaba un libro suyo el pasado 16 de abril, junto a la Puerta de Toledo, en Madrid, y acudí para escucharle; casi llegando, me detuve a observar la inscripción en latín que la preside desde el friso que hay bajo el grupo escultórico.

Viene a decir que se la dedica el Ayuntamiento de Madrid al rey Fernando VII. Como todos sabemos, se le apoda históricamente como “el Deseado” por las ganas del pueblo por tenerle de nuevo en España una vez expulsados los franceses de la península. Me llamó la atención (el poco latín que llegué a saber se me ha olvidado) que el apodo figure así: “Optatissimo” y comprendí que podía acostarme pues ya sabía algo más.

“Nunca te acostarás sin saber una cosa más”, es un refrán de gran reputación que da tranquilidad. Pero, a continuación, mi inquieta mente me enfrentó a otros dos: “Llover sobre mojado, mil veces ha pasado” y “El mejor profeta del futuro es el pasado”. Comprenderá usted que, teniendo al rey felón tan en mente, la tranquilidad tras el primer refrán se desvaneciese inmediatamente con los otros dos. Todo un gatillazo intelectual.

Pero aún fue peor después cuando un chispazo de ésos que se dedican a conectar neuronas, a menudo caprichosamente y esta vez sospecho que muy en connivencia con mi obsesión por el problema del secesionismo, me hizo relacionar al “optatissimo rex” con el “legítim president”; por si fuera poco, algunos pensamientos fueron desfilando ante mí en forma de paralelismos históricos con apariencia de verosímiles, y ya tuve que buscar un banco y sentarme hasta que se me pasase la ansiedad que todo ello me generó.

Alguien avisó al SAMUR y apareció inmediatamente para asistirme; en cuanto pude, traté de justificar mi estado diciendo que sin haber consumido ninguna droga estaba viendo, además de varias felonías (algunas reales -de rey- y todas verdaderas), muy vertiginosas alucinaciones.

Vi al Príncipe de Asturias, Fernando, ciñéndose la corona en 1808 de forma irregular (su padre fue depuesto tras el Motín de Aranjuez), como irregular fue el relevo entre Mas y Puigdemont (tras el acuerdo “in extremis” de JxSí y la CUP, por la imposición de ésta, el día antes de tener que convocar elecciones).

Cuando fue descubierto el conocido como “proceso (¡ay!) de El Escorial”, el Príncipe denunció a sus colaboradores; lo que recuerda ciertas manifestaciones (de Mas y otros amigos de Puigdemont) ante un juez hablando de “voluntarios”.

Fernando fue llamado por Napoleón a Bayona y las circunstancias (dejémoslo así…) llamaron al golpista Carles a Bruselas.

Fernando solicitó de Napoleón le nombrase hijo adoptivo, y de Puigdemont se dice que es hijo “político” (no yerno) de Mas y éste de Pujol…, que tiene una estatura similar a la del emperador (tenga usted en cuenta que el mareo no me dejaba ya pensar con claridad y mezclaba cosas inconexas).

Napoleón obligó a Fernando a abdicar la corona de Rey y Rajoy obtuvo del Senado la aprobación para aplicar el art. 155 que cesó a Carles como President.

Estando Fernando en Francia y reinando ya en España José Bonaparte, aquél aún era reconocido como el rey legítimo por las Cortes de Cádiz y diversas Juntas. De Puigdemont se dice también que sigue siendo para muchos (incluso muchos miembros del Parlament) que es el President legítimo (me estoy empezando a marear otra vez, a ver si puedo terminar esto sin caerme redondo).

Rodeado de una camarilla de aduladores, Fernando orientó su política más bien hacia su propia supervivencia; ¡ay!, los aduladores pueden rodearle a uno con radios de metros o de varios cientos de kilómetros por Skype.

Durante seis años el pueblo español al completo (catalanes y canarios también) sueñan con ver a su Rey de nuevo en el Palacio Real, y durante ya seis meses el pueblo catalán “auténtico” (léase: el que se ha creído lo del procés) nos dicen que sueña con su retorno como President de nuevo al Palau.

Son los tiempos en que aparece el apodo de “El Deseado” (usted y yo sabemos ya que en latín se dice “Optatissimo”); a Puigdemont tal vez habría que apodarle “Molt Anhelat”, que me suena igual de exagerado y un no catalanoparlante lo entiende igual de bien que lo de “Optatissimo”.

Carlos III y, más tarde, Alfonso XII entraron en España por Barcelona (Felipe V casi casi también porque la visitó muy poco después de vencer); Fernando VII entró por Figueras y a mí no se me ocurre que Puigdemont entrase por otra parte del suelo patrio que no fuese Cataluña, ni triunfal ni clandestinamente. (Lo que yo espero es que entre pronto, “de las orejas”, por donde sea).

Según llegó a España, en 1814, Fernando VII restauró el absolutismo derogando la Constitución Española (“la Pepa” famosa) y persiguiendo a los liberales (voy resumiendo mucho para no alargarme); no hay que esforzarse gran cosa para demostrar la incompatibilidad entre Puigdemont y la Constitución Española, ni la que hay entre él y los que se consideran herederos de los liberales de las Cortes de Cádiz (el partido de Ciudadanos).

Entre 1814 y 1820, desapareció la prensa libre, las diputaciones y ayuntamientos constitucionales y se cerraron las Universidades. Pienso en la prensa no subvencionada por la Generalitat (y en el famoso editorial conjunto de 2006), en el papel de diputaciones y ayuntamientos en Cataluña, en la presencia del secesionismo en las Universidades…

En 1820, tras seis años de absolutismo con los que acaba el pronunciamiento liberal de Riego, Fernando VII acepta a regañadientes la constitución de 1812; es cuando dice aquello de: “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”. A mí, algunas declaraciones de los golpistas ante el juez me suenan a lo mismo (a la misma hipocresía) y, recordando -no sin tremendos escalofríos- el beso que todos vimos que dio Puigdemont a la bandera española, no me cuesta tanto imaginarle ante un juez español diciendo lo mismo que el otro felón, aunque carezca de Toisón de Oro.

De los parecidos que encuentro entre la psique de uno y otro no quiero hablar, y tampoco trataré de demostrar cuánto se parecen los flequillos de ambos porque es cuestión meramente anecdótica y debida  a mi obsesión.

Lo peor es que, como todos sabemos, tras el Trienio Liberal vino la Década Ominosa, y tampoco cuesta tanto trabajo ver el totalitarismo que hay detrás de toda esta monserga del “procés”, como vengo denunciando desde hace meses. Cien Mil Hijos de San Luis en 1823 o, ahora, Dos Millones Cien Mil y Pico (según la Guardia Urbana de Barcelona) Hijos de Sant Jordi (con perdón) con esteladas bajando por el Paseo de Gracia…

Reinar sin traba ni oposición alguna, a sus anchas, sin disidencia en enseñanza ni en comunicación, con una policía política propia, muerte (civil, al menos, -profesional y social-) a los liberales, la justicia bajo los políticos (ver la llamada Ley de Transitoriedad Jurídica), vuelta al absolutismo y la arbitrariedad del Ancien Régime, “visquin les cadenes!” (¡vivan las cadenas!”) sería la expresión genuina del mandato democrático…

Ominoso quiere decir abominable, repugnante, execrable, desgraciado; con algo de suerte, no será la cosa para tanto, pero la lacra del nacionalismo catalán va siendo ya suficientemente ominosa; “se apuntan maneras”, pues. De momento, esa tarde, me dio un mareo. ¿Qué quiere que le diga? ¿Qué no consta en los registros del SAMUR que fuese yo atendido en tal situación y hora? Tampoco he visto los “casimil-mil-másdemil” heridos por parte alguna.

No se preocupe por mí, que ya estoy repuesto del todo. Que pase usted una semana estupenda.

Por Ángel Mazo


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